Kevin Mancojo

Diario de a bordo


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Abrir los ojos

Llevo unos meses repitiendo mucho lo mismo una y otra vez a personas que les gusta escucharme. Es algo sobre lo que no había reparado hasta hace poco, algo que era así desde que cambié mi filosofía o más bien, mi visión de la vida.

En un principio vemos lo que nos rodea y vemos el comportamiento de los que están a nuestro alrededor y cuando tenemos algún problema, le echamos el marrón a los demás: si suspendes un examen es por el profesor, si tu pareja está tomando algo con alguien del sexo opuesto empiezan los celos hacia esa persona, si no puedes salir de fiesta la culpa es de tus padres, si no puedes hacer lo que verdaderamente te gusta es porque otros te han dicho que no es lo más adecuado y así muchas otras situaciones.

El problema es nuestro, pero está causado por algo que no somos nosotros. O eso es lo que pensamos, pero no es así. Lo que llevo repitiendo mucho estas semanas es que no nos fijamos en nosotros, no miramos dentro de nosotros, primero lo de fuera y luego ya si eso… Y ahí está la clave de porqué uno no logra mejorar su situación.

Vi un vídeo hace poco y me quedé con una frase que me gustó mucho: “¿Cómo alguien ve una astilla en el ojo de alguien si tiene un tronco en el propio?” No podemos exigir nada de los demás cuando primero tenemos que ver qué actitud tenemos nosotros. Y ya no solo hacia el resto, sino hacia uno mismo. ¿Cuántas lágrimas habrán caído en la almohada antes de dormir…? Esa angustia, esa incomodidad, esa frustración que generamos es porque no estamos bien y se debe a que no nos hemos mirado al espejo… Y si lo hacemos, volvemos a llorar… ¿Por qué? ¿Qué hacemos mal?

Ya os he dicho muchas veces que no soy diferente a los demás, he pasado por la misma edad del pavo que todos, pero hubo una época en la que abrí los ojos, y no miré hacia fuera… miré hacia dentro. Empecé a ver dentro de mí y me di cuenta que tenía que cambiar mi actitud. De repente, los demás dejaron de ser la razón de mi tristeza, ya no eran ellos los que me hacían sentir mal. En realidad era yo el que se sumía a esos estados tan lamentables, y cuando me di cuenta de esto, todo cambió. Las lágrimas en la almohada desaparecieron y se convirtieron en una felicidad constante y aunque os pueda parecer aburrido, no lo es. Sonreír continuamente porque se es feliz sin tener que fingirlo es realmente tranquilizador.

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Y no penséis que desaparecieron los problemas en mi vida solo por haber mirado en mi interior, para nada, todavía surgen cosas que son para tirarse de los pelos. Sin embargo, aquella preciada lección me enseñó a ser capaz de ver cuál es el problema exactamente y a partir de ahí ver qué puedo hacer. Además de enseñarme a no tomarme las cosas tan a pecho como solía hacer antes y que cada uno tiene que vivir su vida.

Lo malo de esto es que creo que uno no llega a verse a sí mismo con facilidad, primero tiene que ocurrir algo para llegar a ese punto. Al menos así ha sido normalmente con las personas que he conocido y que piensan de un estilo parecido al mío.

Pero como suelo decir, a veces hay que darse el porrazo para abrir los ojos y terminar siendo feliz.

Y como hace tiempo que no digo mi super frase, pues lo hago hoy… Nunca dejéis de sonreír.


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Por amor al arte

Empieza el verano y noto como tengo esto abandonado. No paro de hacer cosas, mis amigos ya están un poco más desocupados, yo también y al fin nos vemos las caras más a menudo. Además ayer hubo un festival de danza y hoy habrá una obra de teatro en un rato y esto último era en lo que más me quería centrar…

La música, la pintura, el baile, el teatro, entre otras que se me escaparán ahora mismo, forman parte de algo a lo que siempre he tenido una clara idea: transmitir sentimientos y emocionar. Es algo que he admirado muchísimo porque, encima de requerir mucha concentración y mucha precisión, tienes que ser capaz de transmitir. Y creo que para que un pintor, un actor, un músico o un bailarín (lo siento por no ponerlo en femenino, sé que hay muchas chicas con arte por ahí) pueda transmitir tanto, primero tiene que sentirlo él mismo… Después, creo que ni siquiera necesita aprender técnicas, le sale solo, del alma. Aunque está claro que este tipo de personas nunca se quedan estancadas, siempre buscan más y más hasta que se les rompa el pincel, la guitarra o un tobillo. Es tremendo ver como esta clase de gente se exige sin detenerse un momento.

Aquellos que bailan están moviéndose con cada nota musical que escuchan, en ocasiones ni les hace falta la música, los pintores observan cada ángulo y cada paisaje, admirando sus combinaciones de colores y al músico te lo ves susurrando canciones mientras está con sus cosas. Por eso me parece admirable, porque lo aman tanto que lo transmiten a los demás cuando ellos solo lo hacen por el puro placer que les da y poder cedernos a nosotros una pizca de su ser, algo que a veces hacen sin darse cuenta.

Como dije, ayer hubo un festival de danza y pude ir. He de decir que hubo un par de bailes con los que me vino un escalofrío de esos que solo vienen cuando te han tocado el alma. Son esos momentos en los que te das cuenta que te han transportado a su mundo y que lo que te rodea ha desaparecido por un instante.

Dicen que esta rama de los estudios es la que menos salidas tiene y la verdad es que no sé si es así, pero sin ellos perderíamos mucho, no podríamos completar el puzzle que nos compone. Así que, hoy le doy las gracias a todos aquellos que aman algún arte con el que transmitirnos una pizca de ellos y le doy las gracias a las personas que me emocionaron en su momento y lograron llevarme a su mundo para disfrutar de él.

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El mundo es tan contradictorio…

El mundo es tan contradictorio… bueno, más bien las personas. A veces pienso que somos como niños que no saben ni lo que quieren, que cambian de bando con mucha facilidad.

Siempre queremos una cosa, pero al final nos decantamos a hacer otra. Nos fascinan las personas que tienen una visión de la vida admirable o incluso personas que superaron problemas muy graves, pero no somos capaces de verlo desde el mismo ángulo, ni siquiera nos planteamos ser capaces de luchar tanto por la vida. Deseamos recorrer el planeta Tierra, descubrir lugares vírgenes o ciudades que nunca duermen, y ni locos se nos ocurriría cambiar de bar. Vemos el optimismo y el bienestar en otros, pero no nos planteamos el hecho de sonreír sin más, porque sí, porque eso a veces basta para alegrar el día. Nos encantaría vivir aventuras parecidas a las de personas que admiramos y no tenemos otra cosa que hacer que pensar en que mañana por desgracia toca trabajar o estudiar. Odiamos ciertas cosas de la sociedad en la que vivimos y curiosamente nos camuflamos entre el resto de las personas como si fuéramos un robot más. Queremos un mundo sin guerras cuando sufrimos la peor de las batallas en nuestro propio hogar. Soñamos con más horas cada día y sin darnos cuenta malgastamos casi todas ellas. Ansiamos nadar entre dinero y después no valoramos el despertarnos cada mañana. Pretendemos llegar a la felicidad cuando disfrutamos devolviendo a los demás el daño que nos hicieron en el pasado. Buscamos la justicia en la sociedad cuando no lo somos con nosotros mismos. Diseñamos nuestro futuro mientras dejamos de vivir el presente. Intentamos amar a los demás, pero es que ni siquiera nos sabemos valorar tal y como somos. Aparentamos ser fuertes y un simple problema nos devora de un solo bocado. Pedimos consejos, pero luego, en el momento dado, los ignoramos. Sabemos cuáles son nuestros problemas y nos encantaría cambiarlos, sin embargo, es más fácil cerrar los ojos y dejar que todo fluya, a pesar del dolor que nos causa…

Las personas somos tan contradictorias que dejamos de vivir en el momento en que dejamos a un lado lo que realmente desearíamos cumplir antes de morir…el camino a elegir


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La fama y el reconocimiento

Llevo meses escuchando más o menos lo mismo. Desde que abrí el canal en Youtube y desde que me empezó a conocer gente de fuera del pueblo, incluso del país.

Me hablan de fama, en algunos momentos bromean diciendo: “Cuando te hagas famoso acuérdate de nosotros” o “Dame un autógrafo que luego no te acordarás de mí” etc. Frases así llevo escuchando ya bastante tiempo y ¡ojo! no tengo problemas con ellas, para nada. De una manera indirecta me suben la autoestima y me indican que voy por buen camino.

Pero es que ellos me ven ya en la cima, en la cúspide, sin pensar (o tal vez sí lo piensan, pero en otro momento) en cómo he llegado hasta allí. El esfuerzo es el que quiero que se vea y en muchas ocasiones es lo último que se ve.

Una de las cosas que escuché decir a otro chico de Youtube es que la fama lleva al fanatismo y sinceramente, esa palabra para mí significa radicalismo y yo no quiero eso, no quiero que el día de mañana, aquellos que me siguen, bien sea por hacerles reír, por hacerles reflexionar, por hacerles “viajar”, digan: “Voy a cortarme los brazos para ser como Kevin”. Sin duda que no me gustaría esa actitud… Hay mucho más detrás de mí que solo el físico. He tenido que moverme mucho; recorrer gran parte del pueblo y acercarme a organizaciones, he pedido ayuda a otras personas para crecer o crear alguna de mis ideas, he dado cursos para obtener más conocimientos…

Hablando de esto con una amiga me di cuenta de que el reconocimiento de nuestros esfuerzos depende solo del ámbito en el que se ha tenido éxito, es decir, a mí que me gustan los youtubers, tendré en cuenta todo el trabajo que hay detrás: la edición, las miles de tomas para grabar una escena, la creatividad del guión o del vídeo en sí, etc. En gran parte es así, aunque yo intento ver el duro trabajo en todos los ámbitos posibles.

Cuando las personas que me vienen con las frases que mencioné antes les hago una rápida explicación con una comparación (toma pareado): “Yo no quiero ser una Belén Esteban, yo quiero ser un Albert Einstein”. Esa es mi respuesta y es entonces cuando se dan cuenta de lo que quiero explicar. Al contarle esto a mi amiga, me dijo que la reina del pueblo (o como narices la llamen) también se esforzó en su momento para llegar donde ha llegado. Sin duda se esforzó… no tiene vida privada. La diferencia entre ella y los personajes históricos es que posiblemente lo de ellos es más digno que lo de ella.

Quiero seguir mi camino, quiero seguir ayudando a los demás y en cierto modo me gustaría llegar lejos para poder ayudar mucha más gente todavía. Espero que el día de mañana, cuando yo ya no esté, el mundo recuerde mi nombre por lo que hice. Si esto después se considera fama… pues lo asumiré, pero aquellos que realmente me conozcan sabrán que ese no era mi objetivo y que hubo muchos escalones que tuve que subir.

Todo esto y más lo explico en un vídeo que hice al respecto. Tenía ganas de soltarlo y aproveché para grabar (espero que os guste mi buhardilla).


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El talento

Ayer empecé un curso de coaching. Esta palabra inglesa que se ha puesto tan de moda actualmente es un método para sacar la mejor parte nosotros para poder rendir con la mayor capacidad posible. En realidad tiene diferentes definiciones (la que os he explicado tiene parte de mi propia cosecha), creo que es difícil encontrar dos iguales, pero sí que todas quieren transmitir lo mismo: debemos sacar lo positivo que tenemos en nuestro interior, mentalizarnos a ello y sacarle el mayor jugo posible.

El curso tiene pinta de que me va a gustar porque con el profesor comparto muchas ideas, pero de lo que quería hablar, que fue lo que me llevé del día de ayer, es que tenemos que encontrar nuestro talento.

Una de las cosas que el profesor dijo es que se nos cortan las alas, por así decirlo; tal vez un niño adore dibujar y en vez de apuntarlo a pintura, lo meten a fútbol, cuando el crío no lo disfruta de verdad. Y esto es uno de los miles de ejemplos que hay en este mundo. No sé a ciencia cierta el motivo de porqué se hace esto, pero llegué a la conclusión de que se debe a que nuestros padres quieren que consigamos lo que ellos no pudieron alcanzar. Un error bastante gordo, pero lo hacen con buena fe. Y por supuesto que esto no ocurre en todos los casos, pero sea como sea, sucede…

Y es una pena que el don que tenemos cada uno de nosotros quede cohibido porque a veces incluso resulta complicado descubrir cuál es. Pero una vez que se tiene y se sabe uno puede dedicarle horas. Llega el momento en que si no te avisan otras personas, no te das cuenta de que ha pasado media tarde.

Cuando el profesor habló sobre esto, me di cuenta de que esto me pasa con las charlas (por suerte tengo un buen reloj biológico y manejo las horas bastante bien). Cuando empiezo, no paro. El tiempo se pasa volando y las caras de las personas me indican que aunque pasen dos horas más, no habría problema.

Hoy me ha pasado, hoy tuve otra charla y esta clase era algo más adulta, eran muy receptivos. Llegamos incluso a coger unos 10 minutos de la clase siguiente solo porque yo podía seguir contando cosas y porque ellos podían seguir escuchándome como a niños que les cuentan una historia.

Solo tengo 22 años, no he vivido tantas tragedias ni aventuras como otras personas, pero de un modo u otro logro meter al público en una bola en la que solo estamos ellos y yo, nadie más.

Ese es mi talento, al menos eso creo y quiero seguir este camino por mucho tiempo. Todos tenemos un don, solo hace falta encontrarlo.


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Un vídeo con un mensaje muy potente: el racismo

Hoy no me voy a enrollar, no quiero porque lo que os voy a enseñar ahora merece toda la atención del mundo. Cualquier cosa que yo pudiera escribir al respecto le quitaría la inmensa fuerza que tiene.

Hacía mucho tiempo que no veía algo de este calibre:


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Un poco de amor propio

Últimamente estoy leyendo bastante sobre el amor propio y la inteligencia emocional que le falta a mucha gente, es decir, esa inseguridad que muchos sienten, la falta de cariño, miedo al rechazo por los demás, etc.

Y junto a ese tema yo siempre uso una metáfora, pero primero quiero explicar más o menos el motivo por el que esas personas tienen esos sentimientos y sensaciones: no se aprecian a sí mismos, no se quieren. No ven lo bueno que tienen y buscan que otros se lo digan o se lo demuestren. Necesitan que alguien esté a su lado para sentirse queridos porque de lo contrario, empezarán a sentirse mal. Creen que no valen lo suficiente como para tener amigos o pareja (lo mismo da). Se sienten impotentes, como si fueran un minúsculo granito de arena tratando de hacerse ver frente al planeta Tierra.

Es un pensamiento negativo hacia uno mismo que este tipo de personas se crean y que tratan de solucionar buscando la manera de caer bien a los demás, intentando hacer las cosas de la mejor manera posible y dando de ellos todo y más. Y aquí está el problema, que lo hacen para los que los rodean y no para sí mismos.

Creo que muchos hemos empezado por ese camino (me incluyo), hasta que llega el momento en el que nos damos cuenta que nosotros también tenemos un valor que nos caracteriza. Para llegar a este punto primero hay que pasar por muchos baches, los que nos llevan a sentirnos muy solos, prácticamente aislados. Algunos, llegados a este punto se dan cuenta que el error estaba en apreciar más lo que se hacía por los demás que por uno mismo. Es aquí donde se empieza a cambiar la visión de la vida.

Y ahora viene mi metáfora: desde poco después de aprender esto, pensé que si viéramos a los que nos rodean como complementos de ropa, veríamos que somos capaces de prescindir de estos; todos hemos olvidado alguna vez las gafas de sol, una chaqueta o algún gorro al salir de casa y hemos sobrevivido. Cada uno de los complementos nos aporta algo de manera distinta, pero con ellos nos sentimos mejor y más protegidos.

Dicho de otra forma, a pesar de encontrarnos más a gusto con gente a nuestro alrededor, somos capaces de no depender de los demás, solo tenemos que encontrar la actitud adecuada y creérnoslo. Encima han llegado a nuestras vidas para algo en concreto, para aportar su granito de arena. Eso sí, muchos se irán de nuestro lado (por las buenas o las malas), pero recordad que dejaron una parte de ellos en nosotros, directa o indirectamente.

En mis últimas charlas les he hablado a los chavales de que nadie va a aprobar por ellos, nadie les va a sacar una notaza, nadie va a vivir de lo que estudien, nadie va a ser feliz por ellos. Eso tiene que venir de dentro de cada uno. Necesitan ponerle ganas para llegar a sus objetivos porque los demás no lo harán. Y aunque suene egoísta no lo es, porque si uno tiene amor propio y busca la felicidad en su interior, de una manera u otra lo transmitirá al resto de las personas haciéndolas feliz también.

Ya sabéis lo que digo… nunca dejéis de sonreír.


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Un buen paseo siempre sienta bien

Por fin vuelvo a andar a gusto, lo echaba de menos. Eso de que me arreglaran la pata chula se nota.

Antes de que mi torpeza la estropeara, caminaba de vez en cuando (tampoco mucho, mi físico no me lo permite). Solía ir a casa de un amigo andando o daba una vueltecita por el pueblo. Y cuando se estropeó dejé de hacerlo, no quería correr riesgos.

He de decir, ahora que he vuelto a dar paseos, que lo anhelaba bastante. No lo creía para tanto, pero resulta que sienta bien una buena caminata que te saque de casa y de un asiento. Te distrae, te saca un poco de la rutina, al menos en mi caso.

Hace dos días no me levanté de mi silla y estaba aburrido, incluso algo agobiado (demasiadas horas entre cuatro paredes), así que eché a andar. Me sentí feliz, como un ratón que sacan de su jaula. Hasta me llegué a sentir orgulloso por haber tomado la decisión de pasear. Imagino que eso se debe al hecho de poder liberar todo el agobio que da una casa en determinados momentos solo con caminar.

Así que, a partir de ahora volveré a las andadas (pero que chistes más cutres me marco, joder).

Os dejo la lección del día: salid a dar una vuelta, solos, id a un ritmo en el que no os canséis y ni se os ocurra estar pendientes del móvil. Acabaréis lejos, más de lo que os imaginabais en un principio. Es como abrir la jaula de los pájaros de nuestra cabeza, nos libraremos de todos ellos solo con dar un paseo. Toda la carga que teníamos en un principio se irá poco a poco y nos hará volver a sentir bien.


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La Muerte

No sé si es que nos estamos haciendo demasiado mayores o es que la Muerte se está riendo de nosotros, pero… ¡ya basta! ¡Ya es suficiente! Ya hay demasiadas víctimas, demasiado dolor… un dolor que resulta como un puñetazo en la boca del estómago, el cual te deja sin aire, te asfixia, te oprime hasta el pecho. Te encoges por la agonía, sin poder articular una sola palabra…

Demasiadas lágrimas derramadas, demasiados llantos, gritos, golpes, silencios… Y todos ellos ahogados para sofocar el dolor que se siente a solas; una lucha interna que uno debe superar. Cada uno busca su modo de hacerlo: sonrisas frente al mundo que después, en casa, se convierten en lluvia que riegan nuestro rostro. Altares que mitigan el sufrimiento de un modo u otro. Hay quién necesita que el alcohol revuelva los recuerdos o mejor aún, que los haga olvidar. Hay tantas formas… Intentamos buscar una manera de matar a la Muerte, qué ironía…

Odio los “Lo siento”, detesto el pésame que solo se dice por educación. No sirve de nada, no alivia el dolor. Todo lo contrario, hace que ese vacío que se intenta aliviar se vuelva más grande todavía. No ayuda que semanas después recordemos lo que estábamos intentando “olvidar”, solo porque los modales se deban anteponer frente al dolor… ¿Qué tal una distracción? Unas bromas que conviertan la falsa sonrisa en una real, no en una que nos pintamos para aparentar ser fuertes. ¿No entendéis que realmente buscamos superar lo que tanto daño nos hizo? Nunca entenderé esa norma de educación y por mi parte, haré como que nunca la aprendí.

La Muerte tiene tantas formas de avecinarse… A veces, las noches se vuelven eternas en un sillón incómodo esperando a esa leve brisa que se lleva consigo el último aliento. Y otras… otras veces suena el teléfono y escuchas una voz que hubieras deseado no haber oído jamás…

Hace mucho comprendí que hacer el idiota, el bobo, el payaso o como lo queráis llamar, cose las heridas que nos dejaron abiertas porque cuando volvemos a estar solos, porque cuando volvemos a nuestro oscuro rincón, todo vuelve a doler…

Y lo peor es que esa angustia aparece por primera vez como un rayo que quema un árbol. Te atraviesa de la cabeza a los pies y arde, todo tu cuerpo arde y nunca dejará de hacerlo. Siempre quedará una leve llama que quemó toda una vida, solo con la intención de recordarnos lo que pasó. De lo que sucedió un día y lo que nos plantó ante nuestras narices: el miedo. Miedo al dolor que nunca podremos dejar atrás y que nos plantea tantos interrogantes, que al final ni siquiera les buscamos las respuestas.

Una vez escuché que no hay que huir de los miedos y que hay que mirarlos a los ojos para afrontarlos. Eso significa que solo hay que aprender a caminar de la mano del dolor, asumirlo. De ese modo, la llama que antes nos quemaba, solo nos dará calor y fuerza para volver a ver la luz que la Muerte un día nos arrebató.


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El escorpión y el pato

Hace tiempo me contaron una historia que hoy me apetecía compartir con vosotros. Aquí va:

Había una vez un escorpión que estaba caminando sin parar y se encontró con un río que necesitaba cruzar. Miró a su alrededor y no encontraba el modo de hacerlo hasta que divisó un animal en el agua.

-Pato- llamó el escorpión-, ¿podrías venir un momento?

-¿Para qué? ¿Qué es lo que quieres?- preguntó cauteloso el ave, mientras se mantenía a una distancia segura.

-Necesito cruzar el río y tú me podrías ayudar- suplicó.

-¿Y cómo quieres que lo haga?

-Déjame montar a tu espalda y después solo debes nadar hasta la otra orilla. Allí me bajaré- le explicó.

-Tú sabes que eres un escorpión, ¿no?- nadaba en círculos frente a él.

-Sí, ¿y qué?- preguntó.

-Que si te dejo subir, me picarás, me envenenarás y moriré- contestó.

-De hacerlo, yo también moriría. ¿De verdad crees que busco mi muerte?

Estas palabras hicieron reflexionar al pato y poco a poco se fue acercando a la criatura.

-¿Estás seguro que no me harás nada? No quiero morir- insistió.

-Te repito que yo tampoco.

-De acuerdo, sube.

El escorpión le hizo caso y se puso a la espalda del pato. Este nadaba como siempre, al principio con gran temor por lo que pudiera ocurrir debido a su pasajero, pero según avanzaba ese miedo se marchaba hasta que de repente notó un pinchazo.

-¡¿Qué haces?! ¡¿No decías que no me ibas a picar?! ¡Ahora moriremos los dos!- el terror se apoderó del ave, mientras notaba como se le iban las fuerzas con rapidez.

-Pe-perdón… de veras que lo siento- apenas le salían las palabras-. Yo no quería, pero… mi naturaleza… no podía controlarla, no podía detenerla- se lamentaba mientras sentía como llegaba su hora, junto a aquel que trató de ayudarlo segundos antes…