Kevin Mancojo

Diario de a bordo

La pierna acuática

1 comentario

Esta entrada se debe a una conversación que tuve con una amiga. Ella quería ver qué podía publicar de un día en Aqualandia, en Benidorm, con un grupo de amigos (ella formaba parte también) y la verdad es que me surgieron bastantes cosas de las que podría escribir (puntualidad, despistes en la autopista, olvidar las entradas, etc.), pero creo que de ese domingo saqué algo muy importante.

Todo comenzó con unas semanas de antelación en las que fuimos decidiendo todo y donde yo decidí por ir a un parque acuático y no mojarme. Suena absurdo, lo sé, pero llevar una pierna artificial da bastantes problemas en algunas ocasiones, sobre todo en algunas como estas. Lo tenía bastante claro desde que me lo propusieron. Iba a ser la taquilla personal para el resto puesto que no iba a bañarme ni a tirarme por ninguna atracción.

Aun habiendo tomado aquella decisión, preferí guardarme un as bajo la manga por si las moscas. Por lo que me llevé la “waterleg” como la llamaron mis amigos (una simple pierna artificial que puede mojarse). Suena muy futurista, pero no. Todavía no soy un cyborg.

Al llegar allí ya empezó lo de siempre; todo el mundo mirando y niños preguntando a sus padres. A eso ya estoy más que acostumbrado, son 21 años en los que me ha dado tiempo a despreocuparme por algo así.

La primera media hora la pasé mirando al resto divirtiéndose con el agua. Algo de envidia corría en mí y cuando otra amiga me dijo que si me apuntaba a ir al “Río” (una corriente de agua suavecita en la que te puedes relajar bastante), no tardó mucho en convencerme. Iba a ser un fastidio el hecho de tener que acabar cambiándome de pierna, pero iba a perderme algo grande si no lo hacía…

Una vez listo, la gente miraba más asombrada aún, pues a veces la gente ni se da cuenta que no solo son los brazos los que fallan. Empecé a sentirme algo incómodo porque no había hecho algo así nunca, salvo de pequeño, cuando todavía no sabía nadar. Incluso un amigo empezó a ponerse nervioso por haber captado la atención de medio Aqualandia.

Comenzamos la aventura con una zona tranquila de burbujas, estilo jacuzzi. Allí empezó la primera broma, cuando una amiga le dijo al socorrista si podía guardar la pierna; solo la usaba para desplazarme de un sitio a otro. Para bañarme o tirarme en algunos sitios me la quitaba ya que flotaba y no podía moverme tranquilo.

Después de esa, empezaron muchas otras, como por ejemplo dejar que la pierna flotara en el “Río” o que un amigo la usara de remo para avanzar con el flotador.

Algo que en principio parecía acabar estorbando, se convirtió en una forma de divertirnos y de divertir a otros también. Gente que no conocíamos de nada acababan riéndose de las diferentes locuras que se nos ocurrían.

Lo curioso de esto es que, después de haberme tirado de algunas atracciones y haberme metido en las diferentes zonas de baño, mi amigo y yo dejamos de darnos cuenta de la cantidad de gente que me miraba. Supongo que captar, captaba la misma atención. Sin embargo al acabar pasándolo bien, se nos pasó ese estado tan incómodo que sentíamos al principio. Dejamos de ver el lado malo de aquello y pudimos dejarnos llevar por la diversión.

Además de todo aquello, creo que demostré a gran parte del parque acuático que todo tiene sus ventajas y que hay que ver el lado bueno de las cosas. A parte de demostrar que quien quiere, puede, como bien demostré ese domingo.

Mi primera decisión hubiera estropeado aquel día sin duda alguna. Tengo suerte de tener gente a mi lado que me consigue convencer de vez en cuando y demostrarme que las condiciones a veces dan igual.

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Un pensamiento en “La pierna acuática

  1. Fue un gran día, sin duda, y lo repetiría con todos y cada uno de los momentos que y locuras que hicimos. Eres un grande y esa habilidad que tienes para dar la vuelta a las cosas y ver el lado bueno, y ese buen rollo que transmites es lo que hace que la gente también olvide los problemas y aborde con normalidad estas situaciones.
    Porcierto, remar fue lo mejor. Jajajaja

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