Kevin Mancojo

Diario de a bordo


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Viajar solo

Sé que hace poco ya escribí una entrada relacionada con viajar, pero es que es algo que me apasiona desde que lo descubrí. Ya desde pequeño era curioso y me gustaba recorrer lugares, pero evidentemente no es lo mismo hacerlo siendo un niño a hacerlo siendo adulto.

Y es que incluso hubo un tiempo en el que decía: “¿Para qué quiero viajar por ahí, si todos vienen a mi pueblo? Por algo será”. ¡Qué joven e ingenuo era…! Claro que San Javier tiene su encanto, pero menospreciar el resto del mundo… no sé cómo me atreví por aquel entonces.

Menos mal que la Fundación de RafaPuede me dio la oportunidad de viajar a Madrid para formar parte de un taller increíble en el que conocí muchísimas personas nuevas. Se podría decir que ese viaje  fue el nacimiento de mi alma viajera.

Al ir solo decidí recorrer parte de Madrid en mis ratos libres. Siempre a mi ritmo y sin rumbo fijo. Soy de los que si ve una calle que le llama la atención, no se lo piensa dos veces y pasea por ella.

Además, la gente del taller que vivía en la capital (no todos eran de la ciudad) nos terminó enseñando a los demás algunos lugares más típicos, pero no tan conocidos por los turistas. ¡Vaya churros comí en San Ginés!

Como digo, el inicio de mi pasión por viajar surgió de esta experiencia; pasar horas paseando por las calles de la ciudad, y el conocer gente que me descubrió un mundo nuevo que no sabía ni que existía. Dos pilares que considero fundamentales para disfrutar de verdad de la experiencia.

Aquello fue un poco locura, viajar solo no es algo que haga todo el mundo, primero hay que tener valor para ello. Pero lo necesitaba, pues fue en una época en la que necesitaba salir de mi zona de confort.

Después de aquello surgieron muchísimos otros viajes. Uno solo a Barcelona (que preciosa es), a París y a Estrasburgo gracias a proyectos en los que he participado donde volví a conocer gente nueva. De locura terminé yendo a Belfast (Irlanda) con dos amigas. Mi hermano conoce mi pasión por descubrir mundo y cada vez que voy allí, a Alemania, me propone una ciudad nueva: Ámsterdam fue la primera a la que fuimos y hace apenas un mes visitamos Luxemburgo. Desde hace poquito, cada verano recorro alguna parte de España con mis amigos. El primer año fuimos Andalucía y vimos Málaga, Córdoba, Ronda, Antequera y Frigiliana. El segundo nos recorrimos el País Vasco: San Sebastián, Bilbao, Getxo, Vitoria, etc. Unos meses antes una amiga me invitó a ir a Peralta (Navarra) y me paseé por Pamplona, Logroño y Zaragoza. Y muchos lugares más que harían muy larga esta publicación.

Como veis, no desaprovecho oportunidades, ya sea solo, con mi hermano o con amigos. Y cada viaje es único, distinto y no es comparable el uno con el otro. Cuando voy por mi propia cuenta puedo hacer lo que quiera, cómo quiera y cuándo quiera. Si voy con mi gente, las risas y las locuras están aseguradas. Encima parezco el niño del grupo y terminamos por recolectar muchas anécdotas relacionadas conmigo. Con mi hermano tengo total libertad, realmente hace de chófer, guía y poco más. Encima es como yo; si ve algo que capta su atención va directo a ello.

Pero de estas 3 formas de viajar que he descubierto en estos últimos 5 años, me quedo con la de ir solo. Todos podemos salir a descubrir mundo con amigos o con la familia, no es algo a lo que le tengamos pudor (se supone). Es más, te da cierta seguridad. Al fin y al cabo son más cabezas pensantes que pueden plantear soluciones a posibles contratiempos. Sin embargo, ir solo a cualquier lugar desconocido requiere superar ciertas barreras.

La primera y la más evidente: saber estar solo. Tendemos a tenerle miedo a la soledad. Lo que no sabe la gente es que para evolucionar a nivel personal, necesitamos estar a solas con nosotros mismos de vez en cuando. Un viaje así es la clave para aclarar ideas y encontrarse a uno mismo.

Saber hacer amigos es algo complicado para algunas personas. Tal vez eso es algo que les eche para atrás a la hora de viajar sin compañía. Yo soy muy extrovertido y hablo con cualquiera. Recuerdo hablar con un australiano que chapurreaba el español. Los dos acabamos filosofando sobre lo que era la felicidad. A parte de la conversación que tuve con este hombre, he tenido otras que han alimentado mi opinión sobre algunos temas o incluso me han abierto los ojos. Amigos míos incluso han terminado yendo a comer o a descubrir la ciudad gracias a gente que han conocido en sus viajes (a mí aun no me ha pasado, pero me pasará).

También el tener la libertad de ir a dónde quieras, descansar cuando lo necesites e ir a tu ritmo hace que merezca la pena viajar solo. Cuando vas con tus compañeros o tu familia al final debe haber un consenso para prácticamente todo y en ocasiones no sale lo que querías. Encima, al ir con ellos no te abres con la misma facilidad a la gente local, así que terminas por no conocer cómo es la gente de ese lugar que estás visitando.

Todo esto os lo cuento porque tengo unas ganas locas de viajar solo otra vez. La última vez que visité ciudades por mi propia cuenta fue a principios de año y ya tengo mono de salir de aquí una vez más.

Recuerdo que al principio necesitaba un viaje cada seis meses más o menos, ahora cada mes o dos meses. El último fue a Luxemburgo con mi hermano y, aunque me dé libertad de hacer lo que quiera, no estoy solo como tal. Y eso es lo que necesito ahora mismo. Atreverme a perderme por el mundo para reencontrarme y encontrarme con lo desconocido.

En mi caso, por la discapacidad, tengo barreras añadidas, y es algo que, lo parezca o no, me frena en algunas ocasiones. Prefiero evitar el cruzarme con algo que pueda resultar un obstáculo para mí. Pero soy consciente también que, una vez lo haya superado, habré dado un pasito más en muchos aspectos de mi vida.

Cada vez que me aventuro a algo así descubro que aquello que parecía difícil, al final no lo era tanto. Y eso me enorgullece. Las piedras que me puedo cruzar en el camino las termino quitando poquito a poco y cada vez con más rapidez.

Tan independiente me sentí en mi último viaje en solitario que me emocioné. Apenas podía contener las lágrimas. Y tal vez parezca absurdo, pero en mi situación es algo que no esperaba y haber ido superando todo paso a paso me llenaba como persona. Me sentía más completo.

Como dije, las ganas de viajar solo vuelven a estar presentes y dudo que tarde en comprar algún billete. Solo espero encontrarme barreras para superarlas, calles para enamorarme de ellas y gente que me descubra un mundo nuevo.

Sé que dicen que para haber vivido de verdad tienes que escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo. Pero yo añadiría una más: viajar solo.

#NuncaDejéisDeSonreír