Kevin Mancojo

Diario de a bordo


Deja un comentario

Los peques

Sé que hace poco ya estuve hablando de las charlas que doy y que cada vez son más y a más colectivos. Pero es que hace muy poco tuve otra en un colegio y quería hablaros de los peques.

Cuando das una ponencia debes saber llegar, no solo con la historia, también en la manera en que la cuentas. Al fin y al cabo, a un adulto no le sorprenden tantas cosas por todo lo que ha podido vivir y al adolescente le importan tres cominos todo lo que no tenga que ver con su propia vida. Sin embargo, los que son de primaria han vivido tan poquito que con nada ya les sorprendes.

Por norma general, antes de que yo vaya, los maestros les ponen al día: les cuentan quién soy, les ponen mis vídeos, les hablan de la discapacidad, etc. Y claro, llega Kevin Mancojo, ese chaval que sale en Youtube, que ha cruzado el Mar Menor nadando, que aparece en internet, y los peques alucinan a colores cuando me ven aparecer. Me tratan como si fuera un famoso.

Me emociona, me emociona pensar que puedo calar muy hondo en los más peques. Aquellos que se quedan hasta con el más mínimo detalle me hacen vivir con más fuerza las charlas que les doy. Saber que les descubro un mundo nuevo (la discapacidad) hace que vaya con muchas ganas, aunque sepa que tenga que repetir lo mismo a dos, tres o cuatro cursos distintos. Ver las caras de asombro, notar como dejan de tener prejuicios según les muestro algunas de las cosas que soy capaz de hacer, sentirme un ser extraordinario para ellos… Paso de ser alguien que era incapaz de coger una pelota, a alguien que mola mucho y que hasta se ha cruzado el Mar Menor nadando.

Sensibilizar desde tan temprana edad es algo a su favor. Yo no pretendo demostrarles que el mundo es de rosa, sino que aunque a veces las cosas parecen estar muy jodidas, aun se puede seguir adelante. La actitud, las ganas, la constancia, el apoyo de los demás y otros factores hacen que uno siga tirando del carro aunque pese.

Además, me hacen dibujos, me escriben cositas o me piden que les firme en un papel por la admiración que sienten hacia mí. Pero es que yo me quedo con su curiosidad, con sus preguntas y su interés por conocer mi mundo. Es increíble ver cómo llegan a preguntarme si conduzco, si vivo solo, si he sufrido bullying o, incluso, si he llegado a plantearme quitarme la vida en algún momento.

Al final de la charla también me llega al alma saber que quieren un abrazo, donde descubro el desbordante amor que tienen en ese cuerpo tan pequeñito. Ahí ya cogen confianza y empiezan a estar pegados a mí y a preguntarme de manera más privada y, sobre todo, a tocar mis manos. Soy consciente que, así de primeras, debe dar una sensación rara el pensar en tocarlas. Pues imaginad la alegría que me da cuando se atreven a algo así. Yo se las ofrezco en el momento en el que veo que tienen curiosidad y no tardan ni dos segundos en tocar mis manos.

Con todo lo que os he contado, pensad lo que ocurrirá cuando vean a otra persona como yo. No tendrán miedo, confiarán en sus capacidades y sabrán que puede ser tan independiente como cualquier otro ser humano. Vamos, lo que viene siendo no juzgar a nadie por las apariencias. De ahí la ilusión con la que voy a los colegios, es mi forma de quitar a tiempo la venda de los ojos y evitar el desconocimiento por algo tan natural como la discapacidad.

Por suerte no soy el único que trata de sensibilizar a la gente y es una labor gratificante que tendrá su beneficio en próximas generaciones. Ojalá se eliminen de una vez por todas los prejuicios hacia las personas, sea por la condición que sea. Al fin y al cabo simplemente somos humanos.

#NuncaDejéisDeSonreír


Deja un comentario

Mi regreso a la piscina

Hoy sí, ¡hoy ya puedo hablaros de mi regreso a la piscina! Tenía ganas de hablaros de este tema porque es una parte bastante importante de mi vida.

Después de mi reto de cruzar el Mar Menor a nado, solo volví a nadar una vez más, y porque fue una invitación a otra travesía. Fue en Cabo de Palos (la Timon Cup) y ni siquiera llegué hacerla entera por temas de falta de tiempo y demás. A pesar de todo, la experiencia me encantó; era mar abierto y era muy distinto. Impresionaba más por la idea de saber que te podías cruzar con cualquier criatura marina. Además del oleaje y las corrientes que pudiera haber.

Sin embargo, tras aquella travesía, la natación pasó a un plano muy alejado de mis prioridades. Necesitaba desconectar de ese entorno. Le había dedicado muchas horas de entrenamiento para cruzar el Mar Menor y también de entrevistas relacionadas con ello. Lo cual me saturó bastante y traté de desvincularme a nivel personal de todo este tema.

Evidentemente estoy orgulloso de ello y mucha gente me conoce por la hazaña. Incluso en mis charlas cuento la experiencia. Además de tener los recortes de periódico. Pero dejé de nadar. Mi cuerpo me pedía que no siguiera, que me tomara un descanso. En la vida hay momentos para todo y en aquel instante decidí desconectar.

Un año y pico más tarde volví a ponerme el gorro y las gafas. Como ya dije en otra publicación, quería dedicarme tiempo a mí mismo, y la piscina es una de tantas cosas que me componen. Además de ser mi lugar de desconexión y el mejor momento para dar vía libre a mis ideas y pensamientos. No poder comunicarte con otros mientras nadas da para darle vueltas al coco (en el buen sentido).

He de admitir que en mi caso requiere un esfuerzo brutal el ir a la piscina. Voy cargado con mil cosas, el cambiarme de ropa y de prótesis (paso de la pata chula a la pata acuática), estar congelado de frío al principio, volver a cambiarme una vez más al acabar, etc. Da bastante pereza tener que pasar por todo eso y me quitan bastante las ganas de ir a nadar.

Pero es que, una vez que ya estoy en el agua, parezco Nemo, el pez payaso de Pixar (por aquello de que tiene una aleta más corta que la otra). Me encuentro muy a gusto nadando, siento el compromiso de aprovechar el tiempo, me vuelvo exigente conmigo mismo al hacer los ejercicios, noto la mejora física poco a poco (es brutal lo completa que es la natación) y salgo de allí con un buen chute de energía.

Hacer deporte segrega hormonas, las cuales están relacionadas directamente con esa sensación de bienestar y de motivación que sentimos al acabar de hacer ejercicio. Así, pues, cuando termino mis 26 largos (por ahora) siento unas ganas tremendas de ¡COMER! Sí… lo primero que tengo es hambre. Pero después de llenar el buche ya me apetece ser productivo y avanzar con mis cosas. Encima acabo de buen humor y con una sensación de haber hecho algo de provecho para mi salud. Termino sonriendo más de lo normal.

Es algo que echaba de menos y que necesitaba otra vez. Igual que el cuerpo me pidió en su momento que descansara, ahora me gritaba que volviera a la piscina. Supongo que es una buena forma de recargar las pilas de manera más habitual para continuar con mis proyectos y de seguir dedicándome tiempo para continuar creciendo a nivel personal.

Espero que esta vez no me sature, más que nada porque, para mí, es el mejor deporte que podría hacer en todos los sentidos posibles. Trataré de tomármelo como un hobbie y, sobre todo, de no ahogarme hasta que vuelva a recuperar la resistencia física que tenía el año pasado.

#NuncaDejéisDeSonreír


1 comentario

III Congreso de Locura por Vivir

El martes pasado pude asistir de nuevo al III Congreso de Locura por Vivir. Un congreso del que, una vez terminado, no te quedas indiferente. Sales habiendo llorado y reído, pero sobre todo lleno de energía y con ganas de mover el culo.

Marian y Laura son las organizadoras de estos congresos y cada año consiguen mejorarlo. Se dejan la piel para traer gente con historias y un recorrido increíble. Incluso buscan patrocinadores para que la entrada sea gratuita. No pagas nada para ver a personas como Salva Espín (uno de los ilustradores de Marvel) o Saúl Craviotto (piragüista olímpico). Es algo que se les debe valorar.

Por norma general soy yo el que insufla a la gente las ganas de comerse el mundo. Es más, ellas contactaron conmigo en una ocasión para dar una ponencia en la Jornada “Lánzate”. Fueron unas 850 personas las que tuve ante mí y me ilusioné como un niño pequeño. Nunca tuve una oportunidad tan grande y me sentí lo más vivo que podía sentirse alguien al que le apasiona inspirar a los demás gracias a su historia.

Sin embargo, a veces me convierto en un mortal como el resto del mundo (nótese la broma), y necesito recibir un poquito de inspiración. Ser yo el que se sienta a escuchar a otros me recarga las pilas para seguir avanzando, para darme la motivación suficiente como para empezar con mis proyectos o con lo que sea por lo que esté pasando en ese momento.

Y eso me pasó el martes en el congreso. Salí de allí con ganas de volver a empezar a ir a la piscina (sobre eso hablaremos la semana que viene) gracias a Saúl Craviotto. Empezó a hablarnos del compromiso con uno mismo, de las exigencias que hay que imponerse a veces. Pero a la vez, tener la libertad de desconectar y pasar tiempo con tus seres queridos.

Me entraron muchísimas ganas de comprarme libros por “culpa” de Magdalena Sánchez Blesa  (poeta) y Patricia Ramírez (psicóloga de la salud y del deporte). Esta última hablaba de prácticamente todas las cosas que forman mi filosofía de vida: el valorar hasta el pequeño detalle, despreocuparte por aquello que aún está por llegar, dedicarte tiempo a ti mismo, saber focalizar tu energía, etc. Me veía representado constantemente, de ahí el querer leerme algunos de sus libros. La psicología es algo que me encanta y a menudo leo sobre ello para entender más la mente humana. Sé cómo funciona la mía, pero no sé cómo funcionan todas las demás.

No quiero dejar de lado a Magdalena porque, a decir verdad, con ella se me saltaron las lágrimas con cada poema que recitaba. La intensidad y la vida que le daba a las palabras era algo fuera de lo normal. Sus textos ni siquiera hablaban de algo abstracto o retorcido como la poesía de hoy en día. Al contrario, eran poemas relacionados con cosas muy banales, del día a día de cada persona. El pelo se me erizaba constantemente. Y encima sentí que era una de esas personas a las que podría escuchar durante horas y horas, pero no solo recitando poemas, sino contando su vida y sus experiencias. Magdalena rezumaba sabiduría.

Con la que definitivamente lloré fue con Ángela Molina, hija de Marian (una de las organizadoras) y superviviente, dos veces, de cáncer. Yo ya la conocía con anterioridad, pude conocerla un día que estuve en Murcia. Incluso nos seguimos en redes sociales y charlamos de vez en cuando. Pero lo curioso de ella es que no es conferenciante. Ella está estudiando diseño gráfico. Sin embargo su historia es inspiradora, su madre lo sabe y trata de hacer que nos inspire a los demás. El martes ella hizo magia ante casi 2.000 personas; la música es su salvavidas, su refugio y lo fue más cuando sufrió los dos cánceres. Así que nos cantó una canción que salía de lo más profundo de su corazón. El público la acompañó con las linternas de los móviles y de repente dejamos de estar en un congreso para estar en un concierto suyo.

Me emociona saber que alguien que cree que no inspira, es capaz de darnos vida con su música.

Y eso que estaba nerviosa, se notaba la ausencia de la experiencia. O sea que imaginad lo que hubiera conseguido estando segura de sí misma. Yo ya le he dicho que le terminará cogiendo el gusto y acabará en muchos escenarios motivando a la gente con su historia y su música. Yo, sin ser familia, estoy muy orgulloso de ella y de lo que ha conseguido con tan poquita práctica.

Como dije, salí de allí muy motivado, con ganas de muchas cosas. Ya he empezado a nadar otra vez, falta comprarme los libros de Patricia y Magdalena para aprender un poquito más de psicología y para bañarme en las palabras de la poeta. Quiero seguir subiendo los peldaños de la vida poco a poco, ayudándome de todas las historias que se puedan cruzar en mi camino.

Yo ya estoy impaciente por ver qué tienen en mente Marian y Laura para el futuro y, salvo que tenga algo entre manos (chiste), estaré ahí para apoyarlas y para recargar las pilas. Necesito seguir inspirándome de vez en cuando para inspirar a los demás.

#NuncaDejéisDeSonreír


Deja un comentario

2020

Sé que aún no hemos acabado el año, pero septiembre es un mes en el que comienzan nuevas etapas y nuevos proyectos. Y yo he decidido que esta vez me voy a dedicar tiempo a mí mismo.

Llevo ya unos 2 o 3 años donde todo lo que hago, en cierto modo, se proyecta hacia fuera. Me explico: comencé a meterme en proyectos y a colaborar con personas ayudando a llegar a sus objetivos y a cumplir sus metas. Y no sabéis la cantidad de cosas que he aprendido en todo ese tiempo. Siempre me ha gustado ayudar y siempre lo haré, pero no esperaba sacar tanto aprendizaje durante el proceso de todas las ideas y propósitos que tenía la gente.

He tratado con la inclusión en los recreos de algunos colegios gracias al proyecto PIAR (Proyecto de Inclusión en el Área de Recreo) de la Fundación de RafaPuede. Era increíble ver como los niños al final se ayudaban entre ellos para jugar. He normalizado la diversidad funcional con Capacesde; no por tener una discapacidad eres un bicho raro, ni eres un héroe, simplemente eres una persona que hace las cosas de una manera diferente. Descubrí un mundo nuevo cuando me metí en el proyecto “La educación global empieza en tu pueblo”. Apenas sabía sobre los objetivos de desarrollo sostenible que buscan equilibrar la balanza en la sociedad y mantener vivo el planeta. Ni siquiera sabía que el mundo se estuviera muriendo a esta velocidad. A través del proyecto MACHO aprendí que la música, un lenguaje universal donde todos se podían entender por igual, se convertía en un bonito refugio para algunas personas. Gracias a mi profesora de teatro pude hacer reír a niños con el teatro infantil. Además aprendí a improvisar bastante, con los pequeños nunca sabes lo que te puedes encontrar así que…

Y así podría tirarme un rato más, mostrando todo en lo que he formado parte y todo lo que he aprendido estos años. Y no me arrepiento de nada, incluso volvería a repetirlo sin dudarlo.

Sin embargo, comencé a construir mi camino más o menos en el 2014. Empecé con las charlas de motivación, nació este blog, acabé abriendo mi canal de Youtube, me tomé en serio la fotografía…

Todo esto, y alguna que otra cosa más, era mío. Lo que proyectaba por aquel entonces era todo para mí, era una proyección hacia dentro, hacia mi crecimiento y descubrimiento personal.

Aunque todo lo que he mencionado sobre mi comienzo iba dirigido hacia un público (que con el tiempo ha crecido muchísimo y le doy las gracias), realmente estaba encontrándome a mí mismo. Por aquel entonces necesitaba saber cuáles eran mis pasiones, a qué le dedicaría tiempo de verdad, qué inquietudes tenía, qué quería hacer con mi vida…

Pude responder todas aquellas preguntas a lo largo de los meses, pero poco después me vi envuelto en un proyecto detrás de otro sin ni siquiera darme cuenta. Una cosa llevó a la otra y… Bromas aparte, una vez que me vi metido en este mundo, me vinieron más propuestas que casi nunca rechazaba. Supongo que en cierto modo, aún seguía descubriéndome a mí mismo y, participando en todas estas ideas, podía saber qué era lo que me mantenía vivo.

En cambio este año… He decidido parar en seco. Necesito volver a donde comenzó todo, a mis pasiones, a donde yo pueda decidir qué, cuándo y dónde. Quiero volver a dirigir mi vida sin estar comprometido con los demás. Más bien quiero un compromiso conmigo mismo.

Me apetece volver a tragarme tutoriales en Youtube para saber cómo mejorar a la hora de editar vídeos, descubrir fotos en Instagram que se conviertan en ilusión para coger mi cámara y tirarme horas apretando el disparador, aprovechar los momentos de lucidez para escribir y plasmarlo aquí, poder decir que sí a las charlas motivacionales que me propongan. Simplemente quiero mejorar en aquello que sé que se me da bien.

Tengo varias ideas y proyectos que no he podido sacar de mi cabeza porque no me daba la vida para ello y, ahora que he parado el tren en el que me subí, aprovecharé el tiempo.

Espero explotar todo lo posible mis capacidades y seguir encontrando cosas nuevas que me hagan sentir vivo. Y me encantaría seguir emocionando a la gente haciendo lo que me gusta. Así que, 2020, agárrate que Kevin Mancojo va a llegar con fuerza.

#NuncaDejéisDeSonreír


9 comentarios

La experiencia hace al maestro

Hoy he tenido otra charla en mi antiguo instituto y ha sido genial. De verdad, cada vez salgo más contento de mis ponencias.

Creo que había unos 90 alumnos. A muchos de ellos los conozco, pero aun sin conocerlos, los nervios ya no me ganan en estos casos.

Cuando tenía el ordenador en el “taller” decidí ordenar mis ideas, las que voy contando en las charlas. Lo hice para ver cuál era la mejor forma de hilar todo (siempre improvisaba) y lo curioso es que llegué a ese punto en la penúltima ponencia. Hablé, hablé y hablé, y me di cuenta que todo iba rodado; hacía uso de mi blog, iba de una entrada a otra, puse un vídeo que me daba pie a un tema, etc. Todo encajaba tan bien que aproveché para hacer ese esquema en sucio y por ahora, ese orden cronológico, es el mejor de todos.

He dejado atrás algunas historias para inroducir otras que me surgieron de la nada en las charlas más recientes y que resultan mucho más importantes. Mi tono de voz… es interesante, creo que los alumnos no se dan cuenta, pero lo cambio, y mucho. Inicio muy enérgico con un tono posiblemente más agudo del normal y según pasa el tiempo desciendo poco a poco hasta que los tengo a todos poniendo la oreja. Gesticulo más que algunos que tienen manos (a veces hasta me paso, creo yo). Me muevo con mucha naturalidad por todos lados. Y todas estas cosas ha sido en cuestión de días (en las que tuviera charlas, claro). He notado un cambio tremendo en las últimas, es como si de golpe aprendiera de los errores de las demás.

Y por supuesto, tengo cosas para corregir, pero el cambio ha sido tan brutal que en estas últimas ocasiones hubo un par de personas que se esforzaban en no dejar salir la lágrima. El mero hecho de sentirme yo cómodo y ver que he cambiado mucho en la forma de estar frente al público ya me saca una sonrisa, pero eso de que haya personas que se emocionen… eso para mí era impensable.

Solo explico mi vida y mi filosofía, no soy diferente a los alumnos, solo he vivido unos pocos años más que ellos. No me considero para nada alguien que les tenga que dar una lección, solo alguien que les puede ayudar para hacerles ver que no todo es tan negro como parece.

Quise grabar un poco cómo es un día de charla y bueno… aquí tenéis:


11 comentarios

El talento

Ayer empecé un curso de coaching. Esta palabra inglesa que se ha puesto tan de moda actualmente es un método para sacar la mejor parte nosotros para poder rendir con la mayor capacidad posible. En realidad tiene diferentes definiciones (la que os he explicado tiene parte de mi propia cosecha), creo que es difícil encontrar dos iguales, pero sí que todas quieren transmitir lo mismo: debemos sacar lo positivo que tenemos en nuestro interior, mentalizarnos a ello y sacarle el mayor jugo posible.

El curso tiene pinta de que me va a gustar porque con el profesor comparto muchas ideas, pero de lo que quería hablar, que fue lo que me llevé del día de ayer, es que tenemos que encontrar nuestro talento.

Una de las cosas que el profesor dijo es que se nos cortan las alas, por así decirlo; tal vez un niño adore dibujar y en vez de apuntarlo a pintura, lo meten a fútbol, cuando el crío no lo disfruta de verdad. Y esto es uno de los miles de ejemplos que hay en este mundo. No sé a ciencia cierta el motivo de porqué se hace esto, pero llegué a la conclusión de que se debe a que nuestros padres quieren que consigamos lo que ellos no pudieron alcanzar. Un error bastante gordo, pero lo hacen con buena fe. Y por supuesto que esto no ocurre en todos los casos, pero sea como sea, sucede…

Y es una pena que el don que tenemos cada uno de nosotros quede cohibido porque a veces incluso resulta complicado descubrir cuál es. Pero una vez que se tiene y se sabe uno puede dedicarle horas. Llega el momento en que si no te avisan otras personas, no te das cuenta de que ha pasado media tarde.

Cuando el profesor habló sobre esto, me di cuenta de que esto me pasa con las charlas (por suerte tengo un buen reloj biológico y manejo las horas bastante bien). Cuando empiezo, no paro. El tiempo se pasa volando y las caras de las personas me indican que aunque pasen dos horas más, no habría problema.

Hoy me ha pasado, hoy tuve otra charla y esta clase era algo más adulta, eran muy receptivos. Llegamos incluso a coger unos 10 minutos de la clase siguiente solo porque yo podía seguir contando cosas y porque ellos podían seguir escuchándome como a niños que les cuentan una historia.

Solo tengo 22 años, no he vivido tantas tragedias ni aventuras como otras personas, pero de un modo u otro logro meter al público en una bola en la que solo estamos ellos y yo, nadie más.

Ese es mi talento, al menos eso creo y quiero seguir este camino por mucho tiempo. Todos tenemos un don, solo hace falta encontrarlo.


11 comentarios

Un poco de amor propio

Últimamente estoy leyendo bastante sobre el amor propio y la inteligencia emocional que le falta a mucha gente, es decir, esa inseguridad que muchos sienten, la falta de cariño, miedo al rechazo por los demás, etc.

Y junto a ese tema yo siempre uso una metáfora, pero primero quiero explicar más o menos el motivo por el que esas personas tienen esos sentimientos y sensaciones: no se aprecian a sí mismos, no se quieren. No ven lo bueno que tienen y buscan que otros se lo digan o se lo demuestren. Necesitan que alguien esté a su lado para sentirse queridos porque de lo contrario, empezarán a sentirse mal. Creen que no valen lo suficiente como para tener amigos o pareja (lo mismo da). Se sienten impotentes, como si fueran un minúsculo granito de arena tratando de hacerse ver frente al planeta Tierra.

Es un pensamiento negativo hacia uno mismo que este tipo de personas se crean y que tratan de solucionar buscando la manera de caer bien a los demás, intentando hacer las cosas de la mejor manera posible y dando de ellos todo y más. Y aquí está el problema, que lo hacen para los que los rodean y no para sí mismos.

Creo que muchos hemos empezado por ese camino (me incluyo), hasta que llega el momento en el que nos damos cuenta que nosotros también tenemos un valor que nos caracteriza. Para llegar a este punto primero hay que pasar por muchos baches, los que nos llevan a sentirnos muy solos, prácticamente aislados. Algunos, llegados a este punto se dan cuenta que el error estaba en apreciar más lo que se hacía por los demás que por uno mismo. Es aquí donde se empieza a cambiar la visión de la vida.

Y ahora viene mi metáfora: desde poco después de aprender esto, pensé que si viéramos a los que nos rodean como complementos de ropa, veríamos que somos capaces de prescindir de estos; todos hemos olvidado alguna vez las gafas de sol, una chaqueta o algún gorro al salir de casa y hemos sobrevivido. Cada uno de los complementos nos aporta algo de manera distinta, pero con ellos nos sentimos mejor y más protegidos.

Dicho de otra forma, a pesar de encontrarnos más a gusto con gente a nuestro alrededor, somos capaces de no depender de los demás, solo tenemos que encontrar la actitud adecuada y creérnoslo. Encima han llegado a nuestras vidas para algo en concreto, para aportar su granito de arena. Eso sí, muchos se irán de nuestro lado (por las buenas o las malas), pero recordad que dejaron una parte de ellos en nosotros, directa o indirectamente.

En mis últimas charlas les he hablado a los chavales de que nadie va a aprobar por ellos, nadie les va a sacar una notaza, nadie va a vivir de lo que estudien, nadie va a ser feliz por ellos. Eso tiene que venir de dentro de cada uno. Necesitan ponerle ganas para llegar a sus objetivos porque los demás no lo harán. Y aunque suene egoísta no lo es, porque si uno tiene amor propio y busca la felicidad en su interior, de una manera u otra lo transmitirá al resto de las personas haciéndolas feliz también.

Ya sabéis lo que digo… nunca dejéis de sonreír.