Kevin Mancojo

Diario de a bordo


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Vídeo: “Un día en Aqualandia”

Debería publicar otras entradas que tengo atrasadas, pero me hace ilusión hablaros sobre este vídeo. Se podría decir que es la segunda parte de la entrada que publiqué hace más de un año, “La pierna acuática“.

En esa entrada os hablo del par de (inserte aquí su opción) que tuve y acabar andando con mi pata acuática por todo Aqualandia. En esta ocasión os contaré que no tuve reparo en cambiarme de una pierna a otra, no me lo pensé dos veces como el año pasado, aprendí la lección y disfruté un montón.

Esta vez, al igual que la anterior, todos centraban sus ojos en mí llenos de curiosidad hasta que se dieron cuenta que era un payasete y hacía las mismas bromas y otras nuevas sobre la pierna. De nuevo la experiencia fue alucinante y a pesar de las primeras miradas de asombro, vale la pena porque al final con una sonrisa y mucha alegría llegas muy lejos, tanto que al final acabé haciéndome amigo de un socorrista. Hasta dos de ellos se “pelearon” por tirarse conmigo en una de las atracciones (al final nos tiramos los tres).

No dejé que el miedo me comiera como la primera vez, al revés, me lo desayuné y disfruté de verdad. Como ya he dicho otras veces, tenemos que afrontar esos miedos, esas situaciones que no nos atrevemos a superar o que nos dan pánico porque cuando sobrepasamos esa fina línea del “¿Lo hago o no lo hago?” y lo hacemos, terminamos por decir “Lo volvería a hacer”·

Tengo que admitir que esta vez tenía que tener unas pintas más raras que el año pasado; la pata acuática no está hecha con mucho detalle y terminé por perder la parte de abajo del pie. Al final resulté ser un pirata pata palo, ¡LITERALMENTE!

Creo que ya es hora de dejaros con el vídeo. Siento no salir prácticamente nada, cosas de ser el que graba la mayoría de los planos. Además no nos permitieron grabar con la Gopro tirándonos de las atracciones, de habernos dejado hubiera tenido más material. Aun así se agradece que os paséis a verlo y si os gusta, pues lo compartís, le dais a me gusta (la manita debajo del vídeo) y ya si eso os suscribís.

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Vídeo: “Una mañana de kayak”

Desde hace un año aproximadamente me di cuenta de que las miradas de los demás no debían cohibirme para hacer lo que quisiera, además de la pesadez que a veces conlleva depender de mi pata chula (los que me conocéis ya sabéis que es así como llamo a mi pierna ortopédica).

Fuimos al Aqualandia de Benidorm y en un principio yo no iba a hacer nada, pero al final me convencieron y fue una verdadera pasada, de mis mejores recuerdos. Menos mal que no soy tan terco para todo porque ese día ahora forma parte de algunas de mis charlas. Sobre esto ya escribí en su momento (La pierna acuática), pero solo lo quería recordar para ver como aquello cambió bastantes cosas para mí, lo más reciente es que alquilamos unos kayaks un par de amigos míos y yo y disfrutamos de una mañana que hasta se llegó a hacer corta.

Yo ya aprendí con lo de Aqualandia por lo que en esta ocasión iba preparado, esta vez no iba con la idea de mirar, esta vez iba a disfrutar como un crío pequeño y para demostraros eso, os dejaré el vídeo que hice (todo lo de antes solo para llegar a esto… que poco me lo curro).


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El verano y la torpeza

Aprovecho ahora que tengo algo de tiempo para hablaros de algo que sucede año sí y año también; cuando llega el verano, la gente cambia.

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Llega el calor, los sudores, las ganas de beber agua fría, el ansia de ir a la playa, tomar el sol a pesar de acabar sudando como locos… Miles de cosas llegan con el verano, pero algo que llega y me saca de quicio en algunas ocasiones es lo tonta que se vuelve la gente. En otra entrada más específica ya conté que surgían las prisas y que todo el mundo iba corriendo a todos lados (El verano y las prisas). Pero es que además de eso, empiezan a no saber conducir. Me he encontrado con personas que van a 20 o 30 kilómetros por hora cuando pueden ir a 50. Algunos se paran en medio para que se baje toda la familia y busque sitio en la playa. Gente en medio de la calzada, otros que parece que van a cruzar y al final no cruzan (aunque estas cosas pasan el resto del año también). Luego están los que ocupan toda la acera entre el carrito del niño, las sombrillas y ellos mismos, lo mismo ocurre con los que tienen perro y tienen los 4 metros de cuerda; el perro acaba en una punta de la acera y el dueño en la otra. Los que, por unas causas que jamás entenderé, empiezan a correr en pleno verano y te los ves subiendo y bajando aceras para no chocar con nadie (un día algún coche se los llevará por delante) o algunos ni eso y van esquivando a todos y te llevas algún empujón. Las bicicletas que van por la acera…

Así miles de situaciones que empiezas a pensar: “¿Pero se les han fundido las neuronas o cómo va esto?” Es decir, el resto del año no ves esos casos tan puñeteramente raros. Es como si llegara el verano y muchos se volvieran un poco más torpes (un poco bastante). Es montar en el coche o pasear por ahí y ver cada minuto algo distinto, por suerte ya me lo tomo a risa.

Y como digo, esto ocurre cada año. No sé si es que el asfalto con el calor suelta sustancias alucinógenas, pero vamos… Posiblemente no ocurra en todos los sitios, pero aquí sin duda que sí. Las altas temperaturas que trae el verano no son buenas y eso que vuelven las sonrisas, las ganas de hacer cosas con los demás, tomar helados con amigos, etc. Pero si eso conlleva tanta torpeza… por favor, llevadme al polo norte ¡YA!