Kevin Mancojo

Diario de a bordo

Miradas

6 comentarios

Hoy me apetecía recordar una pequeña parte de mi infancia. Una parte en la que aún no asumí ciertas cosas.

A los 4 años o así decidí espantar a aquellos que miraran mis problemas físicos descaradamente. Cuando estaba fuera, en algún lugar público, la gente obviamente veía que había algo que no cuadraba en mí, los niños sobre todo, los que por aquel entonces tenían mi edad más o menos.

Yo, por un motivo u otro, les devolvía la mirada, pero no era una como la actual, era una mirada penetrante y creo que llena de rabia. Seguramente fuera por estar cansado de tener tantos ojos pegados a mí. O a lo mejor simplemente era que me sentía incómodo al ser el centro de atención. Cansancio o incomodidad, tomé una decisión, espantar a todos los críos que se estuvieran fijando en mí.

Tengo un vago recuerdo en el que mi hermano (mayor que yo) estaba conmigo en algún lugar público. Descubrí a una niña mirándome (o más bien me descubrió ella a mí) e hice lo siguiente: primero la observé con descaro, intenté con ello que apartara la vista, no lo hizo. Por lo que elegí el plan B: dar una zancada hacia ella y susurrar: ¡BU! Sí, como si fuera un fantasma o una criatura terrorífica encargada de hacer que todos corran de miedo. Y lo conseguí. Se giró de inmediato hacia sus padres.

Mi hermano al darse cuenta me dijo: -¡¿Qué haces?! No puedes hacer eso…

No recuerdo bien mi respuesta, creo que fue un: “Me estaba mirando”

De esto hace ya 17 años aproximadamente y por suerte fui corrigiendo aquello. Ese recuerdo fue el que más me impactó, pero no fueron las únicas miradas que se intercambiaron a lo largo del tiempo.

Como he dicho, esa costumbre me la fui quitando, los sustos se convirtieron en un intercambio de miradas donde trataba de obligar a los demás a apartar la vista. Y esto se transformó en un juego con los críos. Ahora lo aprovecho y en ocasiones me divierto viendo como los críos me miran y normalmente les devuelvo una sonrisa. He llegado a interactuar con algunos explicándoles sin más que era porque había nacido así. A otros les tuve que responder la duda que les corroía por dentro. En otros momentos repetí aquella antigua zancada, pero no iba con ferocidad ni terror, iba con gracia y diversión y ellos se daban cuenta y disfrutaban con la tontería.

Tuve la decencia de cambiar mi actitud al respecto y me alegro muchísimo por ello, pero aun así todavía queda un resquicio de toda esta historia que tal vez algún día os cuente.

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6 pensamientos en “Miradas

  1. Cierto es Kevin que la sociedad aún no esta mentalmente preparada del todo para ciertas diferencias físicas en algunas personas, pero eso poco a poco va cambiando aunque demasiado despacio.

    • Hace años era muchísimo peor, gente con problemas ni se les permitía salir de casa por lo que otros pudieran pensar. Pero al menos yo me lo he terminado tomando con alegría y con mucho humor. Gracias por pasarte y dejar una pizca de ti con tu comentario

  2. ¡Hurra! Los que critican son los que más deberían callar.
    Hablar en plata en estos casos resulta dificil. Lejos de lo que deja la curiosidad, aquellas miradas que se dirigen a hacer daño deberían darse con un canto en los dientes. Bien fuerte.
    Un beso,
    Eva.

  3. Va a resultar hilarante lo que voy a decir porque no es comparable, pero que sepas que a mí me miran fatal por la calle porque llevo el pelo verde -no verde clarito como el de la lima, verde musgo, verde luz de taxi libre-, es más, hay gente que incluso intenta ofenderme haciendo chistes como llevar una escarola en la cabeza o -en Navidad son muuuuuuuuy originales- que sólo me faltan los adornos para ser el árbol de Navidad.

    Así que creo que el problema social no son los defectos, sino lo diferente. Lo cuál es todavía más deprimente y me da mucha rabia.

    • La sociedad encasilla todo y pone etiquetas a cualquier cosa, somos así, pero bueno. Prefiero sacar lo bueno de todas las cosas antes que amargarme por lo que piensen otros 🙂
      Muchas gracias por compartir algo así

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