Kevin Mancojo

Diario de a bordo


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Una de mis manías

Llevo tiempo sin contar algo mío. A ver, sí, el blog va de mi vida, entre otras cosas, pero me refiero a algo sobre mi físico. Y hoy os voy a contar una de mis manías.

Desde hace ya muchos años que no me gusta llevar gafas de sol a pesar de vivir en una zona muy calurosa. El motivo es curioso o al menos para mí lo es; cuando me las ponía me daba cuenta de que la gente me miraba más a pesar de tratar de buscar el contacto visual. Pero lógicamente no podía haberlo, pues las gafas de sol, al ser oscuras, impedían verme los ojos.

Fue entonces cuando descubrí la diferencia entre llevarlas puestas y no. En el primer caso, por más que quisiera, no podía evitar las miradas, que en realidad me daban igual (hasta cierto punto), pero prefería, y todavía prefiero, tenerlo un poco más controlado y no ver a la gente mirando con ese descaro suyo. Y en el segundo caso yo podía devolver las miradas, “decidiendo” quién me miraba descaradamente y quién no; la mayoría de las personas que se fija en mí aparta la vista cuando yo me doy cuenta, pero esto no puede pasar si no me ven los ojos (lo que sucede cuando llevo gafas de sol).

Por lo tanto decidí no llevarlas, que en realidad me las ponía por poner, el sol nunca ha sido mi enemigo, pero al final todo esto se convirtió en una manía que dudo que vaya a cambiar, me gustan las diferentes miradas que uno se puede encontrar.

Feliz viernes, gente. Y ya sabéis, nunca dejéis de sonreír.

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Aprendiendo a andar

¿Cuánto tiempo llevo sin contar algo de mi infancia? Esta memoria mía… algún día me pasará factura.

Me apetecía preguntaros algo, tal vez os resulte estúpida la pregunta, pero en breves lo entenderéis: ¿cuántas veces habéis aprendido a andar? Sin contar las operaciones que posiblemente hayáis tenido o algún tipo de lesión, supongo que una, ¿verdad? Cuando eráis pequeños.

Pues bien, yo tuve que aprender… ni idea la cantidad de veces. Que me hicieran una pierna artificial por año (por aquello de crecer y tal, aunque yo no haya crecido mucho) daba para aprender a andar cada vez que eso sucedía. Adaptarme a una nueva siempre era difícil las primeras semanas. Había dolores por un lado, roces por otro, problemas con la articulación (la de la pierna lógicamente), la posición del pie que, si estaba mal ajustado, hasta podía darme el porrazo del siglo.

Encima llegaron un par de años en los que se hacían pruebas; que si una nueva articulación, que si un nuevo modo de agarre, que si un pie de carbono o yo que sé de qué material era, pero tenía que ser resistente (esto fue porque me cargué todos los anteriores con mis acrobacias y payasadas). En estas ocasiones era cuando más notaba los cambios y donde sin duda tenía que aprender a caminar de nuevo. Pero aquellos que ya me conocéis os estaréis imaginando que era otro reto más que tenía que superar en mi vida y sí, estáis en lo cierto (que bien me conocéis).

Por suerte me acostumbré rápido a esta última que me hicieron, que además debe resistir varios años en comparación a las anteriores, salvo que seas yo, acabes mojándola en el mar y la dejes tan destrozada que un día de estos se desmontará sola.


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La Playstation 1

Revisando mi cuadernito de ideas (apunto cualquier cosa que se me ocurra), encontré una anécdota graciosa (lo fue más en su momento, pero bueno).

Hace muchos años (que viejo suena esto), cuando yo todavía era un mocoso, hacía camping con mis padres. Allí conocimos varias familias con las que pasábamos los días y compartíamos todo. Yo para algunas de las hijas era un juguete al que dar de comer y demás y para los hijos era… ni idea, pero nos lo pasábamos bomba. Creo que por aquel entonces tenía 5 años y además una preciosa Playstation 1. Imagino que todos la conocéis, aquella consola de Sony que fue una revolución y que actualmente van por la cuarta.

Mi padre, no sé por qué, decidió traérsela. Una Playstation en un camping… Obviamente yo estaba encantado. Me enamoré de un juego llamado Tekken; era de peleas, uno contra uno. Le dediqué mucho tiempo y aprendí muchas combinaciones de botones.

Cuando llegué al camping con la consola, la enchufamos y preparamos todo, empezó el “campeonato…” Mi hermano, los hijos de las tropecientas familias y todo aquel que quisiera retarme lo podía hacer. Aquel que ganara el combate se quedaba y el perdedor dejaba a otro. Todos eran mayores que yo, como ya he dicho, era un mocoso por aquel entonces. Y no penséis que me dejaban ganar… para nada, muchos hasta se mosqueaban porque, aun jugando en serio, no salían victoriosos.

He de reconocer que de todos ellos, solo uno me podía vencer y era porque sabía cómo desviar mis ataques, por lo que yo perdí (fue así como destrocé el mando de la Play… vale, no, es broma, de ser así me hubieran quitado la consola).

Recuerdo a mi padre con una sonrisa de oreja a oreja y yo obviamente no iba a ser menos. Nos deleitábamos con la ira con la que se marchaban muchos tras perder el combate. Nos reíamos constantemente.

Para que luego digan que cómo juego a la Play; ahí tenéis una historia totalmente real. Sé que no os responde a la pregunta, pero me da igual, ya llegará el momento de esa respuesta.

Quiero terminar con una pregunta: ¿Cuál es vuestra consola favorita, si es que tuvisteis alguna? ¿Y vuestro juego preferido? Vale, son dos preguntas y no una, ya no sé ni contar…


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Miradas

Hoy me apetecía recordar una pequeña parte de mi infancia. Una parte en la que aún no asumí ciertas cosas.

A los 4 años o así decidí espantar a aquellos que miraran mis problemas físicos descaradamente. Cuando estaba fuera, en algún lugar público, la gente obviamente veía que había algo que no cuadraba en mí, los niños sobre todo, los que por aquel entonces tenían mi edad más o menos.

Yo, por un motivo u otro, les devolvía la mirada, pero no era una como la actual, era una mirada penetrante y creo que llena de rabia. Seguramente fuera por estar cansado de tener tantos ojos pegados a mí. O a lo mejor simplemente era que me sentía incómodo al ser el centro de atención. Cansancio o incomodidad, tomé una decisión, espantar a todos los críos que se estuvieran fijando en mí.

Tengo un vago recuerdo en el que mi hermano (mayor que yo) estaba conmigo en algún lugar público. Descubrí a una niña mirándome (o más bien me descubrió ella a mí) e hice lo siguiente: primero la observé con descaro, intenté con ello que apartara la vista, no lo hizo. Por lo que elegí el plan B: dar una zancada hacia ella y susurrar: ¡BU! Sí, como si fuera un fantasma o una criatura terrorífica encargada de hacer que todos corran de miedo. Y lo conseguí. Se giró de inmediato hacia sus padres.

Mi hermano al darse cuenta me dijo: -¡¿Qué haces?! No puedes hacer eso…

No recuerdo bien mi respuesta, creo que fue un: “Me estaba mirando”

De esto hace ya 17 años aproximadamente y por suerte fui corrigiendo aquello. Ese recuerdo fue el que más me impactó, pero no fueron las únicas miradas que se intercambiaron a lo largo del tiempo.

Como he dicho, esa costumbre me la fui quitando, los sustos se convirtieron en un intercambio de miradas donde trataba de obligar a los demás a apartar la vista. Y esto se transformó en un juego con los críos. Ahora lo aprovecho y en ocasiones me divierto viendo como los críos me miran y normalmente les devuelvo una sonrisa. He llegado a interactuar con algunos explicándoles sin más que era porque había nacido así. A otros les tuve que responder la duda que les corroía por dentro. En otros momentos repetí aquella antigua zancada, pero no iba con ferocidad ni terror, iba con gracia y diversión y ellos se daban cuenta y disfrutaban con la tontería.

Tuve la decencia de cambiar mi actitud al respecto y me alegro muchísimo por ello, pero aun así todavía queda un resquicio de toda esta historia que tal vez algún día os cuente.


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Lucha libre

En mis charlas suelo contar una anécdota, en cierto modo, graciosa. Y digo en cierto modo porque para mí a veces era bastante agobiante.

Yo iba a una guardería en Alemania a la que iban niños con problemas psíquicos o físicos o ambas y críos que estaban bien. De esa manera nos relacionábamos todos, algo que mis padres querían inculcarme desde bien chiquitín.

Uno de los años me hice muy buen amigo de un chico turco que tenía síndrome de Down y se llamaba Ali. Él era mucho más grande que yo (aunque eso no sea muy complicado), éramos el elefante y el ratón. En los tiempos de descanso siempre nos íbamos a una plataforma, como una tarima, pero bastante grande. En medio de aquello, ambos nos poníamos a “pelear”: nos tirábamos al suelo y, al estilo lucha libre, nos poníamos encima y si el otro no podía apartarlo o levantarse, pues perdía.

Como dije, Ali era un grandullón comparado conmigo y cuando se me echaba encima era como quitarme tres veces mi peso. Yo lo pasaba mal, era un reto que quería superar, aunque creo que nunca lo conseguí. No hay ratón que pueda levantar a un elefante, al menos en esta historia.

Esto lo cuento con la intención de mostrar que a veces las cosas son como son y que no siempre se puede conseguir todo, en especial si no está dentro de los límites y las capacidades de cada uno de nosotros. Yo mismo sé que habrá cosas que no podré hacer, pero siempre trato de ver la parte buena o sacarle provecho de una manera diferente y así no se vuelve algo negativo hacia mí.


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El casco

Una de las cosas que suelo contar en las charlas y que intento describir de una forma graciosa para que podamos reírnos, es que si uno se cae aprendiendo a andar con dos piernas sanas, un crío como yo lo tiene el doble de difícil.

La pata me la pusieron desde bien pequeño y lógicamente tenía que aprender a caminar con ella. Sin embargo, los porrazos eran lo más habitual y al no tener manos con las que apoyarme en la caída pues… lo hacía mi cabeza (así me he quedado).

Acabé con muchos moratones y obviamente eso no iba a acabar bien, así que mis padres llegaron a pensar en comprarme un casco para salvar mi futura tontuna (no lo consiguieron, sigo siendo muy bobo a ratos).

Lo curioso de aquello es que fue como un aviso para mí o un chantaje o un reto, no lo sé, pero después de esa idea, aprendí a andar con la pierna artificial y evité acabar como un pequeño jugador de rugby estampándose contra el suelo cada dos por tres.


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El gato sin botas

Desde bien chiquitito adoraba gatear, era mi afición. Una “pata de palo” no era lo más cómodo, resultaba más fácil moverse por los suelos cual reptil.

Esa era mi costumbre, pero como siempre, esto se me hacía aburrido y me exigía un poco más (fue entre los dos y cuatro años más o menos), por lo que decidí convertirme en una serpiente o un gato, supongo que tendría complejo de algún animal.

El sofá y el sillón se convirtieron en una pequeña atracción por la que gatear, desde los reposabrazos hasta el respaldo. Para mí era divertidísimo, para mis padres, una manera de dejarme entretenido y además superándome un poco más, como era lo habitual.

Ni si quiera sé si lo pasaron mal la primera vez que lo hice, es algo que no recuerdo, pero si no ando mal de memoria, nunca me llegué a caer.

La parte divertida de esta historia (sí, hay algo más gracioso aún) era la visita que venía a casa… Un niño normal gateando por todos lados todavía es aceptable, en cambio, alguien como yo arrastrándose por detrás del lugar donde te sientas, pues oye, da para sustos.

Mis padres me contaban que, siempre que venía alguien y que iniciaba mi “escalada”, se les veía cara de angustia y de preocupación. Incluso se sobresaltaban en determinados momentos.

Lo malo es que todavía hay pequeños restos de aquella época y me da por hacer el mono en la calle en algunas ocasiones.