Kevin Mancojo

Diario de a bordo


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La rutina

La rutina, la cruel asesina de los culos inquietos como yo. Y supongo que para muchas otras personas. Al fin y al cabo, repetir lo mismo un día tras otro te termina devorando por dentro sin que te des cuenta.

He de decir que, aunque la vida se vuelva repetitiva, siempre hay pequeños detalles que la hacen distinta, para bien o para mal. Vamos, que aunque tengas una rutina, al final hay pequeñas variaciones entre un día y otro, ya sea una llamada inesperada, un desvío para volver a casa a causa de unas obras o las personas con las que te cruzas.

Sin embargo, a rasgos generales, todo se repite día sí y día también. Llegamos a automatizar tantísimos movimientos que no tenemos ni que pensar. Parecemos zombis o un robot ya programado.

Eso no es vida desde mi punto de vista, pero eso es otro tema que da mucho de sí. A lo que he venido hoy a contar es que yo necesito cambios cada cierto tiempo. Recuerdo que antes viajaba un par de veces al año, si es que viajaba. Ahora viajo como mínimo tres veces al año (aunque este 2020 pinta mucho más tranquilo). Sentía, y siento, como si estuviera entre cuatro paredes que cada vez se encogen más y más hasta asfixiarme. Me agobiaba pensar que no había cambios en mi vida, que no la estaba aprovechando. No crecer (a todos los niveles) me generaba malestar. No descubrir nada nuevo me mataba poco a poco. Sabía que, con mi forma de ser, los viajes me servirían para renovar energías y encontrar mejores versiones de mí mismo.

Reseteo, así lo llamo yo. Cada cierto tiempo necesito resetear mi vida, cortar por lo sano, desconectar de todo (amigos y familia incluidos) y empezar a descubrir mundo.

Llegué a apuntarme al curso de monitor y tiempo libre sólo para conocer gente nueva y aprender cosas distintas. Me sirvió. Conseguí resetear.

Y el sábado tuve la oportunidad de ir con dos amigos a Orihuela, una ciudad a la que nunca había ido, para visitar su mercado medieval. Además, aprovechamos la situación para pasar por el embalse de la Pedrera, un lugar precioso y con un agua turquesa que me enamoró.

A pesar de que con mis amigos cada día es una aventura, a veces necesitamos cambiar de aires, y ese “viajecito” (echamos la tarde allí) nos sentó genial. Llevaba bastante tiempo sin pisar lugares desconocidos para mí y me volví a sentir vivo una vez más.

Encontrarme con el embalse y la tranquilidad que lo rodeaba hacía que tuviera ganas de quedarme allí, al sol, observando el turquesa del agua. Y el mercado medieval ya ni os cuento… Había una barbaridad de puestos que cruzaban casi la ciudad entera. Todo muy ambientado, tanto los puestos como la decoración de las calles. Incluso pudimos ver un torneo medieval en el que acabé inmerso. Y según íbamos recorriendo los diferentes lugares en el que se celebraba el mercado, podíamos ver pequeños espectáculos como unos malabaristas disfrazados de bufones. Fue increíble. No dudaría en volver otro año.

Soy de esas personas que abre los ojos como platos cuando ve algo que no sea su pueblo, flipando con todo lo que le rodea, igual que un niño pequeño. También tengo mucha sensibilidad con y para el mundo y eso hace que viva con mucha fuerza las experiencias nuevas (y las no tan nuevas). Así que, imaginad lo fácil que es sacarme de mi rutina. Como si me llevas a un bar nuevo al que no había ido nunca. Con eso es suficiente para mí.

No necesito que me propongas un gran plan, simplemente uno que me saque de mi casa y poco más. Con eso yo normalmente ya rompo con mi rutina.

En ocasiones me toca a mí mismo buscarme la vida y termino aprovechando oportunidades. Como cuando me fui a Peralta (Navarra) tras la invitación de una amiga que estaba viviendo allí.

Y hasta hace poco tenía en mente viajar a Italia solo, mi intuición me decía que debía hacerlo por mi propia cuenta. Pero ha surgido otro viaje mucho más grande y que posiblemente me vaya a marcar mucho, así que toca aplazar la visita a Roma por ahora.

Sea como sea, tengo la suerte de que en mi vida hay muchas oportunidades para salir de mi día a día. Ya sea por proyectos, por propia iniciativa, por amigos o por familia, al final, justo cuando necesito desconectar, llega algo que me da un buen chute de energía con el que reseteo una vez más.

Ojalá pudiéramos cambiar la situación según se nos antojara, según lo necesitáramos y ya está. De estar hasta las narices de todo a desaparecer una temporada para encontrarte a ti mismo. Devolvernos la humanidad con la que vinimos al mundo y perder esa sensación de autómata que nos fue invadiendo con los años.

Por ahora tocará aprovechar las vacaciones para desconectar un poquito, aunque sean unos días. Más vale eso que nada.

#NuncaDejéisDeSonreír


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La familia

Ahora que estamos en navidad y es el momento de que los familiares se reúnan quería hablar de algo que he descubierto estos últimos dos o tres años: la familia no siempre tiene que ser de sangre.

A veces nos toca nacer en un entorno complicado, en el que no encajamos, donde no hay amor ni apoyo por parte de la familia o vete tú a saber (yo tuve mucha suerte con este tema y mis padres y mi hermano fueron pilares muy importantes en mi vida). Y por desgracia llega un momento en el que no te sientes parte de esa comunidad en la que, en cierto modo, estás obligado a permanecer hasta que, de repente, las cosas cambian.

Hay miles de situaciones por las que se puede sufrir ese cambio. Pero yo me quiero centrar en el que de la nada aparecen unos amigos, pasas tiempo con ellos, os pasáis las horas riendo, os contáis vuestras mierdas, vivís aventuras, van pasando los años y llega un momento en el que habéis formado una familia. ¡Ni te das cuenta! No te das cuenta de que tienes ganas de estar con ellos, de buscar hueco aunque sea para pasar la tarde. Quieres crear recuerdos. Y es que encima sientes que a su lado estás viviendo de verdad. Estás disfrutando del momento, las cosas malas se marchan entre las risas, puedes ser quién eres en realidad y te querrán igual. Vives, simplemente vives.

Aunque parezca mentira, esos vínculos de amistad tan fuertes como para pasar fechas relevantes con ellos se vuelven muy poderosos y muy bonitos. Creo que compartir tiempo con las personas que de verdad quieres es de las mejores cosas que podemos hacer.  Se convierten en tu refugio, en tu hogar. Te sientes querido y arropado. Ellos sí que saben quererte bien.

Encajar en este mundo a veces es complicado, incluso estando rodeado de gente puedes sentirte solo. Formar parte de algo y tener tu propio rol en tu nueva familia es algo a lo que no todas las personas pueden aspirar. Esa confianza de saber quién se encarga de qué, de saber callar, de hacer reír a quién está mal, de cambiar de aires sin decir palabra… Todo va surgiendo según pasan los años y cuando menos te lo esperas te han acogido personas que sienten lo mismo que tú.

Y evidentemente no todo es color de rosa, no todo es perfecto, alguna que otra situación complicada puede aparecer, pero no nos lo tomamos a pecho, se nos pasa a los cinco minutos y ya está. De nada sirve estar cabreado para siempre, y mucho menos cuando no hay ninguna maldad en nuestros actos.

Después de años y descubrir todo esto, llegué a la idea de que la familia no siempre tiene que ser de sangre. La familia, a veces, simplemente te encuentra para darte una segunda oportunidad para vivir.

#NuncaDejéisDeSonreír


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Los peques

Sé que hace poco ya estuve hablando de las charlas que doy y que cada vez son más y a más colectivos. Pero es que hace muy poco tuve otra en un colegio y quería hablaros de los peques.

Cuando das una ponencia debes saber llegar, no solo con la historia, también en la manera en que la cuentas. Al fin y al cabo, a un adulto no le sorprenden tantas cosas por todo lo que ha podido vivir y al adolescente le importan tres cominos todo lo que no tenga que ver con su propia vida. Sin embargo, los que son de primaria han vivido tan poquito que con nada ya les sorprendes.

Por norma general, antes de que yo vaya, los maestros les ponen al día: les cuentan quién soy, les ponen mis vídeos, les hablan de la discapacidad, etc. Y claro, llega Kevin Mancojo, ese chaval que sale en Youtube, que ha cruzado el Mar Menor nadando, que aparece en internet, y los peques alucinan a colores cuando me ven aparecer. Me tratan como si fuera un famoso.

Me emociona, me emociona pensar que puedo calar muy hondo en los más peques. Aquellos que se quedan hasta con el más mínimo detalle me hacen vivir con más fuerza las charlas que les doy. Saber que les descubro un mundo nuevo (la discapacidad) hace que vaya con muchas ganas, aunque sepa que tenga que repetir lo mismo a dos, tres o cuatro cursos distintos. Ver las caras de asombro, notar como dejan de tener prejuicios según les muestro algunas de las cosas que soy capaz de hacer, sentirme un ser extraordinario para ellos… Paso de ser alguien que era incapaz de coger una pelota, a alguien que mola mucho y que hasta se ha cruzado el Mar Menor nadando.

Sensibilizar desde tan temprana edad es algo a su favor. Yo no pretendo demostrarles que el mundo es de rosa, sino que aunque a veces las cosas parecen estar muy jodidas, aun se puede seguir adelante. La actitud, las ganas, la constancia, el apoyo de los demás y otros factores hacen que uno siga tirando del carro aunque pese.

Además, me hacen dibujos, me escriben cositas o me piden que les firme en un papel por la admiración que sienten hacia mí. Pero es que yo me quedo con su curiosidad, con sus preguntas y su interés por conocer mi mundo. Es increíble ver cómo llegan a preguntarme si conduzco, si vivo solo, si he sufrido bullying o, incluso, si he llegado a plantearme quitarme la vida en algún momento.

Al final de la charla también me llega al alma saber que quieren un abrazo, donde descubro el desbordante amor que tienen en ese cuerpo tan pequeñito. Ahí ya cogen confianza y empiezan a estar pegados a mí y a preguntarme de manera más privada y, sobre todo, a tocar mis manos. Soy consciente que, así de primeras, debe dar una sensación rara el pensar en tocarlas. Pues imaginad la alegría que me da cuando se atreven a algo así. Yo se las ofrezco en el momento en el que veo que tienen curiosidad y no tardan ni dos segundos en tocar mis manos.

Con todo lo que os he contado, pensad lo que ocurrirá cuando vean a otra persona como yo. No tendrán miedo, confiarán en sus capacidades y sabrán que puede ser tan independiente como cualquier otro ser humano. Vamos, lo que viene siendo no juzgar a nadie por las apariencias. De ahí la ilusión con la que voy a los colegios, es mi forma de quitar a tiempo la venda de los ojos y evitar el desconocimiento por algo tan natural como la discapacidad.

Por suerte no soy el único que trata de sensibilizar a la gente y es una labor gratificante que tendrá su beneficio en próximas generaciones. Ojalá se eliminen de una vez por todas los prejuicios hacia las personas, sea por la condición que sea. Al fin y al cabo simplemente somos humanos.

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La música

Soy consciente de que la semana pasada dije que escribiría sobre mi regreso a la piscina, pero es que presencié algo increíble poco después de publicar la entrada.

Si no recuerdo mal, mi primer voluntariado fue con la Fundación de RafaPuede, en el proyecto PIAR (Proyecto de Inclusión en el Área de Recreo), donde debíamos ir a un colegio (dio la casualidad de que era al que fui yo) y llevar a cabo juegos inclusivos. La intención del proyecto es fomentar  las habilidades sociales saludables y la colaboración entre iguales. Además de evitar, en cierto modo, la exclusión de niños o incluso el acoso entre los mismos. Y todo esto mediante el juego.

Fue una experiencia increíble. Aprendí una barbaridad. Conocí todo tipo de chiquillo, y cada uno con sus características que lo hacía único. También descubrí que el juego era una medicina que curaba las diferencias entre los pequeños, llegando al punto, incluso, de ayudarse los unos a los otros si era necesario. Además, en muchos casos, solo necesitaban un poco de atención, que les dedicaras tiempo y demostrarles que de verdad te interesabas por ellos. Era bonito llegar cada semana, que se acercaran ilusionados y preguntaran por los juegos.

Os tenía que poner en contexto porque lo de la semana pasada tenía relación con esto. Yo me apunté a un curso organizado por la fundación: “I Curso Recreos Activos: Estrategias para favorecer la inclusión educativa”. Todo lo que vimos en las clases estaba relacionado, de un modo u otro, con el proyecto PIAR. Y resulta que el último día de clase (el lunes pasado) iba a venir el jefe de estudios del cole en el que desarrollamos por primera vez el proyecto. Ellos lo habían modificado un poco; introdujeron la música. De ahí el nombre que le pusieron: “Con la música a todas partes”.

Explicó que era una forma de captar la atención de los niños. Además, a todos les gusta bailar, sean mejores o peores, más extrovertidos o menos. Conseguía reunir desde los más pequeños hasta los más mayores, solo debía poner la canción adecuada. Se empezó a inventar juegos (por lo general muy simples) que estuvieran relacionados con la música: bailar por parejas, imitar al que baila en el centro del corro, moverse por la pista bailando, etc.

Yo ya sabía que estaban trabajando mucho en ello, pero nunca supe el impacto tan bestia que tenía hasta que llegaron los alumnos el último día de nuestro curso. Me fascinó verles aparecer con muchas ganas de bailar y jugar. Creo que éramos más de 40 personas entre niños y adultos. Y cuando aquello comenzó… me parecía mágico ver como las diferencias quedaban a un lado. Nadie era más, ni menos, simplemente eran. Podían ser ellos mismos, podían ser los protagonistas de su actuación. Y daba igual que bailaran bien, que tuvieran una discapacidad, que fueran más altos o más tímidos. El ambiente propiciaba a que te diera igual absolutamente todo, simplemente debías pasártelo bien y reírte con los demás.

Al principio participé y me lo pasé genial, pero después necesitaba verlo desde fuera (aparte de acabar agotado y necesitar un descanso). Tenía los pelos de punta viéndoles (adultos y niños) bailar como si no hubiera un mañana.

Pensar en el hecho de que la música hiciera algo así me parecía algo precioso, tanto, que se me saltaron las lágrimas. Será que me hago mayor, pero estas cosas me enternecen una barbaridad y me hacen reflexionar sobre la cantidad de cosas buenas que aún hay en el mundo. Un jefe de estudios buscando unir niños y dándoles las ganas de ir al recreo para pasarlo bien. Se desvive por ellos y les transmite la ilusión que él mismo tiene. A cambio los peques solo tienen que disfrutar y ver que para bailar no hace falta nada más que ganas.

Un millón de gracias a todas las personas involucradas en estos proyectos tan bonitos que unen y nos demuestran que solo somos personas que queremos vivir.

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III Congreso de Locura por Vivir

El martes pasado pude asistir de nuevo al III Congreso de Locura por Vivir. Un congreso del que, una vez terminado, no te quedas indiferente. Sales habiendo llorado y reído, pero sobre todo lleno de energía y con ganas de mover el culo.

Marian y Laura son las organizadoras de estos congresos y cada año consiguen mejorarlo. Se dejan la piel para traer gente con historias y un recorrido increíble. Incluso buscan patrocinadores para que la entrada sea gratuita. No pagas nada para ver a personas como Salva Espín (uno de los ilustradores de Marvel) o Saúl Craviotto (piragüista olímpico). Es algo que se les debe valorar.

Por norma general soy yo el que insufla a la gente las ganas de comerse el mundo. Es más, ellas contactaron conmigo en una ocasión para dar una ponencia en la Jornada “Lánzate”. Fueron unas 850 personas las que tuve ante mí y me ilusioné como un niño pequeño. Nunca tuve una oportunidad tan grande y me sentí lo más vivo que podía sentirse alguien al que le apasiona inspirar a los demás gracias a su historia.

Sin embargo, a veces me convierto en un mortal como el resto del mundo (nótese la broma), y necesito recibir un poquito de inspiración. Ser yo el que se sienta a escuchar a otros me recarga las pilas para seguir avanzando, para darme la motivación suficiente como para empezar con mis proyectos o con lo que sea por lo que esté pasando en ese momento.

Y eso me pasó el martes en el congreso. Salí de allí con ganas de volver a empezar a ir a la piscina (sobre eso hablaremos la semana que viene) gracias a Saúl Craviotto. Empezó a hablarnos del compromiso con uno mismo, de las exigencias que hay que imponerse a veces. Pero a la vez, tener la libertad de desconectar y pasar tiempo con tus seres queridos.

Me entraron muchísimas ganas de comprarme libros por “culpa” de Magdalena Sánchez Blesa  (poeta) y Patricia Ramírez (psicóloga de la salud y del deporte). Esta última hablaba de prácticamente todas las cosas que forman mi filosofía de vida: el valorar hasta el pequeño detalle, despreocuparte por aquello que aún está por llegar, dedicarte tiempo a ti mismo, saber focalizar tu energía, etc. Me veía representado constantemente, de ahí el querer leerme algunos de sus libros. La psicología es algo que me encanta y a menudo leo sobre ello para entender más la mente humana. Sé cómo funciona la mía, pero no sé cómo funcionan todas las demás.

No quiero dejar de lado a Magdalena porque, a decir verdad, con ella se me saltaron las lágrimas con cada poema que recitaba. La intensidad y la vida que le daba a las palabras era algo fuera de lo normal. Sus textos ni siquiera hablaban de algo abstracto o retorcido como la poesía de hoy en día. Al contrario, eran poemas relacionados con cosas muy banales, del día a día de cada persona. El pelo se me erizaba constantemente. Y encima sentí que era una de esas personas a las que podría escuchar durante horas y horas, pero no solo recitando poemas, sino contando su vida y sus experiencias. Magdalena rezumaba sabiduría.

Con la que definitivamente lloré fue con Ángela Molina, hija de Marian (una de las organizadoras) y superviviente, dos veces, de cáncer. Yo ya la conocía con anterioridad, pude conocerla un día que estuve en Murcia. Incluso nos seguimos en redes sociales y charlamos de vez en cuando. Pero lo curioso de ella es que no es conferenciante. Ella está estudiando diseño gráfico. Sin embargo su historia es inspiradora, su madre lo sabe y trata de hacer que nos inspire a los demás. El martes ella hizo magia ante casi 2.000 personas; la música es su salvavidas, su refugio y lo fue más cuando sufrió los dos cánceres. Así que nos cantó una canción que salía de lo más profundo de su corazón. El público la acompañó con las linternas de los móviles y de repente dejamos de estar en un congreso para estar en un concierto suyo.

Me emociona saber que alguien que cree que no inspira, es capaz de darnos vida con su música.

Y eso que estaba nerviosa, se notaba la ausencia de la experiencia. O sea que imaginad lo que hubiera conseguido estando segura de sí misma. Yo ya le he dicho que le terminará cogiendo el gusto y acabará en muchos escenarios motivando a la gente con su historia y su música. Yo, sin ser familia, estoy muy orgulloso de ella y de lo que ha conseguido con tan poquita práctica.

Como dije, salí de allí muy motivado, con ganas de muchas cosas. Ya he empezado a nadar otra vez, falta comprarme los libros de Patricia y Magdalena para aprender un poquito más de psicología y para bañarme en las palabras de la poeta. Quiero seguir subiendo los peldaños de la vida poco a poco, ayudándome de todas las historias que se puedan cruzar en mi camino.

Yo ya estoy impaciente por ver qué tienen en mente Marian y Laura para el futuro y, salvo que tenga algo entre manos (chiste), estaré ahí para apoyarlas y para recargar las pilas. Necesito seguir inspirándome de vez en cuando para inspirar a los demás.

#NuncaDejéisDeSonreír


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18 días

 

Me he tirado 18 días fuera de casa, empalmando 3 viajes distintos (con amigos el primero, por un proyecto el segundo y el tercero para dar unas charlas). Pisando más de 10 pueblos y ciudades distintas, hablando 4 idiomas diferentes y aprendiendo frases y palabras de alguno más. Conociendo gente de otros países, intercambiando culturas y gastronomía, aprendiendo un poquito más sobre música. Cantando incluso en idiomas que no conocía. Descubriendo personas con discapacidades de todo tipo y que son capaces de superarse cada día. Viendo como hay quién se desvive por su vocación. He servido de ayuda a la gente que de verdad lo necesitaba y que se ha cruzado conmigo. Nos desesperamos tras perder la maleta de una compañera y nos pusimos nerviosos cuando se nos canceló un vuelo. He trasnochado un par de veces y he recuperado las horas no dormidas en aviones  y autobuses. Pude enseñar a otras personas jugar juegos de cartas y también me enseñaron a jugar juegos nuevos. Filosofé en muchas ocasiones, intercambié opiniones e ideas, aprendí alguna que otra lección. Pude convivir, una vez más, con amigos e hice amigos conviviendo. Descubrí que internet era mi trabajo, pero que sin él podía vivir en un mundo nuevo y distinto. Me adentré en un bosque y conecté con él hasta el punto de ver y oír animales que por lo general huyen de los humanos. Pisé el escenario de varias series y de algunas películas. Continué coleccionando postales. Almacené mis recuerdos en una barbaridad de fotos y vídeos. Me crucé con personas tan amables que hicieron mis días más bonitos. Encontré el verdadero significado de altruismo. Observé que las historias hacen a las personas y, a veces, las personas hacen historia. Me he reído, me he emocionado, he acabado agotado y he sido abrazado. Fui valorado y apreciado, me sentí afortunado.

Fueron 18 días donde acabé resfriado, casi sin voz y con ganas de dormir en mi cama. Nunca hice una locura como esta, nunca eché tanto de menos a mi familia, pero es que viajar… viajar alimenta el alma.

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La princesa Ariadna y Tomillo, el jardinero

Hacía ya varios años (unos 4 o 5) tenía una espinita clavada: el teatro. Me llamaba la atención eso de tener que ser otra persona, incluyendo sus pensamientos, ideas, actitud… Meterte en la piel de otra persona es jodido, muy jodido. Nos cuesta empatizar, como para encima dejar de ser tú para ser otro. Me parecía un reto alucinante que tenía que probar y superar.

Pues hace 3 años me quité esa espinita. Me convertí en Ariadna, una princesa muy, pero que muy pesada y a la vez muy extravagante. Y sobre todo enamoradiza, aunque eso se debía a que vivía sola en una isla.

Ella fue mi primer personaje y… os aseguro que os hubiera gustado verme con una peluca rubia rizada, labios pintados de rojo, sin afeitarme y con un vestido de princesa ajustado de palabra de honor (se me veía medio pecho peludo). Nada más salir a escena la gente ya se reía y esa sensación fue increíble…

Ariadna estaba hecha para mí, me metí en su piel rápidamente. Creo que los personajes como ella me sientan como anillo al dedo (el chiste de mancos que no falte). Y no sé si es por mi interpretación o por mis pintas, pero la gente quiere volver a verme como aquella princesa pesada, pero de lo más divertida. Tengo que admitir que yo también quiero embutirme en el vestido y hacer el tonto una vez más como Ariadna, ella será mi primer amor.

Sin embargo, Tomillo no se queda corto (el papel de este año). Se está convirtiendo en un personaje muy divertido porque he de plasmar cosas muy dispares… El jardinero, como Ariadna, es muy pesado, pero además es un bocazas, un miedica y un intento fallido de ser un don Juan, más bien se queda en un hombre más salido que el pico de una mesa.

Tomillo está siendo un personaje muy interesante para mí porque me estoy exigiendo muchos aspectos que quiero mejorar, y en los que no me había centrado en los personajes anteriores. Sé que el jardinero puede convertirse en uno de mis mejores papeles porque su forma de ser, de pensar y actuar dan mucho juego, tanto para momentos alegres y divertidos, como las partes serias y trágicas.

Además de que tengo a mi lado una compañera muy increíble, la princesa Suspiritos. No hablaré de ella porque será mejor que vayáis a ver la obra, al menos aquellos que tengáis la oportunidad de hacerlo (sé que muchos me leéis incluso desde otros países, lo siento por vosotros, perdéis la oportunidad de verme temblando de miedo ante el rey Farfán I). Os dejo en la imagen (la de abajo) toda la información.

Es curioso, escribo esta entrada con ganas e ilusión, ¿será porque quedan poco más de 24 horas para meterme en la piel de Tomillo, el jardinero?

 

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