Kevin Mancojo

Diario de a bordo

Capítulo 4: El secreto

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Víctor tiene razón supongo, es decir, nunca se encontraron los cuerpos de mis padres y fueron los únicos que desaparecieron. Nunca me había parado a pensar en eso, pero cuando me lo dijo fue como si me hubiera propinado una bofetada en toda la cara para despertarme del sueño.

Le cuestioné ciertas cosas, aunque imagino que eran por el mero hecho de no querer ver que podía estar en lo cierto. Después de aquella conversación decidimos investigar un poco, algo a lo que estamos acostumbrados teniendo en cuenta la carrera que estamos estudiando.

Yo decidí hurgar durante el resto de la tarde en las cosas que todavía tenía de mis padres. Mi abuela fue la que vino a vivir a nuestra casa poco antes del accidente y tras aquello le pedí que no tocara el dormitorio. Quise mantener vivo el recuerdo de mis padres de esa forma.

Tuve poco tiempo para husmear en el cuarto; tenía que hacer redacciones y otros trabajos. Y lo poco que pude averiguar es que mi padre era bastante desordenado y mi madre adoraba la ropa con colores llamativos. Además mi abuela necesitaba ayuda para hacer la cena.

Tuve dudas de si preguntarle sobre el asunto, pensé que podía afectarla más de lo que me afectó a mí. Tomé la decisión de esperar, no veía necesario inmiscuirla en esto por ahora.

Víctor lo cogió por la parte legal; su padre es notario y le pidió ayuda. Al principio no quiso ayudarnos, creyó que ese tema debería quedarse donde estaba, pero cuando le contó todo lo que pasó a principios de semana comenzó a moverse.

-Ayer solo pudo hacer unas llamadas- me explica Víctor en un susurro al vernos en la facultad-. Hoy supongo que podrá hablar con alguno de sus compañeros o contactar con los que no pudo llamar anoche- se nota, por su tono de voz, que intenta animarme para conseguir solucionar todo este embrollo.

-No te preocupes- le digo para despreocuparlo -. Cuando llegue a casa volveré a ver si encuentro algo- intento disimular la ligera desesperación que sufro por averiguar lo que ocurre en realidad.

-Intentaré buscar también por internet a ver si Google sabe algo.

Ambos nos fuimos antes de que acabara la clase. Queríamos ponernos manos a la obra lo más rápido posible.

-¿Otra vez estás aquí metido?- mi abuela está bajo el marco de la puerta del dormitorio curioseando.

-Sí, necesito encontrar algo- la miro y vuelvo a rebuscar en el armario empotrado de mis padres. No quería dejar pasar por alto nada.

-¿Puedo ayudarte?- entra y se pone a mi lado.

-No hace falta, gracias- respondo sin apartar la mirada.

Había una caja en un estante encima del perchero. Parece que ayer no hice bien de detective. La cojo y la dejo en el suelo. Me siento y noto como la mirada de mi abuela sigue mis movimientos.

-¿Quieres algo?- le pregunto cariñosamente. Esta vez sí alzo la vista para hablar con ella.

-No, solo tengo curiosidad por saber qué es lo que estás buscando, ya sabes, las abuelas somos así de cotillas- me sonríe para marcar la broma que acaba de hacer.

-No es nada, de verdad- le devuelvo la sonrisa y abro la caja.

-Ahí hay fotos y recuerdos de algunos de sus viajes- la nostalgia le acaba de invadir.

-Ya veo…- susurro mostrando lo mucho que los extraño.

-Espero que encuentres lo que quieres…- se gira y se marcha. No sé si para evitar el esfuerzo de llorar o simplemente por no querer abrir la herida de nuevo.

-Lo siento- sé que no lo ha escuchado, pero era más para sentirme a gusto conmigo mismo, para apartar de mí la culpabilidad de haber vuelto a algo tan trágico.

Aparte de las fotos que dijo mi abuela, no había más que pequeños souvenires que podían guardarse en una caja de zapatos. Vuelvo a dejarla en su sitio y continúo husmeando. Meto la mano en cada bolsillo, ya sea de pantalón o de camisa, pero no hay nada. Reviso las mesillas de noche. En los cajones de la de mi madre solo hay sortijas y esclavas. Los de mi padre no tienen nada más que un libro y un reloj de pulsera. Encima de cada una de ellas hay una lámpara, idénticas las dos, y un despertador iguales también, salvo que el de mi madre es amarillo chillón y el de mi padre verde.

Poco a poco empiezo a desesperarme, no encuentro nada que pueda ser de ayuda. El pequeño escritorio que hay bajo la ventana tampoco esconde nada fuera de lo normal y ya no sé dónde buscar.

Durante la comida estoy en silencio, pensando sitios donde poder seguir buscando.

-Imagino que todavía no has encontrado lo que querías, ¿no?- pregunta mi abuela al verme tan callado.

-No. Nada de nada- sueno decepcionado y agotado.

-Ten paciencia. Cuando menos te lo esperes aparecerá. Siempre pasa- sonríe mientras recoge su plato y el mío-. Puedes seguir con lo tuyo, yo me encargo de esto- me dice al verme recoger las cosas de la cocina.

Opto por ver si el baúl que hay al pie de la cama tiene algo. Al abrirlo solo veo una tela blanca doblada muchas veces. Tiro de ello y descubro lo que es en realidad, el vestido de boda de mi madre. Trato de contener mis emociones, no era momento para ponerse melancólico con esto. Quiero averiguar qué hay detrás de todo esto. Debajo había un álbum de fotos grande. Lo saco y miro por encima el interior pasando rápidamente las páginas.

-¡Nada! Ni una nota, ni cartas, nada- me veo en un callejón sin salida que cada vez se oscurece más por cada paso que doy hacia adelante.

Solo me queda la cama, bajo ella podría haber algo. Solo hay una caja, aunque más grande que la del estante.

-Por favor…- mi última esperanza estaba aquí, de no ser así tocaba preguntar a mi abuela como último recurso.

Me siento en el suelo, abro la caja ansioso, pero nada. Solo un montón de libros. Saco la mayoría y los ojeo rápidamente por encima. Sacudo alguno de ellos lleno de rabia, pero sigue sin haber éxito.

El cúmulo de emociones, junto a la desesperación por no averiguar nada, me hace explotar y en un ataque de ira lanzo uno de los libros, con la casualidad de que se estrella contra el marco del armario que justo después cae. Un trozo de madera cayó al suelo dejando un hueco libre en el que había algo.

-¿Pero qué narices…?- me levanto con cautela, me acerco despacio lleno de intriga, entrecerrando los ojos para ver mejor lo que hay ahí.

 

Capítulo 5: La verdad

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