Kevin Mancojo

Diario de a bordo


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He conocido

He conocido a mucha gente… muchos se han quedado, pero muchos más se han ido. He conocido mentirosos que se creían sus propias historias, descubrí a los envidiosos, arrogantes y egoístas. Me he cruzado con personas que me enseñaron lecciones que ni ellos mismos se aplicaban y muchas otras que vivían cada segundo sin miedo al mañana. Hubo quién me hizo reflexionar y otros hicieron replantearme mis ideales desde los cimientos. Estaban, y aún están, los que me acompañan en mis locuras y hay quién me arrastra a lo desconocido. Me encontré con los que siempre soñaban, pero también con los que sólo sufrían pesadillas cada noche. Los que volaban hasta el sol y los que caían en picado. Aprendí a tener los pies en el suelo gracias a los realistas que un día aparecieron. He visto quién intentaba enterrar el sueño de los demás mientras ellos se erguían orgullosos de sus actos. He conocido personas que crearon su propia realidad donde todo era oscuridad. Vi gente que arrojaba leña al fuego sin ni siquiera quererlo y vi quién lo lograba apagar una vez en llamas. Conocí a ignorantes sabios y algunos sabios ignorantes. Me crucé con aquellos que descubrieron mundos nuevos y otros que ni cruzaban la puerta de su casa. Un día llegaron aquellos que querían más a un animal que a una persona, y también estaban esas personas que amaban con todo su ser y que al final les arrancaron el corazón. Están esos que se marchan durante años y un día, por arte de magia, vuelven como si nada hubiera cambiado. Olvidé a quién me prometía historias incumplidas y lo siento por aquellos que aún esperan mis promesas. Me enamoré de aquellas personas que sonreían con el alma y, de esas, cuyos ojos hablaban. De las que hacían del infierno, un paraíso. Sin embargo, dejé a un lado las que me enseñaron que es más fácil dejarse caer que luchar por levantarse, igual que me aparté de aquellas cuya vida estaba llena de palabras, pero no de actos. Valoré a la gente que sufría con el arte y también a la que pasaba las noches en vela por su vocación. De los más alocados aprendí a perder el miedo de lo que otros pudieran pensar de mí. Y me demostraron que, aún sin conocer el futuro, las cosas podían salir bien.

Conocí gente que sueña, y sueña, y sueña, y de repente se despierta. Están los que saltaron del nido incluso antes de saber volar. Los que se enfrentaron a la muerte en el cuadrilátero. Los que perdieron en el primer asalto. Y los que ganaron el segundo. Los que ven el vaso medio lleno, los que lo ven medio vacío y los que ven mitad agua y mitad aire. Los que sufrieron un punto de inflexión en sus vidas, o dos, o tres, o cuatro… Los que, aun sin entenderles, los mantengo a mi lado. He conocido personas que, más que dejarse la piel, se dejan la vida. Hay quien lucha por mantenerse vivo cada día, por forzar una sonrisa a la tristeza. Y me demostraron que sonreír no era estar feliz y que vivir no era estar vivo. También se lucha por tener algún sueño y no solo por soñar.

Lo normal dejó de serlo cuando otros no lo eran, enseñándome que todo era relativo; amar a varias personas a la vez no era malo, sentirse enjaulado en cuerpos equivocados no impedía poder salir a volar si se tenía valor. Y no importaba si alguien se quería una sola noche o para el resto de sus días. Vi colores tan dispares que la oveja negra no era más que una de tantas. Me alegré cuando algunas personas lograron liberarse de sus cadenas. Y me cabreé cuando otras querían aprisionarlas. Atravesé corazas de aquellos que se ocultaban tras su armadura. Observé lágrimas fluir tras descubrir lo que estaba oculto. Conocí a capaces de incapaces. Me fascinó como hubo gente capaz de engrandecer más aun mi propio mundo. Dejé de caminar solo cuando me di cuenta que había más como yo. Y me volví más humilde al saber que también los había mejores. Caminé despacio junto a los que disfrutaban y aceleré el paso con los que no sabían ir de otra forma. Comprendí que debía entender antes que juzgar y que mi realidad no era la de los demás. Hubo gente que logró mejorarme sin ni siquiera darse cuenta. En realidad, todo el mundo que se cruzó en mi camino, fuera para quedarse o no, consiguió que aprendiera algo. Me enseñaron diferentes lecciones, abrí los ojos al mundo e incluso, gracias a los que nunca fueron santo de mi devoción, supe qué era lo que no quería en mi vida.

Y es que aun habiendo vivido poco, he tenido la suerte de haber conocido a tantos tipos de personas, que sé que aún me quedan muchos por conocer.


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Te escribo a ti

Te escribo a ti porque no necesito gritar a los 4 vientos lo poderosa que eres. Porque nadie merece saber quién eres sin conocerte primero. Esa chica valiente que trata de cargar con más piedras de las que debe, para aligerarle el peso a los demás. Tú que te haces la dura, pero que te quiebras cuando se te abraza. Y aún así sacas las alas para volar y mostrarle a todos que se puede tocar el sol sin quemarse. Capaz de incapaces. Rompedora de imposibles. La chica que carga con fuerza y embiste muros. Pero que sabe que después tocará llorarle al destrozo. Ella, que sabe emocionar y emocionarse. Que sabe conocer y conocerse. Ella, que quiere más cuando hay menos y que ve donde no hay qué ver. Quiere con luz porque la oscuridad le aterra. Ya tuvo su sombra cubriendo su sol, y le basta. Le basta para querer bien. Y ni los gatos viven tanto como ella. Con la intensidad de un fuego prendido. Batallando a cada segundo como el guerrero más valiente. Protegiendo a indefensos y enseñando a caminar. Mostrando que caer es de valerosos que vuelven a alzarse para volverse a tropezar. Ella, aprendiéndose cada día un poquito más. Esa chica profunda que flota en el cielo. Tú que me sabes querer. Te escribo a ti porque vales aquello que nunca creíste valer.


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Miedo

Supongo que no hay mayor miedo que el que uno mismo se genera en su cabeza. Y por desgracia, los miedos siempre te impiden avanzar; te bloquean o más bien hacen que huyas en la dirección contraria y al final te pierdes. Te desvías de tu camino y coges ese vicio a asustarte una y otra vez y huyes constantemente. Tal vez por no volver a encontrar el rumbo o quizá porque sigues creando esos monstruos que tanto te asustan aun pensando que no son creación tuya. Y solo cuando te das cuenta de que tú tienes el poder de destruir aquello que creaste podrás volver a avanzar…


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La luz

Nunca dejes morir la luz con la que un día llegaste al mundo. Sin ella sólo seríamos una carcasa colorida por fuera, y un agujero negro por dentro que absorbe y arrastra todo aquello que le rodea a un mundo vacío y desolado. Y no, no vinimos aquí para apagar la luz que trajimos con nosotros, más bien para radiarla a aquellos que la perdieron por el camino, mientras que la nuestra incendia mundos enteros con la intención de vencer algún día a la oscuridad.


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Polos opuestos

Hace tiempo que creo en el ying y el yang, en la luz y en la oscuridad, en el blanco y negro, en esos polos opuestos que existen por la existencia del otro. ¿Y qué es el equilibrio sino dos fuerzas opuestas que se contrarrestan? Que donde se ahoga el llanto, vive la sonrisa. Y donde muere la ira, nace la calma. Sin ellos vivimos en un limbo inconexo tan inerte que preferiríamos arder en el infierno.

Nadie nos enseñó a vivir en consonancia con nuestras emociones, es más, nos aterra sentir. Somos un cristal resquebrajado por aquello que sentimos, donde un soplo de viento es capaz de destrozarnos el alma. Y sufrimos la ceguera del que no ve al ver. Sin darnos cuenta de que las hojas de los árboles siempre caen dibujando la misma figura, igual que la vida gira en equilibrio una y otra vez…


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Almas valientes

A veces las almas más perdidas son las más valientes. Ellas, en su propio caos, tienen su orden para que no se derrumben los pilares que sostienen la vida. En ocasiones están escondidas tras sonrisas que ocultan el dolor y no vemos el monstruo que las devora por dentro. Cobardía sería dejarse vencer, pero luchan cada segundo por no caer en sus fauces. Mientras que nosotros doblegamos su espíritu ignorando su batalla. Almas que se enfrentan a dos mundos a la vez, a pesar de poder abandonarlos. Y es que su guerra es muda para los demás, pero un estruendo para ellas. Ruidos y voces constantes, dudas que alarman a cada instante por cada acto que quieren ejercer. Y aun así siguen caminando errantes por el sendero que les tocó recorrer. Almas valientes que no cesan en su búsqueda de la felicidad. Almas valientes que solo quieren tranquilidad.


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Observar

No es cuestión de ver, es cosa de observar.

Que dónde unos ven desaparecer el sol, yo veo una inmensa paleta de colores que me sabe enamorar como lo hacen los juguetes que vuelven loco a un niño durante horas o como esos dos enamorados que no necesitan palabras para demostrar su amor, igual que ese perro que movería la cola sin parar por su dueño. Y yo, al igual que ellos, no necesito más que aquello que me hace sentir y que me vuelve a enamorar porque, por poco que queramos ver, cada día tiene y tendrá su propia paleta de colores, solo hace falta observar.


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El arte de los mil rostros

Lo llaman el arte de los mil rostros, donde cuerpo, mente y alma dejan de ser tuyos para sufrir una metamorfosis, cuyo resultado será una constante interrogante. Tal vez te conviertas en aquello que tanto amabas ser algún día para dejar atrás lo que nunca te podía llenar. O quizá te transformes en ese ser que tanto odias y que jamás pensarías que pudiera formar parte de ti. Pero la clave está en aquella fusión donde tú y el nuevo ser se funden para ser uno solo, para dejar atrás tu vida y asumir una nueva, para desnudar tu alma ante el mundo sin que se percaten de ello…

Lo llaman el arte de los mil rostros porque no saben que hay una sola persona tras la máscara.

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El reflejo del alma

Dicen que los ojos son el reflejo del alma y ¿qué hay más puro que una mirada real y sincera? Que por muchas corazas que te pongas, solo se necesita saber llegar a aquello que viene de lo más profundo del ser. Y que por más vendas que te pongas en los ojos, seguirás llorando por dentro como cualquier ser humano.

No hay piedad en el dolor que podemos llegar a sentir, pero tampoco hay fin en el amor que nos puede dar esa mirada tan profunda que desnuda su alma ante nosotros.

Son tantos los ojos que nos hablan que al final, sin darnos cuenta, ni los escuchamos.


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18 días

 

Me he tirado 18 días fuera de casa, empalmando 3 viajes distintos (con amigos el primero, por un proyecto el segundo y el tercero para dar unas charlas). Pisando más de 10 pueblos y ciudades distintas, hablando 4 idiomas diferentes y aprendiendo frases y palabras de alguno más. Conociendo gente de otros países, intercambiando culturas y gastronomía, aprendiendo un poquito más sobre música. Cantando incluso en idiomas que no conocía. Descubriendo personas con discapacidades de todo tipo y que son capaces de superarse cada día. Viendo como hay quién se desvive por su vocación. He servido de ayuda a la gente que de verdad lo necesitaba y que se ha cruzado conmigo. Nos desesperamos tras perder la maleta de una compañera y nos pusimos nerviosos cuando se nos canceló un vuelo. He trasnochado un par de veces y he recuperado las horas no dormidas en aviones  y autobuses. Pude enseñar a otras personas jugar juegos de cartas y también me enseñaron a jugar juegos nuevos. Filosofé en muchas ocasiones, intercambié opiniones e ideas, aprendí alguna que otra lección. Pude convivir, una vez más, con amigos e hice amigos conviviendo. Descubrí que internet era mi trabajo, pero que sin él podía vivir en un mundo nuevo y distinto. Me adentré en un bosque y conecté con él hasta el punto de ver y oír animales que por lo general huyen de los humanos. Pisé el escenario de varias series y de algunas películas. Continué coleccionando postales. Almacené mis recuerdos en una barbaridad de fotos y vídeos. Me crucé con personas tan amables que hicieron mis días más bonitos. Encontré el verdadero significado de altruismo. Observé que las historias hacen a las personas y, a veces, las personas hacen historia. Me he reído, me he emocionado, he acabado agotado y he sido abrazado. Fui valorado y apreciado, me sentí afortunado.

Fueron 18 días donde acabé resfriado, casi sin voz y con ganas de dormir en mi cama. Nunca hice una locura como esta, nunca eché tanto de menos a mi familia, pero es que viajar… viajar alimenta el alma.

#NuncaDejéisDeSonreír