Kevin Mancojo

Diario de a bordo


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El tiempo se pasa volando

¡Vaya! ¡Casi se me olvida publicar algo hoy! Que rápido pasa el tiempo cuando uno hace algo que le gusta.

Estuve editando durante horas el próximo vídeo y cuando me decidí a descansar me puse a ver mi youtuber favorito, Luzu, hasta que de repente me acordé de que no había publicado nada en el blog. Y justo de eso quería venir a hablar, de la velocidad con la que se nos va cada segundo cuando disfrutamos.

Hay veces que vas a alguna tienda o a algún lugar en el que te despacha la típica persona amargada, la que ni se esfuerza por sonreírte, ni siquiera se preocupa por venderte algo. Además de transmitir esa sensación al cliente, el cual no volverá con casi toda seguridad, la persona que lo ha despachado no disfruta con lo que hace y eso provoca que el tiempo se estire, como si fuera una goma. Menos ganas, más horas. Aunque solo sea en el sentido metafórico, puesto que realmente seguirá trabajando la misma cantidad.

Alguien me dijo una vez que cuando despertabas tenías que decir: “Que bien, hoy toca trabajar”. Y no, no es ironía, lo decía en serio. Y es lógico; algo que va a formar parte de tu vida durante varios años, no puede ser tu enemigo. Encima el rival es el tiempo… Ese sí que es duro de roer, no vale la pena querer enfrentarlo.

Así que, ¿por qué no tratamos de disfrutar con lo que hacemos para que se nos pasen las horas volando? Al fin y al cabo salimos ganando todos: el cliente, que si ha sido bien atendido volverá, el jefe, que si ve que le vendes media tienda no te echará, sería un poco idiota si lo hiciera. Y el más importante de todos, nosotros mismos, que acabaremos “antes” y llenos de alegría.

Obviamente esto tiene muchos matices como por ejemplo un cliente coñazo (los hay, más de lo que os imagináis). Y claro está que no todos los días pueden ser iguales, pero que no sea por no intentarlo, un pequeño esfuerzo puede cambiar el rumbo de una mala jornada.

Creo que la vida está para disfrutarla, para que un día nos veamos llenos de arrugas y postrados en la cama, con las articulaciones doloridas y diciendo: “El tiempo se pasa volando”. No para amargarse y fastidiar a los demás.

Como siempre os digo… Nunca dejéis de sonreír.

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La inspiración

Miércoles ya… que rápido pasa la semana. Hoy os traigo una de las sorpresas, con la otra ya me he puesto manos a la obra (algún día dedicaré un vídeo y una entrada solo a chistes de mancos, ya lo veréis).

¿Cómo os inspiráis vosotros? Es decir, ¿os sirve un poco de música para tener ideas o mejor un descansito tomando un café? Os pregunto esto porque la sorpresa es el vídeo que os voy a dejar a continuación. El tema del que hablo es la inspiración y creo que todos tenemos algún momento o alguna actividad en la que se nos ocurren miles de ideas. Yo muchas veces me desvelo a las tantas de la madrugada y me tiro unas dos horas despierto pensando en qué hacer para el próximo vídeo o alguna actividad para mis críos de 1ºG o algún tema para escribir en el blog. Es una lata estar tanto tiempo en vela la verdad, pero creo que me ha merecido la pena porque muchas de las ideas, las buenas ideas, me venían de esas noches tan… ¿amargas? Que en realidad al final no lo son, pero bueno.

No quiero extenderme mucho con esto porque prefiero que veáis el vídeo. Es más rápido y eficaz, además, no es lo mismo escribir aquí las chorradas, que representarlas. Ya veréis lo absurdo que puedo llegar a ser a veces. ¡Ah! Y perdón por no ser tan fino en determinados momentos, después del vídeo anterior parezco una bestia hablando.

De todos modos, como ya sabéis, me podéis dejar comentarios con vuestras opiniones o mejor aún, con vuestro modo de inspiraros. Espero que no sea el único que lo haga cagando… vale, creo que esto no lo debería haber dicho por aquí.


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Triple sesión de charlas

Buenas tardes, gente. Hoy vengo con una sesión de charlas; hace ya dos semanas me llamaron para dar unas cuantas a varios cursos de un instituto del pueblo de al lado.

La verdad es que dentro de un centro escolar ya me encuentro como en casa. Como siga así voy a tener que plantearme eso de estudiar magisterio (lo dudo, pero quién sabe). Yo siempre he tenido buen rollo con los chavales, creo que pocos no se ríen con mis chorradas y hoy pues ha sido más de lo mismo. Obviamente ha habido momentos serios en los que explicaba parte de mi forma de ver la vida, pero de vez en cuando se necesitan unas buenas carcajadas.

Normalmente suelo empezar todas igual y así lo hice salvo en la última; quería ser más breve para poder enfocarme más en el ámbito del deporte, puesto que eran chavales que iban a estudiar esa carrera. Yo en ese aspecto di bastantes vueltas: primero el patinete de toda la vida, luego la natación, el voleibol, el patín de dos ruedas, etc. Conté varios de mis porrazos, de los cuales algunos fueron para haberme matado, pero el subidón de adrenalina mereció la pena.

A las otras dos clases les conté lo que le he contado a prácticamente a todos y lo que muchos de los que me leéis ya conocéis: mi vida, mi forma de afrontarla y mi modo de verla, aunque todo esto con pequeñas variantes. Además, ¡ahora puedo hacer uso de mis vídeos! El más útil para estos casos es el de “¿Me perdonas?“, que como muchos ya sabéis, es una autocrítica muy buena que yo ya asumí hace tiempo y que intento llevar a rajatabla constantemente. Para los críos que están en la adolescencia les viene como anillo al dedo (y otra de mis bromas de mancos), incluso alguna que otra persona se emocionó, supongo que se vería reflejada en partes del texto.

El miércoles que viene me toca volver allí para darles la charla a otros cursos, así que ya volveré con más la siguiente semana.


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Seguro que se me ha olvidado algo

Como ya sabéis algunos, me fui de viaje. Todavía no estoy muy al día, aunque sí he visto que hay bastante gente nueva siguiendo el blog y he recibido un montonazo de visitas estos días a pesar de no haber podido publicar cada dos días, como de costumbre. A los nuevos, gracias y bienvenidos.

Volví ayer y creo que, como nos ha pasado a todos alguna vez, cuando subí al autobús para volver tenía la sensación de que me dejaba algo en el hotel. Que levante la mano aquel a quién no le haya sucedido nunca. Ya, nadie, ¿verdad? Normal. Es curioso que pase esto, será que desconfiamos de nosotros mismos.

Tal vez mi buhardilla esté un poco desordenada, pero al menos cuando viajo no soy tan desastre. Yo personalmente soy muy metódico en este sentido, es decir, coloco las cosas en determinados sitios, los meto en bolsillos concretos y siempre en los mismos lugares, de esa forma no me muero buscando nada y encima para recoger las cosas es muy práctico; tardé unos 5 minutos para hacer la maleta y porque la ropa no se doblaba sola que sino…

A pesar de todo eso, sentí como si algo se me olvidara. Encima apenas revisé la habitación del hotel. Confié mucho en mi método y espero que funcione, ya os lo contaré cuando saque todas las cosas (no, todavía no me puse con ello, soy demasiado vago para hacer algo así el mismo día).

Lo gracioso de esto es que me he vuelto tan metódico a lo largo del tiempo. Ya os conté lo del DNI caducado en la entrada anterior. De errores se aprende. Si es que con la cabeza que tengo en algunas ocasiones, ¡se me debería de olvidar hasta ponerme la pierna! Aunque eso lo notaría rápidamente y no a mitad de camino.

La verdad es que, por muy ordenado y sistemático que uno sea, la sensación esa que se tiene es una ley no escrita del ser humano, como lo del móvil al agua, pues lo mismo. Lo que pasa es que aquel que es más cuidadoso tiene menos probabilidades de olvidar algo frente a aquel que busca el móvil bajo el montón de ropa. Si le tenéis aprecio a vuestras cosas ya sabéis: zona A para ropa, zona B para objetos varios, zona C para… bueno, ya me entendéis, ¿no? Suerte con los próximos viajes.

Cambiando de tema y para terminar la entrada, como os habréis dado cuenta (que espabilados que sois) no he hablado de adonde fui (o eso me parece), ni con quién, ni nada de nada. En unos días sabréis porqué, al menos si todo sale bien, de lo contrario os contaré parte del viaje, que si cuento todo da para mucho.


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Nos hacemos mayores y llegan los problemas

Como veis, al final dejé esta entrada preparada. No os quería dejar sin leer y como no me costaba gran cosa; editar y ajustar día y hora de publicación y listo.

El tema de hoy viene de hace ya una semana. Una persona puso en Facebook algo que en realidad le pasa a mucha gente: cuando tenemos un problema, si no tiene solución, ¿por qué nos calentamos la cabeza con ello? Y en el caso contrario, es decir, si tiene solución, ¿dónde está la pega? Hazlo y ya está.

En este asunto no puedo incluirme, lo siento. Los que me leéis desde hace tiempo ya sabéis que me incluyo en casi todos los temas, pero cuando realmente no me veo reflejado en uno me excluyo. En este caso se debe porque forma parte de mi filosofía actual, me explico: lo que he expuesto antes lo llevo a cabo, solo que con pequeños matices; ya dije en su momento que si no hay solución pues se la inventa uno y punto. Aunque he de admitir que también he dejado problemas sin solución por no encontrar nada que pudiera arreglarlo.

A lo que el tema respecta, llegué a una respuesta hace ya tiempo: me di cuenta que según nos vamos haciendo mayores, le damos más vueltas a los diferentes caminos a elegir. Sí, es irónico, cuando más sabemos, más dudamos, pero eso se debe a las anteriores tomas de decisiones. Ya nos equivocamos muchas veces con anterioridad así que damos pasos más cortos y “seguros”; a pesar de todo nunca lo estamos al 100% “¿Y si volvemos a cometer otro error como lo hicimos a los 20? Mejor le doy más vueltas y me aseguro de que todo salga bien”. Es un poco absurdo, pero se hace… El miedo que fuimos cogiendo de los anteriores errores ahora nos pagan factura y nos provocan inseguridad al tomar una decisión. Esto, en cierto modo, solo tiene solución si se tiene el mismo valor que cuando nos escapamos de casa a los 16 dejando cosas atrás sin pensarlo mucho.

Esto me recuerda un poco a la entrada que publiqué hace un mes más o menos: “¿Dónde está el niño?“. Cuando nos hacemos adultos o llegamos a una edad en la que todo son responsabilidades empiezan los problemas. Aunque no lo parezca, todo es más simple si se le da menos vueltas al asunto. ¿Cómo es la frase…? ¿Quitarle hierro al asunto? Pues eso.


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Dilema de maletas

Traigo una noticia, de la cual no quiero dar muchos detalles porque intentaré traer una sorpresa que espero que os guste a todos. Me voy de viaje este lunes y hasta el viernes no volveré, por lo que no habrá nada nuevo hasta cuando vuelva.

Acabo de pensar… tal vez deje entradas preparadas para que allí solo tenga que publicarlas… Ya veré.

Vaya forma de desviarme del tema principal. Volviendo a lo de antes, yo no sé lo que habéis viajado los demás, pero en mi caso ha habido suficientes viajes como para aprender de cada uno de ellos, especialmente los últimos. En una ocasión cogí el DNI antiguo, el caducado, en vez del nuevo. Tuve la suerte de que era en la vuelta, pues miraron en la lista de la ida y vieron que yo formaba parte de ella y me dejaron pasar.

Además de eso me llevé muchísima ropa y si mal no recuerdo, terminé por usar la mitad de todo lo que llevé o tal vez menos; fue en casa de mi hermano y como me lavaban la ropa terminaba por usarla otra vez y listo. Y aquí está el tema del que quería hablar hoy: ¿las maletas llenas o con lo justo?

Sé que las mujeres en general (topicazo al canto, lo siento chicas) suelen llevar la maleta llena hasta no poder cerrarla o más bien, hasta tener que sentarse encima para que la cremallera selle su preciado tesoro. Es gracioso, según he hablado hoy con una amiga se supone que todo lo que sobra son los “por si acaso” o en algunos casos “para combinar” (ella me lo dijo de broma, pero sé que hay casos así de verdad). Encima tenéis que llevar vuestro maquillaje, el secador y todo ese tipo de neceser. Vamos, que la maleta acaba convirtiéndose en una bomba de relojería.

En cambio los hombres… bueno, mejor hablaré por mí, que los hay muy pijillos también. Yo soy bastante simple para esto y más ahora que aprendí de los errores del resto de viajes. Mi hermano me quería regalar la Playstation 3, pero le dije: “Es que mira la maleta, está llena…”. Qué pena, ¿no? Que tuviera que dejar la consola por llevar ropa demás… Pero no, ni loco iba a dejarla, así que aprovechamos para meterla entre camisetas y pantalones y al final acabó acolchada por todos lados.

Cuando hablé con mi amiga sobre esto teníamos opiniones muy distintas al respecto: ella se llevaría más de lo necesario y yo iría con lo justo. Le dije que mientras ella piensa en que puede mancharse porque tiene ropa de sobra, yo pensaré en tener un poco más de cuidado e ir con calma. Y muchos sabemos que la paciencia es una virtud que pocos tenemos. ¿Quién sabe? Tal vez su forma sea más cómoda de viajar, sin preocupaciones. Aunque ir con tranquilidad también puede ser bueno para deleitarnos mejor.

Pero sea como sea, me apetecía preguntaros a vosotros qué preferís: ¿maleta llena o maleta con lo justo y necesario?


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Aprendiendo a andar

¿Cuánto tiempo llevo sin contar algo de mi infancia? Esta memoria mía… algún día me pasará factura.

Me apetecía preguntaros algo, tal vez os resulte estúpida la pregunta, pero en breves lo entenderéis: ¿cuántas veces habéis aprendido a andar? Sin contar las operaciones que posiblemente hayáis tenido o algún tipo de lesión, supongo que una, ¿verdad? Cuando eráis pequeños.

Pues bien, yo tuve que aprender… ni idea la cantidad de veces. Que me hicieran una pierna artificial por año (por aquello de crecer y tal, aunque yo no haya crecido mucho) daba para aprender a andar cada vez que eso sucedía. Adaptarme a una nueva siempre era difícil las primeras semanas. Había dolores por un lado, roces por otro, problemas con la articulación (la de la pierna lógicamente), la posición del pie que, si estaba mal ajustado, hasta podía darme el porrazo del siglo.

Encima llegaron un par de años en los que se hacían pruebas; que si una nueva articulación, que si un nuevo modo de agarre, que si un pie de carbono o yo que sé de qué material era, pero tenía que ser resistente (esto fue porque me cargué todos los anteriores con mis acrobacias y payasadas). En estas ocasiones era cuando más notaba los cambios y donde sin duda tenía que aprender a caminar de nuevo. Pero aquellos que ya me conocéis os estaréis imaginando que era otro reto más que tenía que superar en mi vida y sí, estáis en lo cierto (que bien me conocéis).

Por suerte me acostumbré rápido a esta última que me hicieron, que además debe resistir varios años en comparación a las anteriores, salvo que seas yo, acabes mojándola en el mar y la dejes tan destrozada que un día de estos se desmontará sola.