Kevin Mancojo

Diario de a bordo

Capítulo 3: El accidente

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-Seguro que fue alguna otra persona que pasaba por allí o algo- me dice Víctor tras contarle lo que me pasó.

Estamos en la cantina de la facultad. Desde lo sucedido anoche, necesitaba hablar sobre esto con alguien.

-¿Y lo del artículo? ¿Qué me dices de eso?- sigo insistiendo con esta extraña situación.

-Fue casualidad. Yo todavía no me la he mirado, tal vez ni sea la misma. A lo mejor no es el mismo crucero en el que murieron tus padres- su voz indiferente trata de no darle importancia al asunto.

-No creo que haya muchos casos así, sería demasiada casualidad- Víctor le da un sorbo al café mientras me mira, por lo que hay un breve silencio y continuo-. Además, esa sonrisa…- miro a mi alrededor tratando de evitar fisgones y sobre todo, evitando ser escuchado por el profesor- Tú no la viste, pero eso no era normal. Ocultaba algo, te lo aseguro.

-¿Qué narices iba a ocultar?- empieza a subir el tono. Supongo que lo estaré volviendo loco a él también.

-Y yo que sé- sueno desesperado.

-Lo siento, tío, pero me largo. Cuando estés más calmado hablamos- no suena cabreado, más bien triste por haber intentado quitarme la retorcida idea de la cabeza de que algo va mal y no haberlo conseguido-. Deberías dejar el tema a un lado y empezar con el trabajo. Yo estaré en la biblioteca haciéndolo- se levanta de la silla y coge sus cosas para marcharse.

-Perdona…- trato de disculparme en un susurro que apenas oigo yo mismo, a la vez que tengo la mirada perdida, fijada en su taza vacía.

Tras un minuto allí, sin saber qué pensar, me levanto y empiezo a caminar sin rumbo. Todo sigue siendo demasiado raro, demasiadas coincidencias. En cambio, sigo sin saber el porqué está sucediendo todo esto, no le encuentro ninguna relación; apenas conozco al profesor y no he hecho nada que yo sepa para que me persigan.

Sigo deambulando por los pasillos de la facultad y de nuevo tengo la sensación de anoche. Me estoy volviendo loco. No puede ser. Miro por todas partes de una manera sutil, no quiero que los demás me tomen por majareta, sin embargo no hay nadie sospechoso. Solo estudiantes y profesores que merodean por ahí.

-Imposible…- susurro lo suficientemente bajo para que nadie me escuche.

Decido sentarme en un banco que hay pegado a la pared, cojo los auriculares para escuchar música y saco el artículo de la mochila. Sin duda, es el accidente en que mis padres murieron, la fotografía, la fecha, el número de fallecidos… todo coincide.

Después de casi media hora de tranquilidad, parece que la ansiedad ha desaparecido. Guardo las cosas y me levanto, ya estoy más calmado, es el momento para disculparme decentemente con Víctor.

Al verme llegar, voltea a toda velocidad los folios que tenía sobre la mesa.

-¿Y eso?- le pregunto intrigado.

-Nada, da igual- suena nervioso, ni siquiera me mira a los ojos.

-¿Qué ocurre…?- me agacho hacia él, trato de coger sus cosas y me lo impide sujetando mi mano.

-Será mejor que lo dejes- insiste mientras me suelta.

-¿Has averiguado algo?- caigo en la cuenta de que debe ser sobre la noticia del accidente- Sea lo que sea, cuéntamelo- cojo la silla de al lado y me siento.

-Mejor no…- ahora el que está incómodo es él.

-Víctor…- trato de convencerlo.

-¿Estás seguro de que…- no le dejo acabar la frase y cojo los folios y apuntes.

-Sí.

-Dame- me los quita rápidamente-. Te lo explicaré.

-De acuerdo, te escucho.

-Prácticamente todos murieron en aquel crucero- comenzó a narrar-, unos pocos se salvaron, pero de los fallecidos, solo dos cadáveres no fueron encontrados- baja el tono de voz progresivamente, como si no quisiera seguir.

-Mis padres, lo sé- le digo para que continúe.

-¿Y no te parece extraño que desaparecieran solo ellos?- me pregunta sorprendido- Yo había supuesto que fueron encontrados como los otros pasajeros, pero no.

-Era en medio del océano, tardaron horas en encontrar a todos los demás, incluso al día siguiente rebuscaron por gran parte del fondo marino- intento explicar lo que para mí era más lógico. Parece que nos hemos intercambiado los papeles, ahora soy yo el que busca la respuesta más coherente.

-De cinco mil personas más o menos, no desapareció nadie más salvo tus padres. Cuando vi esas cifras, sentí como que algo no cuadraba- su voz suena muy intensa, llena de interés-. Y me paré a pensar qué pudo pasar aquel día con ellos dos.

-¿Qué quieres decir?- estoy que exploto porque me diga lo que ha averiguado. Lo cojo de los hombros y lo giro hacia a mí para estar cara a cara- Dime de una vez que es lo que sabes.

-Creo que tus padres…- hace una pausa, mis ojos se abren con fuerza y me acerco hacia él para asegurarme poder oír lo que me tiene que decir. No soporto esta tensión- no están muertos.

 

Capítulo 4: El secreto

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