Kevin Mancojo

Diario de a bordo


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2020

Sé que aún no hemos acabado el año, pero septiembre es un mes en el que comienzan nuevas etapas y nuevos proyectos. Y yo he decidido que esta vez me voy a dedicar tiempo a mí mismo.

Llevo ya unos 2 o 3 años donde todo lo que hago, en cierto modo, se proyecta hacia fuera. Me explico: comencé a meterme en proyectos y a colaborar con personas ayudando a llegar a sus objetivos y a cumplir sus metas. Y no sabéis la cantidad de cosas que he aprendido en todo ese tiempo. Siempre me ha gustado ayudar y siempre lo haré, pero no esperaba sacar tanto aprendizaje durante el proceso de todas las ideas y propósitos que tenía la gente.

He tratado con la inclusión en los recreos de algunos colegios gracias al proyecto PIAR (Proyecto de Inclusión en el Área de Recreo) de la Fundación de RafaPuede. Era increíble ver como los niños al final se ayudaban entre ellos para jugar. He normalizado la diversidad funcional con Capacesde; no por tener una discapacidad eres un bicho raro, ni eres un héroe, simplemente eres una persona que hace las cosas de una manera diferente. Descubrí un mundo nuevo cuando me metí en el proyecto “La educación global empieza en tu pueblo”. Apenas sabía sobre los objetivos de desarrollo sostenible que buscan equilibrar la balanza en la sociedad y mantener vivo el planeta. Ni siquiera sabía que el mundo se estuviera muriendo a esta velocidad. A través del proyecto MACHO aprendí que la música, un lenguaje universal donde todos se podían entender por igual, se convertía en un bonito refugio para algunas personas. Gracias a mi profesora de teatro pude hacer reír a niños con el teatro infantil. Además aprendí a improvisar bastante, con los pequeños nunca sabes lo que te puedes encontrar así que…

Y así podría tirarme un rato más, mostrando todo en lo que he formado parte y todo lo que he aprendido estos años. Y no me arrepiento de nada, incluso volvería a repetirlo sin dudarlo.

Sin embargo, comencé a construir mi camino más o menos en el 2014. Empecé con las charlas de motivación, nació este blog, acabé abriendo mi canal de Youtube, me tomé en serio la fotografía…

Todo esto, y alguna que otra cosa más, era mío. Lo que proyectaba por aquel entonces era todo para mí, era una proyección hacia dentro, hacia mi crecimiento y descubrimiento personal.

Aunque todo lo que he mencionado sobre mi comienzo iba dirigido hacia un público (que con el tiempo ha crecido muchísimo y le doy las gracias), realmente estaba encontrándome a mí mismo. Por aquel entonces necesitaba saber cuáles eran mis pasiones, a qué le dedicaría tiempo de verdad, qué inquietudes tenía, qué quería hacer con mi vida…

Pude responder todas aquellas preguntas a lo largo de los meses, pero poco después me vi envuelto en un proyecto detrás de otro sin ni siquiera darme cuenta. Una cosa llevó a la otra y… Bromas aparte, una vez que me vi metido en este mundo, me vinieron más propuestas que casi nunca rechazaba. Supongo que en cierto modo, aún seguía descubriéndome a mí mismo y, participando en todas estas ideas, podía saber qué era lo que me mantenía vivo.

En cambio este año… He decidido parar en seco. Necesito volver a donde comenzó todo, a mis pasiones, a donde yo pueda decidir qué, cuándo y dónde. Quiero volver a dirigir mi vida sin estar comprometido con los demás. Más bien quiero un compromiso conmigo mismo.

Me apetece volver a tragarme tutoriales en Youtube para saber cómo mejorar a la hora de editar vídeos, descubrir fotos en Instagram que se conviertan en ilusión para coger mi cámara y tirarme horas apretando el disparador, aprovechar los momentos de lucidez para escribir y plasmarlo aquí, poder decir que sí a las charlas motivacionales que me propongan. Simplemente quiero mejorar en aquello que sé que se me da bien.

Tengo varias ideas y proyectos que no he podido sacar de mi cabeza porque no me daba la vida para ello y, ahora que he parado el tren en el que me subí, aprovecharé el tiempo.

Espero explotar todo lo posible mis capacidades y seguir encontrando cosas nuevas que me hagan sentir vivo. Y me encantaría seguir emocionando a la gente haciendo lo que me gusta. Así que, 2020, agárrate que Kevin Mancojo va a llegar con fuerza.

#NuncaDejéisDeSonreír


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Mi mayor reto, por ahora

Una vez más estoy intentando darle vida y prioridad al blog. Y sin duda alguna me encanta escribir, pero hay que dedicarle tiempo y, sobre todo, estar inspirado. O tal vez solo necesites encontrar una historia que contar. No estoy muy seguro.

Pero en este caso os contaré algo que ocurrió el 22 de septiembre de 2018. Una fecha que se ha convertido en otro posible punto de inflexión en mi vida, y os aseguro que de esos solo he tenido uno en mi vida y fue en 2013.

En esa fecha, que caía en un precioso y soleado sábado, hice unos 5 km a nado en el Mar Menor. A ver… será mejor que os cuente desde el principio…

20180828 Entrenamiento 2

Para los que no lo sepáis, llevo nadando desde los 14 años. Tuve la suerte de que un profesor me cogió para entrenarme y aquello comenzó a convertirse en mi hobbie. Iba a entrenar dos veces a la semana durante una hora, pero ¡menudos 60 minutos más intensos!

Aun así siempre encontraba mi momento de creación. Es más, me inspiraba un montón mientras nadaba, era mi medio para imaginar cosas nuevas. Y en una de esas horas de entrenamiento… al señorito Mancojo no se le ocurrió otra locura que la de cruzar el Mar Menor a nado. Para entonces solo era una idea muy lejana y difusa. Era algo que no tenía claro, incluso mi intuición me decía que ese año no era el más adecuado para llevarlo a cabo. Por lo tanto, aquel reto terminó en el cementerio de las ideas.

Sin embargo, el 14 de diciembre del 2017 me dieron el premio al joven del año de la región de Murcia. Eso, unido a todo el impacto que he estado teniendo desde entonces sobre la gente, me hizo retomar aquella idea que tuve por aquel entonces. A parte de superarme a mí mismo, pretendo ayudar a los demás. Y admitámoslo, tras el premio, más gente comenzó a saber de mí. Además, ahora sí tenía los medios suficientes como para mover el tinglado y llevar a cabo la travesía (no os podéis ni imaginar la de personas que respaldaban este reto, les debo una muy grande a muchas personas, sobre todo a mi entrenador por el tiempo que me dedicó).

Me tiré todo el año nadando de manera suave, con calma, en la piscina. Hasta que llegó julio, ahí comenzó lo duro. En ese mes comencé a ir con mi entrenador a nadar a una de las zonas bañistas que tenemos por aquí. Íbamos temprano, sobre las 9 de la mañana y nos tirábamos unas dos horas nadando, tres veces por semana. Vamos, que nadie me quitaba unas 6 horas de entrenamiento.

Al principio todo era bonito, peces nadando por debajo de ti, cangrejos, caballitos de mar, medusas, el paisaje, el mar en calma… Se convirtió en una experiencia que nunca tuve y cuando algo es nuevo para mí, me siento fascinado como si fuera un niño pequeño al que le roban la nariz. Pero no todo es bueno. Por mucho que yo os muestre la parte bonita de las cosas, de la vida, también hay partes oscuras que me hunden y que debo superar como todo el mundo.

Nadar es uno de los deportes más aburridos y solitarios que puede haber. Quieras o no, al final la batalla se disputa entre el agua y tú, nadie más. Y a principios de agosto yo perdí aquella lucha. Esa monotonía y repetitividad de nadar y nadar y nadar… al final me consumió. Ni los diferentes entrenamientos que estuvimos llevando a cabo pudieron avivar la llama. Al fin y al cabo mi guerra era interna.

A nivel físico estaba más que preparado, pero a nivel mental… Llevaba muchísimo tiempo sin encontrarme en una situación como aquella. No saber cómo gestionarlo transformó algo bonito en angustia. El reto se convirtió en un compromiso y no en un objetivo a cumplir. Mi entrenador se comprometió y yo le di bombo a la idea entre la gente del pueblo. Aquello ya no tenía marcha atrás, tenía que hacerlo sí o sí, aunque me desesperara nadando sin ganas. Que rápido pueden tornarse los sueños en eternas pesadillas…

Y llegó el día en el que escribí el proyecto para presentarlo a protección civil para solicitar permisos y embarcaciones para apoyarme durante la travesía.

Punto por punto fui escribiendo los diferentes objetivos que había detrás de todo este reto. El más evidente: superarme a mí mismo. Pero a parte de todos los que podía haber a nivel personal como la autodisciplina y la constancia, también pensé en el impacto social que tendría. El hecho de pensar que mi locura podría animar y motivar a otras personas a cumplir sus sueños, o demostrarles que la discapacidad no era un impedimento, me devolvió las ganas de querer llevarlo a cabo. En realidad, cada objetivo que apunté se convirtió en la leña que necesitaba para que la llama volviera a arder, igual que el día en que tomé la decisión de llevar a cabo mi reto.

Ahora volvamos al principio, al punto en el que os dije que nadé unos 5 km: mi travesía comenzó en La Veneziola, La Manga. Y debía llegar al club de piragua de Santiago de la Ribera. Varias personas de protección civil iban conmigo, junto a jóvenes voluntarios que iban en piragua para guiarme. Además de algunos reporteros de la 7 Región de Murcia que vinieron a grabar mi salida.

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El comienzo fue extraño porque no sabía cómo se debía empezar algo así. Al final descubrí que solo era ponerme a nadar y seguir adelante.

A lo largo del camino debía parar cada hora más o menos para el avituallamiento (bebía algo de agua y me comía, o un plátano o una barrita de cereales). Y aunque al principio todo parecía aburrido y muy serio, poco a poco empecé a pasármelo mejor. El equipo que me acompañaba hacía que todo fuera más ameno. A veces me animaban mientras nadaba, otras estábamos de broma durante las paradas para comer y beber.

Y es que parecía que todo estaba hecho para mí; aquella mañana no hubo casi olas y las medusas (a las cuales les tengo asco) no se me cruzaron por delante en ningún momento.

Disfruté cada brazada que daba y analicé la idea de encontrarme en medio del agua. Ver a varios kilómetros el lugar de donde saliste y a otros tantos la meta, daba qué pensar. Y aun así mereció la pena nadar durante 4 horas y media para llegar a mi objetivo. Más aun cuando vi a unas 100 personas en la orilla recibiéndome, aplaudiéndome y gritando mi nombre.

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Aunque nadie se diera cuenta, mi cuerpo era una maldita bomba emocional. Tantas cosas pasaban por mi cabeza, que en cualquier momento podía explotar de la emoción.

El cumplir mi reto no era, en cierto modo, relevante. Lo fue el que mi madre, mis amigos, las caras conocidas y no tan conocidas estuvieran allí. Llevarme besos, abrazos y fotos de cada uno de ellos tuvo muchísimo más peso que mi travesía. Que estuvieran allí significaba que creían en mí, que me apoyaban en mis locuras, que les había hecho creer en algo. Tal vez hasta les devolviera las ganas de comerse el mundo a algunas de las personas que estuvieron presentes.

La experiencia, como dije, se volvió clave en mi vida por todos los altibajos que hubo a nivel emocional y por demostrarme que nunca estaré solo. Descubrí que podía ser un faro para los demás, que en cualquier reto puede haber percances y que a veces solo hay que tener paciencia para que las cosas se puedan llevar a cabo.

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Para los que os estéis preguntando si acabé agotado, la respuesta es no. Al menos no tanto como para volver a casa, ducharme e irme con mis amigos a comer y estar con ellos hasta media noche.

Y sí, sí volvería a repetir la travesía, no me lo pensaría dos veces. Aquella locura mereció la pena en todos los sentidos posibles.

Es curioso como una idea que nació hace unos 10 años se convirtió en mi mayor reto, por ahora.

#NuncaDejéisDeSonreír


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18 días

 

Me he tirado 18 días fuera de casa, empalmando 3 viajes distintos (con amigos el primero, por un proyecto el segundo y el tercero para dar unas charlas). Pisando más de 10 pueblos y ciudades distintas, hablando 4 idiomas diferentes y aprendiendo frases y palabras de alguno más. Conociendo gente de otros países, intercambiando culturas y gastronomía, aprendiendo un poquito más sobre música. Cantando incluso en idiomas que no conocía. Descubriendo personas con discapacidades de todo tipo y que son capaces de superarse cada día. Viendo como hay quién se desvive por su vocación. He servido de ayuda a la gente que de verdad lo necesitaba y que se ha cruzado conmigo. Nos desesperamos tras perder la maleta de una compañera y nos pusimos nerviosos cuando se nos canceló un vuelo. He trasnochado un par de veces y he recuperado las horas no dormidas en aviones  y autobuses. Pude enseñar a otras personas jugar juegos de cartas y también me enseñaron a jugar juegos nuevos. Filosofé en muchas ocasiones, intercambié opiniones e ideas, aprendí alguna que otra lección. Pude convivir, una vez más, con amigos e hice amigos conviviendo. Descubrí que internet era mi trabajo, pero que sin él podía vivir en un mundo nuevo y distinto. Me adentré en un bosque y conecté con él hasta el punto de ver y oír animales que por lo general huyen de los humanos. Pisé el escenario de varias series y de algunas películas. Continué coleccionando postales. Almacené mis recuerdos en una barbaridad de fotos y vídeos. Me crucé con personas tan amables que hicieron mis días más bonitos. Encontré el verdadero significado de altruismo. Observé que las historias hacen a las personas y, a veces, las personas hacen historia. Me he reído, me he emocionado, he acabado agotado y he sido abrazado. Fui valorado y apreciado, me sentí afortunado.

Fueron 18 días donde acabé resfriado, casi sin voz y con ganas de dormir en mi cama. Nunca hice una locura como esta, nunca eché tanto de menos a mi familia, pero es que viajar… viajar alimenta el alma.

#NuncaDejéisDeSonreír


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Inmerso en un nuevo proyecto

Del 24 al 29 de abril estuve en Lorca (Murcia) en una formación sobre la Educación Global y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Algo que así de primeras supongo que no sabréis ni lo que es, pero que realmente es algo que todos buscamos y deseamos. Creo que la mejor forma de explicároslo es poniendo un vídeo con el que se disiparán todas las dudas.

La formación forma parte de un proyecto de 3 años de duración llamado “La Educación Global empieza en tu pueblo” que ha organizado Cazalla y que además está financiado por la Unión Europea (así que imaginad el nivel). En él participan también otros países como Bulgaria, Austria, Chipre, Eslovenia y Lituania.

El proyecto consiste en acercar todo esto a los jóvenes de nuestras localidades (las nueve que hemos sido seleccionadas) y hacerles partícipes de diferentes talleres, actividades o cualquier cosa que se nos pueda ocurrir relacionadas con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (en este caso se eligieron el 5, el 11 y el 12). Es más, la idea es que sean ellos los que propongan lo que más les guste según sus intereses (sin perder nunca de vista los ODS).

Ahora que os he puesto en contexto me gustaría hablaros de mi experiencia durante esos 5 días tan intensos. Para empezar, yo iba con dos personas de mi pueblo que ya conocía: la primera es la que me propuso formar parte de todo esto y la segunda persona es alguien que conocí hace relativamente poco, pero con la cual tengo una conexión bastante curiosa (todos creían que nos conocíamos varios años y en realidad no nos conocemos ni uno).

A parte de ellos dos, conocía a una persona más que también fue a la formación. Con ella coincidí en una gala donde nos premiaron por nuestras iniciativas y proyectos (esta historia ya os la contaré). Pero por lo demás… no sabía a quién me iba a encontrar allí, es más, no sabía ni dónde estaba el hostal, ni nada (bendito sea el Google Maps). Vamos, era uno de esos movimientos a ciegas donde salía de mi zona de confort para conocer muchísimas cosas nuevas. Y así fue.

Al principio estábamos todos con aquellos con los que habíamos venido o con los que más confianza teníamos. Pero al día siguiente, más o menos, parecía que nos conociéramos de hacía bastantes meses. Supongo que se debía a la predisposición que teníamos todos a aprender de los demás, a conocer caras nuevas e indagar en temas que apenas controlábamos (todo esto me recordó a un taller de teatro al que fui donde no llegamos siquiera a conocer nuestros nombres, pero esto es otra historia más que os debo contar).

La dinámica de la formación era muy amena y agradable: actividades en grupo donde compartíamos opiniones y conocimientos con respecto a lo que debíamos trabajar y conocer (la igualdad de género, ciudades y comunidades sostenibles y producción y consumo responsables). Eso de estar frente a la pizarra, tomar apuntes y no movernos del sitio no lo hicimos prácticamente ni una vez. Y esto fue lo que lo hizo tan genial. Todo era un debate constante. Opiniones de todo tipo, algunas incluso muy opuestas. Creo que esa es una de las grandes formas de crecer como persona. Al fin y al cabo, si todos afirman tus palabras sin más, no aportan nada nuevo ni distinto que pueda hacer que te replantees tus ideales. O eso creo…

Y debo admitir que creía que yo me planteaba muchas preguntas o que me hacía las adecuadas, pero allí descubrí que todavía había muchas más que yo no conocía y con las que tuve que crearme una opinión nueva desde cero. Era una de las cosas que más me gustaba.

Hay más historias que os podría contar, por algo fueron 5 días intensos. Pero me reservaré algunas cosillas para mí. Solo os diré que nunca perdáis las ganas de aprender y que os atreváis a conocer algo totalmente nuevo y distinto para vosotros, incluso aunque al principio os dé miedo. Resulta tan enriquecedor que cuando echéis una mirada al pasado os daréis cuenta de la cantidad de peldaños que habéis subido sin siquiera notarlo.

 

#NuncaDejéisDeSonreír