Kevin Mancojo

Diario de a bordo

La edad no da poder

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Hoy he tenido una “discusión” con una persona mayor y, ha sido en cierto modo, mi primera experiencia en una situación así.

Los miércoles tengo la costumbre de desayunar en el mercadillo, en una churrería de un amigo que conozco hace años. Él permitió que unos chicos colocaran una mesa a la sombra, cuando en realidad, no se lo permiten, las normas le restringen ponerlas solo en una determinada zona, que por desgracia (para algunos) está al sol.

Los clientes desayunaron como todos los miércoles y al irse, le preguntaron al churrero si le colocaban todo como estaba o si se lo dejaban ahí. Decidió que él lo iba a limpiar todo después para ponerlo de nuevo en su lugar. Pero antes de que eso sucediera llegó un hombre mayor. Se sentó y vio como de sucio estaba todo, por lo que decidió, sin más, coger otra mesa y desplazarla a la zona en la que no daba el sol.

Vi la cara de mi amigo; no le faltaban las ganas de decirle que no podía hacer eso. En cambio, optó por callarse: el cliente siempre tiene la razón… (a pesar de hacer cosas que no deben).

Yo no era el jefe, ni trabajo para él, así que yo sí tenía la posibilidad de hablar. Me acerqué y le pregunté al hombre, con buenos modales y con alegría por supuesto: “¿Qué le ocurre a la otra mesa, caballero?”

Su respuesta y su tono no me gustaron desde el inicio, reflejaban superioridad y poder. A pesar de ello, traté de mantener mi sonrisa y mi voz de un modo sutil y feliz.

Podría relatar toda la conversación, pero lo que más he de destacar de esto es que los años vuelven arrogantes y creídos a algunas personas. Y un comentario que fui capaz de decirle fue: “La edad no le permite faltar el respeto.” Algo que dudo que le gustara oír.

Eso sí, en ningún momento decidí tomar el camino que él tomó y pude permanecer firme, pero educado en la medida de lo posible.

Terminé recogiendo la mesa que él prefirió dejar sucia para demostrarle que no era muy difícil limpiarla, y mucho menos, pedir que se la dejaran como nueva. En cambio, ni siquiera eso hizo.

Finalmente me lo tomé a risa. Ha sido una experiencia graciosa que me ha aportado bastante. No esperaba tanta arrogancia en tantas arrugas.

Por suerte, unos minutos antes tuve la oportunidad de reírme con otras personas mayores.

Hay quien amarga y hay quien endulza.

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