Kevin Mancojo

Diario de a bordo


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Gracias y no dejéis de sonreír

Bueno, bueno, bueno… con que ya hemos llegado al final del año, ¿eh? Pues uno más, no voy a soltar esos topicazos de siempre, para eso ya lo hacen los demás. Aunque en cierto modo, sí vengo con un tópico aunque menos común. En realidad vengo a hablar de dos cosillas, una será una breve reflexión y la otra será daros mil gracias.

Llevo con el blog más o menos medio año (nunca fui bueno para las fechas…). Empecé a tomármelo en serio después de uno de esos cursos que hice y después de un par de consejos de algunas personas. Y realmente doy las gracias por ello.

No supe como iniciar, los comienzos son los difíciles, arrancar siempre cuesta. Pero pensé que no podía ser complicado si escribía sobre mí o mis experiencias o mi manera de ver la vida. Uno no suele tener problemas en desarrollar ese tipo de cosas (se supone). Además, me encanta ayudar a los demás, ese era uno de los objetivos. Y mirad a dónde me ha llevado, bueno, realmente hubo más cositas de por medio antes de llegar a donde estoy ahora.

Vi que la gente me seguía, me leía, me daba su opinión (aunque no fuera en el blog) y como ya sabéis, mi mente no para. Decidí daros más de mí mientras yo disfrutaba con ello también (eso es esencial para todo en esta vida, disfrutar con lo que se hace) y empecé a aumentar las categorías, cambiar el diseño y poner etiquetas. Sé que tengo un público muy dispar y de eso me siento orgullosísimo. De tener gente de mi edad con la que puedo disfrutar de mis chorradas o mis reflexiones a tener adultos que comparten mi opinión o que ve en mí alguien a quién admirar (hay personas peores que yo con las que alucino también aunque no lo creáis). Incluso recibo visitas de otros países (gracias a vosotros también). No pensé en satisfacer a tanta gente y parece que lo he conseguido.

Dicen que el esfuerzo tiene su recompensa y aquí está. Puse mucho de mi parte, creo que ha sido de las veces que más aporté de mí (si me hubiera puesto así con los estudios las notas serían muy distintas seguro). Será porque como me dijo una persona “estoy enamorado de mi blog”. Sí, seguramente lo esté, pero si uno no quiere, dos no se pelean. Vale, creo que acabo de equivocarme de refrán… (cuanta tontería la mía) Ahora en serio, si me encanta mi blog es porque al otro lado sé que hay personas que les gusta también. Es la reciprocidad la que me hace adorar todo esto. Y es por eso por lo que yo siempre intentaré aportar algo nuevo y diferente cada vez que pueda. Quiero crecer, quiero que crezcamos…

Muchísimas gracias a todos por estar frente la pantalla leyéndome. Solo llevo medio año y me siento jodidamente feliz por haber llegado hasta aquí, gracias.

¡Quietos todos! ¡No he acabado! Dije que habría dos partes. Ahora viene cuando os felicito el año y esas cosas, pero algo que quería deciros, sobre todo tras las palabras de una chica que vi en un vídeo ayer (os lo dejaré al final por si queréis verlo), es que disfrutéis cada día como si fuera el último. No penséis en cómo será el siguiente, sois vosotros mismos los que lo hacéis inolvidable con vuestras aventuras. Decidid vuestras acciones, pensad si os hará verdaderamente feliz y si estaréis cómodos con ello, y hacedlo si es así. Improvisad juegos, estupideces o lo que sea. Viajad si podéis, conoced gente. Reíd a cada momento y sonreídle al mundo… No esperéis al 31 de diciembre del 2015 para desear más y/o mejor para el siguiente año. Haced que cada día, cada uno de esos 365 días sea inolvidable. Tal vez, por desgracia, no llegue el momento para decir: “espero que el siguiente…”.

Cumplid vuestros objetivos, los que deseéis de verdad porque solo esos os harán sentir orgullosos de vosotros mismos y sobre todo, porque si de verdad son vuestras metas, lucharéis por llegar a ellas como sea.

Feliz año a todos, bienvenidos a los nuevos y gracias por estar ahí a todos.

PD: os dejo el vídeo que dije.

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¡Maldito apetito!

Hoy tocaba uno de mis comidas favoritas, espaguetis, y poco ha faltado para comerme hasta el plato como un obseso. Es curioso porque ayer tocó lentejas y para nada me comí todo. Ya, sé que son muy buenas, que tienen mucho hierro, que se les puede echar de todo, pero NO, no me gustan… No las detesto, pero no se las puede comparar con mi adorable pasta (en otra vida seguro que fui un italiano más chulo que ninguno).

Así que pensé o más bien mi estómago lo hizo; cuando sé que hay algo que me gusta de verdad, mi barriga empieza a rugir y lo más interesante es que me empieza a entrar hambre, cuando segundos antes no me apetecía nada (parece magia, pero no). Es en ese momento en el que necesito tranquilizar a mi estómago, parece un león que lleva sin comer varios días.

El apetito surge según le conviene (por el interés te quiero Andrés) y se va a la misma velocidad.

A veces prefiero no preguntar lo que hay para comer, así me ahorro el disgusto. ¡Aunque ni siquiera así! Veo el plato de lentejas y de inmediato se me quitan las ganas de hincharme a comer. Y si son espaguetis me ocurre todo lo contrario, comeré hasta reventar. Todo en cuestión de segundos. Más rápido que las balas.

No sé si soy el único rarito al que le pasa, pero no es divertido, sobre todo si al final es algo que no me gusta… ¡Que luego me pongo a meter las narices en la nevera cada dos por tres! Lo peor es que no hay nada… mire la primera vez, la segunda o la décima. En ese momento no sé a quién echarle la culpa, al estómago por no haberme abierto el apetito antes o al cerebro por no entender que no hay nada en la nevera. Par de idiotas…

Algún día descubriré la técnica secreta para que esto no me vuelva a pasar jamás. Aunque tampoco quiero acabar como un tonel… Bueno, ya veré lo que hago. Por ahora seguiré con mis espaguetis. Buen provecho.

 

 


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La triste navidad

Dado que estamos en navidad voy a dedicar una entrada a estas fechas. Posiblemente algunos, tras dar mi opinión, me comáis, me queráis pegar un bocado en la yugular, pero me da igual. Seguro que al final algunos hasta compartiremos la misma idea.

No sé ni desde cuando he dejado de sentir ilusión por estos días en los que estamos. Tal vez desde que me empezó a dar igual lo que me regalaran mis padres. Algo que para ellos fue difícil; ¿qué regalar a alguien que le da lo mismo lo que le compren? Tiene sus ventajas, con cualquier cosa me conformaba, pero también hacía que fuera más extensa la lista de posibles regalos.

Según he ido creciendo, he ido tomando una idea de lo que es la navidad, al menos para mí. La tele me ayudó con ello;  constantemente había anuncios de juguetes, colonias, ropa… Era una sed insaciable para todas aquellas empresas y sigue siéndolo. Es más, recuerdo haber visto un rato la televisión por finales de octubre y ver esos típicos anuncios. Si siguen así empezarán en verano para que el ansia nos coma por dentro durante varios meses.

Yo no entiendo de marketing, pero es más que evidente que de una manera u otra este sector se abalanza sobre nosotros como un manto oscuro. Es como si nos metieran en el saco de Papá Noel y estuviéramos rodeados de todas esas cosas que nos gustaría tener. Miremos donde miremos habrá algo llamativo que nos susurre al oído: “cómprame…”. Y no hace falta que sea para nosotros, puede ser para algún otro familiar o algún niño o para varios. Sea como sea, el subconsciente nos hace una mala jugada y en mi opinión, todo por culpa del marketing, supongo que ese es el objetivo que tienen. Nos van metiendo en la cabeza que es hora de comprar, ya ha llegado la navidad y toca buscar regalos.

Lo absurdo de esto es que se convierte en un compromiso y eso lleva a que hagamos las cosas sin corazón. Esto es exactamente lo contrario al verdadero concepto de la navidad. Para empezar, no creo que haga falta quedar con la familia solo en estas fechas. Más me gustaría a mí tener familia cercana a mí pueblo para poder verlos más a menudo. Y lo mismo ocurre con los regalos, ¿tan difícil es hacerle un detalle a otra persona en otra época del año? ¿Qué hace que estos días sean diferentes a los días de verano por ejemplo? ¿Las luces que vemos en las calles? ¿Acaso no hay campos de flores que también nos dejan con la boca abierta en primavera? Sean los adornos, sean plantas, sean los rayos de sol, sea lo que sea, todo ocurre a lo largo de los 365 días que tiene un año ¿y le damos más valor a estas fechas? Y encima un valor imaginario porque como dije, todo acaba en un simple compromiso.

No por ser navidad debemos aparentar ser mejor personas. Si alguien no nos agrada, no nos agrada y punto, no debemos ponernos la máscara de la hipocresía. Con mantener distancias llega.

Sinceramente, estos días solo lo pueden alegrar los niños; su ilusión, sus caras de sorpresa, su inocencia. Y justo por esto último, la inocencia, es por lo que nos sacan sonrisas a los adultos. Ellos todavía no ven lo que nosotros vimos tiempo atrás.

Decidí dejar de creer en Papá Noel para creer en mí y tomar mis propias decisiones. El día que me apetezca haré un regalo a quien a mí me plazca. Y disfrutaré de las luces y los villancicos igual que disfruto del resto del año.

Debemos disfrutar de cada día y no de unos pocos. Debemos sacar sonrisas siempre y no solo ahora.

Felices fiestas a todos.


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Miradas

Hoy me apetecía recordar una pequeña parte de mi infancia. Una parte en la que aún no asumí ciertas cosas.

A los 4 años o así decidí espantar a aquellos que miraran mis problemas físicos descaradamente. Cuando estaba fuera, en algún lugar público, la gente obviamente veía que había algo que no cuadraba en mí, los niños sobre todo, los que por aquel entonces tenían mi edad más o menos.

Yo, por un motivo u otro, les devolvía la mirada, pero no era una como la actual, era una mirada penetrante y creo que llena de rabia. Seguramente fuera por estar cansado de tener tantos ojos pegados a mí. O a lo mejor simplemente era que me sentía incómodo al ser el centro de atención. Cansancio o incomodidad, tomé una decisión, espantar a todos los críos que se estuvieran fijando en mí.

Tengo un vago recuerdo en el que mi hermano (mayor que yo) estaba conmigo en algún lugar público. Descubrí a una niña mirándome (o más bien me descubrió ella a mí) e hice lo siguiente: primero la observé con descaro, intenté con ello que apartara la vista, no lo hizo. Por lo que elegí el plan B: dar una zancada hacia ella y susurrar: ¡BU! Sí, como si fuera un fantasma o una criatura terrorífica encargada de hacer que todos corran de miedo. Y lo conseguí. Se giró de inmediato hacia sus padres.

Mi hermano al darse cuenta me dijo: -¡¿Qué haces?! No puedes hacer eso…

No recuerdo bien mi respuesta, creo que fue un: “Me estaba mirando”

De esto hace ya 17 años aproximadamente y por suerte fui corrigiendo aquello. Ese recuerdo fue el que más me impactó, pero no fueron las únicas miradas que se intercambiaron a lo largo del tiempo.

Como he dicho, esa costumbre me la fui quitando, los sustos se convirtieron en un intercambio de miradas donde trataba de obligar a los demás a apartar la vista. Y esto se transformó en un juego con los críos. Ahora lo aprovecho y en ocasiones me divierto viendo como los críos me miran y normalmente les devuelvo una sonrisa. He llegado a interactuar con algunos explicándoles sin más que era porque había nacido así. A otros les tuve que responder la duda que les corroía por dentro. En otros momentos repetí aquella antigua zancada, pero no iba con ferocidad ni terror, iba con gracia y diversión y ellos se daban cuenta y disfrutaban con la tontería.

Tuve la decencia de cambiar mi actitud al respecto y me alegro muchísimo por ello, pero aun así todavía queda un resquicio de toda esta historia que tal vez algún día os cuente.


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El sacrificio de los padres

Llevo varios días dándole vueltas a una cosa que creo que en nuestra edad del pavo no nos paramos a pensar: el sacrificio que hacen nuestros padres.

Esto es algo que entenderemos cuando tengamos nuestros propios hijos. Pero yo, como de costumbre, intenté ir un poco más allá y merodeando entre mis pensamientos y mis preguntas llegué a algunas respuestas.

Siempre he escuchado algunas frases de los adultos cuando hablaban sobre sus hijos adolescentes: “mientras está fuera apenas puedo dormir” o “cuando sale, estoy preocupado” entre muchas otras que solo los padres conocen. En las madres, ese agobio suele ser más potente (al menos según he oído en las diferentes conversaciones) y suele permanecer durante años. En cambio, los padres después de un tiempo pueden dormir un poco más a gusto.

Mientras nosotros estamos por ahí experimentando nuestras primeras locuras, aquellos que nos dieron la vida se preocupan por si nos la arrebatan, sea del modo que sea.

Es irónico porque ellos mismos vivieron la misma situación (en algunos casos) y también se despreocupaban por todo. Sin embargo, cuando llegamos nosotros a sus vidas, la tortilla está del revés. Es entonces cuando ellos entendieron a sus padres y será entonces cuando nosotros entendamos a los nuestros.

Pero algo que quería destacar de esto era ese límite de hora que se nos ponía: “Solo hasta las 12” como si fuéramos Cenicienta y tuviéramos que volver a casa o todo se nos iba a caer encima, y con todo me refiero una colleja o una bronca. Aunque actualmente, ese margen de tiempo es una broma para los críos de hoy en día (ya salen hasta las tantas), para nosotros era suficiente a pesar de regatear la hora tope. Y lo que yo me plantee al respecto era si de verdad era porque después corríamos “peligro” y así ellos se aseguraban dormir a gusto, o en realidad era porque para ellos era un inmenso sacrificio no poder acostarse, ya que a cierta hora tocaba recogernos. A nadie le gusta tener sueño, no poder dormir, y en el caso de hacerlo, tener que despertarse de nuevo, coger el coche e ir en nuestra busca.

Recuerdo una época (hace unos pocos años) en las que a las dos de la madrugada llamaba a casa y escuchaba la voz ronca de mi padre; lo había despertado. Antes tal vez no lo valoraba tanto, pero ahora se me encoge el corazón cuando lo pienso y ni siquiera tengo un hijo del que preocuparme. Lo bueno es que sé que los padres así lo hacen solo para que nosotros podamos disfrutar de verdad.

Desde que me he ido dando cuenta de esos sacrificios, yo mismo me he sacrificado en algunas ocasiones para compensarlo de alguna manera. Eso sí, siempre lo he hecho porque quería, nunca me he sentido mal al hacerlo, más bien todo lo contrario.

Así que, la entrada de hoy se la dedico a todos los padres que se privan de sus cabezaditas y que se sacrifican por sus hijos para que ellos disfruten sus locuras.


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“Matar a Leonardo da Vinci”

Ayer tarde terminé el tan ansiado libro que quería leerme: “Matar a Leonardo da Vinci” de Christian Gálvez. Tenía ganas porque para mí, el maestro Leonardo, tocaba todos los temas que se le cruzaban en el camino; la ciencia y el arte por resumirlo de algún modo. Muchos sabemos que cuando uno es de una rama, la otra no se le da tan bien, pero en cambio a Leonardo no le pasaba. La curiosidad lo llevaba más allá, algo con lo que posiblemente me he identificado.

Dicho esto, os dejo la sinopsis como siempre y después dejo mi opinión:

Europa, siglo xiv. Mientras España, Francia e Inglaterra ultiman su unificación, los Estados italianos se ven envueltos en conflictos permanentes por culpa de la religión, el poder y el ansia de expansión territorial. Lo único que les une es el renacimiento cultural de las artes. En la Florencia de los Médici, epicentro de este despliegue artístico, una mano anónima acusa de sodomía a un joven y prometedor Leonardo da Vinci. Durante dos meses será interrogado y torturado hasta que la falta de pruebas lo ponga en libertad. Con la reputación dañada, Leonardo partirá hacia nuevos horizontes para demostrar su talento y apaciguar las secuelas psicológicas provocadas en prisión.

¿Quién lo acusó? ¿Con qué motivo? Mientras se debate entre evasión o venganza Leonardo descubrirá que no todo es lo que parece cuando se trata de alcanzar el éxito.

Sinceramente no tengo casi quejas de la novela. Tal vez, la única pega que podría ponerle es la cantidad de personajes que salen, pero al igual que sucede en “Juego de tronos”, uno termina por recordar los más relevantes para poder seguir bien la historia.

Los capítulos se dividen por fechas y años, algo que evita tener que tragarnos cosas irrelevantes. Es una forma de concentrar todo lo importante para que la lectura se haga entretenida. Incluso hay capítulos en los que se deja de lado al protagonista para poder aportar información que más tarde resultará importante. Otras veces había un mini flashback donde se explicaba por qué se ha llegado a esa situación.

Los detalles, tanto de paisajes como de personajes están bien definidos. En el caso de estos últimos, el carácter de todos ellos está muy detallado, algo que veo imprescindible. A veces incluso pienso que si se puede predecir los actos de algún personaje en determinadas situaciones, es que se está teniendo un riguroso cuidado al definir la personalidad.

La lectura es relativamente sencilla. En algunas ocasiones yo no lograba determinar quién hacía el qué por el hecho de jugar con el tiempo y los personajes (los mini flashbacks que he mencionado antes), pero aun así no perdí el hilo de la historia en ningún momento. De todas formas tal vez sea simplemente cosa mía, no soy un zampalibros como ya os dije.

También resulta interesante la cantidad de historia que se puede aprender con esta novela. Y lo que más me ha sorprendido son las frases tan reflexivas que había, gran parte de ellas dichas por Leonardo (la mayoría las puse en mi twitter).

Otra cosa que me ha llamado la atención han sido las idas y venidas del protagonista. Uno no se completa personalmente ni llega lejos si no cede al cambio, si no es capaz de conocer gente y también el mundo. Esta obra, de una manera indirecta, da algunas lecciones sobre la vida.

Creo que ya he tocado todos los puntos que se me han pasado por la cabeza, por lo tanto solo me queda darle una muy buena nota. Tiene un sobresaliente bien merecido, al menos en mi opinión. Será por mi afán hacia este personaje histórico.


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Gloria o perdición

Hoy tuve de nuevo clase con mis críos de 1ºG y por casualidades de la vida, hacía unos meses antes, encontré un videoclip que para mí parecer representaba, en cierto modo, la vida que tienen algunos de estos alumnos. Volví a buscarlo y lo usé para la clase. A continuación os dejo el vídeo (que resulta muy emotivo y reflexivo) y después comentaré al respecto:

Cuando vimos el vídeo les hablé de que cada de uno de los dos hermanos eligió un camino diferente: uno tomó el de la gloria y el otro el de la perdición… Les dije que ambos cayeron de maneras muy distintas: uno para volver a levantarse una y otra vez, el otro para no alzarse nunca más…

A todo esto, una de las profesoras quiso apuntar un dato importante, los dos empiezan la historia en la misma desastrosa casa y con los mismos problemas…

Un mismo inicio, dos caminos diferentes y dos finales muy distintos.

Les expliqué que eran ellos, los protagonistas del vídeo, los que decidieron cómo serían sus vidas. Solo ellos tuvieron la opción de elegir sus caminos; uno eligió el de la lucha por conseguir lo que quería y el otro prefirió tomar un sendero más tenebroso.

Mis críos no necesitaban de mis reflexiones, sabían de sobra lo que aquello significaba, pero creí importante darles el detalle de que uno llegaba a la gloria luchando por sus sueños mientras que el otro miró de frente a la muerte. Y noté en ellos las miradas reflexivas que tanto dicen sin articular palabra alguna. Sentí como sus cabezas empezaban a funcionar, a reconstruir en sus mentes posibles escenarios. Volví a crear un momento tenso, algo difícil con estos chicos. Tal vez fuera porque faltaba gran parte de la clase, no lo sé, pero de un modo u otro llegué a tocarles la vena sensible.

También les hablé de que no podían exigir nada de los demás cuando ni ellos mismos se respetan. Las quejas hacia el resto no sirven cuando uno mismo ni siquiera se intenta corregir, eso llega a ser incluso injusto y egoísta.

Además conté mis años de estudiante donde mis primeros exámenes (especialmente en matemáticas y física y química) solían acabar en suspensos, hasta que yo mismo decidía darle la vuelta al asunto y ponerme las pilas. Los profesores al ver esa actitud me trataban de una manera muy distinta; lo hacían de una manera más comprensiva. Y eso era muy satisfactorio para mí, me instaba a seguir en ese camino.

En el caso de que alguno de ellos sacara a alguna conclusión, solo podía llegar a pensar que todo depende de lo que ellos quieran hacer para su propio bien, para su futuro, para su vida. La actitud de cada uno es lo que marca la diferencia entre la gloria y la perdición.