Kevin Mancojo

Diario de a bordo

El gato sin botas

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Desde bien chiquitito adoraba gatear, era mi afición. Una “pata de palo” no era lo más cómodo, resultaba más fácil moverse por los suelos cual reptil.

Esa era mi costumbre, pero como siempre, esto se me hacía aburrido y me exigía un poco más (fue entre los dos y cuatro años más o menos), por lo que decidí convertirme en una serpiente o un gato, supongo que tendría complejo de algún animal.

El sofá y el sillón se convirtieron en una pequeña atracción por la que gatear, desde los reposabrazos hasta el respaldo. Para mí era divertidísimo, para mis padres, una manera de dejarme entretenido y además superándome un poco más, como era lo habitual.

Ni si quiera sé si lo pasaron mal la primera vez que lo hice, es algo que no recuerdo, pero si no ando mal de memoria, nunca me llegué a caer.

La parte divertida de esta historia (sí, hay algo más gracioso aún) era la visita que venía a casa… Un niño normal gateando por todos lados todavía es aceptable, en cambio, alguien como yo arrastrándose por detrás del lugar donde te sientas, pues oye, da para sustos.

Mis padres me contaban que, siempre que venía alguien y que iniciaba mi “escalada”, se les veía cara de angustia y de preocupación. Incluso se sobresaltaban en determinados momentos.

Lo malo es que todavía hay pequeños restos de aquella época y me da por hacer el mono en la calle en algunas ocasiones.

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