Kevin Mancojo

Diario de a bordo


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Recuerdos

Sé que soy joven aun. Tengo 26 años y en principio me quedan muchos años por vivir (nunca se sabe dónde nos acecha la muerte, sin embargo no la temo). Pero ya voy notando los años cuando echo la mirada hacia atrás y también cuando me cruzo con niños y adolescentes (que no son pocos por todo lo que hago y por el terreno en el que me muevo).

Hace unos meses recibí el correo de una maestra que tuve en la guardería cuando todavía vivía en Alemania. Al abrirlo y leerlo me emocioné un montón. Hay etapas en la vida en las que se nos cruzan personas de las que no volveremos a saber nunca más y en la infancia, en ocasiones, hay muchas de ellas. Recibir aquel mensaje me alegró el día e inmediatamente contesté.

Terminamos hablando por Whatsapp y poniéndonos un poco al día. Tras unos 21 años había muchas cosas para contar. Lo que me pareció increíble y de valorar era de la cantidad de cosas de las que aún se acordaba. Sabía el nombre de mis padres, de mi hermano, que él era mucho más mayor que yo, el pueblo en el que vivía en Alemania, etc. Supongo que cuando tu trabajo es pura vocación las cosas se recuerdan mejor.

Y es que en la guardería en la que estuve, los niños con discapacidad (que no éramos pocos) tenían su lugar y su atención cubierta. Ninguno era más que los demás, todos participábamos en las actividades y jugábamos los unos con los otros. Y esto era gracias a las personas como mi maestra que se desvivían para que simplemente fuéramos niños pasándolo bien.

Por circunstancias de la vida (casualidades de la vida lo llamo yo) iba a hacer un viajecito a Alemania, a ver a mi hermano. Evidentemente se lo conté y los dos teníamos claro que queríamos vernos para tomar algo. Ambos estábamos ilusionados con la idea de seguir contándonos cómo nos iba la vida y recordar viejos momentos.

Estando ya donde mi hermano me avisó de que se vendría otra maestra más que también estuvo en el mismo grupo. Cada vez estaba más contento. Me alegraba el pensar que tras tanto tiempo, podría ver a dos personas que formaron parte de mi infancia y que aportaron su granito de arena para que me convirtiera en quién soy hoy.

Después de vernos, abrazarnos, estar en el bar y pedirnos la cena, empecé a explicarles cómo llegué a las charlas de motivación, lo involucrado que estoy con la discapacidad y el cómo llevamos ese tema en España (en Alemania van por detrás de nosotros en algunos aspectos). Y ambas, como muchas otras personas que me conocieron siendo más chiquillo, ya veían en mí ese potencial de ayudar a otros, de inspirar a la gente, de ser capaz de sonreír frente a las adversidades, aprender de ellas y de no poner mala cara a nada ni nadie.

Me contaron lo rebelde que era ya de pequeño frente a las herramientas que me daban en los hospitales y ortopedias para facilitarme el día a día (cualquier cosa que me pusieran en mis manos terminaba lanzándolo). Y también me dijeron que tuvieron que apretar los dientes innumerables veces para dejarme hacer a pesar de querer saltar al “rescate”. Explicaron el gran trabajo que hicieron mis padres y la fuerza de voluntad que tuvieron para hacerme lo más independiente posible.

Pero aquí no acabó la cosa. Evidentemente, ellas me hablaron de sus vidas, sus trabajos y sus familias. Sin embargo, lo más nostálgico vino después. Las dos trajeron fotos de aquellos años. Mi cabeza comenzó a inundarse de recuerdos de los demás niños, de las actividades, las excursiones, los juegos… Empezaron a hablarme de unos, de otros, de lo que estábamos haciendo en la fotografía, de lo que ocurrió ese día, de lo que había sido de aquel chiquillo y del otro, del resto de maestros y un largo etcétera. Yo, por desgracia, no recordaba tanto, pero sí lo suficiente como para acabar quedándome con una de las fotos que me enseñaron en la que salía con Ali, un niño con síndrome de down. Ambos parecíamos uña y carne (nótese el chiste). Siempre le he tenido muy presente a lo largo de mi vida. Tanto, que cuando veía a alguien con síndrome de down, a mis padres les decía que era un Ali (una persona con síndrome de down). Sentí que aquella fotografía se convertiría en mi puente para llegar a nuestra infancia y nuestras aventuras.

También se abrió una puerta en el momento en el que vi otra imagen y volví a recordar a uno de los maestros que más quería, uno de los que siempre quería tener cerca y al que recuerdo con muchísimo cariño. Supongo que, aparte de que se pareciera a mi hermano por aquel entonces, se debía al hecho de que me dedicara mucho tiempo y atención, pues era el que siempre me llevaba a caballito cuando tocaba andar mucho.

Sentí lástima por no poder recordar más, de no recordar caras ni nombres. Pero aquello de lo que sí me acordaba me sacaba una sonrisa que iluminaba mi rostro.

Los tres vibramos en la misma frecuencia, sentíamos mucha nostalgia, ganas de saber de los demás, de escuchar sus historias como hicimos esa noche. Sabíamos que fue una época preciosa en la que pudimos vivir infinidad de cosas y donde le sacamos el jugo a cada experiencia.

Definitivamente pienso tener un encuentro así cada vez que vaya a visitar a mi hermano. Fue una situación preciosa y que no quiero dejar marchar. Más aún si sé que hay más maestras y maestros que podría volver a ver en otras ocasiones gracias a ellas dos que a día de hoy todavía organizan reuniones de antiguos compañeros.

Tengo que admitir que he tenido suerte con la gente que me ha rodeado, siempre me han apreciado y valorado tal y como soy. Ya desde pequeño tenía las cosas claras y en cierto modo eso hacía que las personas me apoyaran. La infancia es una etapa muy relevante para el devenir del niño en muchos aspectos y a mí me han sabido llevar por el buen sendero. Gracias de corazón.

#NuncaDejéisDeSonreír


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Una de mis manías

Llevo tiempo sin contar algo mío. A ver, sí, el blog va de mi vida, entre otras cosas, pero me refiero a algo sobre mi físico. Y hoy os voy a contar una de mis manías.

Desde hace ya muchos años que no me gusta llevar gafas de sol a pesar de vivir en una zona muy calurosa. El motivo es curioso o al menos para mí lo es; cuando me las ponía me daba cuenta de que la gente me miraba más a pesar de tratar de buscar el contacto visual. Pero lógicamente no podía haberlo, pues las gafas de sol, al ser oscuras, impedían verme los ojos.

Fue entonces cuando descubrí la diferencia entre llevarlas puestas y no. En el primer caso, por más que quisiera, no podía evitar las miradas, que en realidad me daban igual (hasta cierto punto), pero prefería, y todavía prefiero, tenerlo un poco más controlado y no ver a la gente mirando con ese descaro suyo. Y en el segundo caso yo podía devolver las miradas, “decidiendo” quién me miraba descaradamente y quién no; la mayoría de las personas que se fija en mí aparta la vista cuando yo me doy cuenta, pero esto no puede pasar si no me ven los ojos (lo que sucede cuando llevo gafas de sol).

Por lo tanto decidí no llevarlas, que en realidad me las ponía por poner, el sol nunca ha sido mi enemigo, pero al final todo esto se convirtió en una manía que dudo que vaya a cambiar, me gustan las diferentes miradas que uno se puede encontrar.

Feliz viernes, gente. Y ya sabéis, nunca dejéis de sonreír.


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Aprendiendo a andar

¿Cuánto tiempo llevo sin contar algo de mi infancia? Esta memoria mía… algún día me pasará factura.

Me apetecía preguntaros algo, tal vez os resulte estúpida la pregunta, pero en breves lo entenderéis: ¿cuántas veces habéis aprendido a andar? Sin contar las operaciones que posiblemente hayáis tenido o algún tipo de lesión, supongo que una, ¿verdad? Cuando eráis pequeños.

Pues bien, yo tuve que aprender… ni idea la cantidad de veces. Que me hicieran una pierna artificial por año (por aquello de crecer y tal, aunque yo no haya crecido mucho) daba para aprender a andar cada vez que eso sucedía. Adaptarme a una nueva siempre era difícil las primeras semanas. Había dolores por un lado, roces por otro, problemas con la articulación (la de la pierna lógicamente), la posición del pie que, si estaba mal ajustado, hasta podía darme el porrazo del siglo.

Encima llegaron un par de años en los que se hacían pruebas; que si una nueva articulación, que si un nuevo modo de agarre, que si un pie de carbono o yo que sé de qué material era, pero tenía que ser resistente (esto fue porque me cargué todos los anteriores con mis acrobacias y payasadas). En estas ocasiones era cuando más notaba los cambios y donde sin duda tenía que aprender a caminar de nuevo. Pero aquellos que ya me conocéis os estaréis imaginando que era otro reto más que tenía que superar en mi vida y sí, estáis en lo cierto (que bien me conocéis).

Por suerte me acostumbré rápido a esta última que me hicieron, que además debe resistir varios años en comparación a las anteriores, salvo que seas yo, acabes mojándola en el mar y la dejes tan destrozada que un día de estos se desmontará sola.


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La Playstation 1

Revisando mi cuadernito de ideas (apunto cualquier cosa que se me ocurra), encontré una anécdota graciosa (lo fue más en su momento, pero bueno).

Hace muchos años (que viejo suena esto), cuando yo todavía era un mocoso, hacía camping con mis padres. Allí conocimos varias familias con las que pasábamos los días y compartíamos todo. Yo para algunas de las hijas era un juguete al que dar de comer y demás y para los hijos era… ni idea, pero nos lo pasábamos bomba. Creo que por aquel entonces tenía 5 años y además una preciosa Playstation 1. Imagino que todos la conocéis, aquella consola de Sony que fue una revolución y que actualmente van por la cuarta.

Mi padre, no sé por qué, decidió traérsela. Una Playstation en un camping… Obviamente yo estaba encantado. Me enamoré de un juego llamado Tekken; era de peleas, uno contra uno. Le dediqué mucho tiempo y aprendí muchas combinaciones de botones.

Cuando llegué al camping con la consola, la enchufamos y preparamos todo, empezó el “campeonato…” Mi hermano, los hijos de las tropecientas familias y todo aquel que quisiera retarme lo podía hacer. Aquel que ganara el combate se quedaba y el perdedor dejaba a otro. Todos eran mayores que yo, como ya he dicho, era un mocoso por aquel entonces. Y no penséis que me dejaban ganar… para nada, muchos hasta se mosqueaban porque, aun jugando en serio, no salían victoriosos.

He de reconocer que de todos ellos, solo uno me podía vencer y era porque sabía cómo desviar mis ataques, por lo que yo perdí (fue así como destrocé el mando de la Play… vale, no, es broma, de ser así me hubieran quitado la consola).

Recuerdo a mi padre con una sonrisa de oreja a oreja y yo obviamente no iba a ser menos. Nos deleitábamos con la ira con la que se marchaban muchos tras perder el combate. Nos reíamos constantemente.

Para que luego digan que cómo juego a la Play; ahí tenéis una historia totalmente real. Sé que no os responde a la pregunta, pero me da igual, ya llegará el momento de esa respuesta.

Quiero terminar con una pregunta: ¿Cuál es vuestra consola favorita, si es que tuvisteis alguna? ¿Y vuestro juego preferido? Vale, son dos preguntas y no una, ya no sé ni contar…


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Miradas

Hoy me apetecía recordar una pequeña parte de mi infancia. Una parte en la que aún no asumí ciertas cosas.

A los 4 años o así decidí espantar a aquellos que miraran mis problemas físicos descaradamente. Cuando estaba fuera, en algún lugar público, la gente obviamente veía que había algo que no cuadraba en mí, los niños sobre todo, los que por aquel entonces tenían mi edad más o menos.

Yo, por un motivo u otro, les devolvía la mirada, pero no era una como la actual, era una mirada penetrante y creo que llena de rabia. Seguramente fuera por estar cansado de tener tantos ojos pegados a mí. O a lo mejor simplemente era que me sentía incómodo al ser el centro de atención. Cansancio o incomodidad, tomé una decisión, espantar a todos los críos que se estuvieran fijando en mí.

Tengo un vago recuerdo en el que mi hermano (mayor que yo) estaba conmigo en algún lugar público. Descubrí a una niña mirándome (o más bien me descubrió ella a mí) e hice lo siguiente: primero la observé con descaro, intenté con ello que apartara la vista, no lo hizo. Por lo que elegí el plan B: dar una zancada hacia ella y susurrar: ¡BU! Sí, como si fuera un fantasma o una criatura terrorífica encargada de hacer que todos corran de miedo. Y lo conseguí. Se giró de inmediato hacia sus padres.

Mi hermano al darse cuenta me dijo: -¡¿Qué haces?! No puedes hacer eso…

No recuerdo bien mi respuesta, creo que fue un: “Me estaba mirando”

De esto hace ya 17 años aproximadamente y por suerte fui corrigiendo aquello. Ese recuerdo fue el que más me impactó, pero no fueron las únicas miradas que se intercambiaron a lo largo del tiempo.

Como he dicho, esa costumbre me la fui quitando, los sustos se convirtieron en un intercambio de miradas donde trataba de obligar a los demás a apartar la vista. Y esto se transformó en un juego con los críos. Ahora lo aprovecho y en ocasiones me divierto viendo como los críos me miran y normalmente les devuelvo una sonrisa. He llegado a interactuar con algunos explicándoles sin más que era porque había nacido así. A otros les tuve que responder la duda que les corroía por dentro. En otros momentos repetí aquella antigua zancada, pero no iba con ferocidad ni terror, iba con gracia y diversión y ellos se daban cuenta y disfrutaban con la tontería.

Tuve la decencia de cambiar mi actitud al respecto y me alegro muchísimo por ello, pero aun así todavía queda un resquicio de toda esta historia que tal vez algún día os cuente.


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Lucha libre

En mis charlas suelo contar una anécdota, en cierto modo, graciosa. Y digo en cierto modo porque para mí a veces era bastante agobiante.

Yo iba a una guardería en Alemania a la que iban niños con problemas psíquicos o físicos o ambas y críos que estaban bien. De esa manera nos relacionábamos todos, algo que mis padres querían inculcarme desde bien chiquitín.

Uno de los años me hice muy buen amigo de un chico turco que tenía síndrome de Down y se llamaba Ali. Él era mucho más grande que yo (aunque eso no sea muy complicado), éramos el elefante y el ratón. En los tiempos de descanso siempre nos íbamos a una plataforma, como una tarima, pero bastante grande. En medio de aquello, ambos nos poníamos a “pelear”: nos tirábamos al suelo y, al estilo lucha libre, nos poníamos encima y si el otro no podía apartarlo o levantarse, pues perdía.

Como dije, Ali era un grandullón comparado conmigo y cuando se me echaba encima era como quitarme tres veces mi peso. Yo lo pasaba mal, era un reto que quería superar, aunque creo que nunca lo conseguí. No hay ratón que pueda levantar a un elefante, al menos en esta historia.

Esto lo cuento con la intención de mostrar que a veces las cosas son como son y que no siempre se puede conseguir todo, en especial si no está dentro de los límites y las capacidades de cada uno de nosotros. Yo mismo sé que habrá cosas que no podré hacer, pero siempre trato de ver la parte buena o sacarle provecho de una manera diferente y así no se vuelve algo negativo hacia mí.


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El casco

Una de las cosas que suelo contar en las charlas y que intento describir de una forma graciosa para que podamos reírnos, es que si uno se cae aprendiendo a andar con dos piernas sanas, un crío como yo lo tiene el doble de difícil.

La pata me la pusieron desde bien pequeño y lógicamente tenía que aprender a caminar con ella. Sin embargo, los porrazos eran lo más habitual y al no tener manos con las que apoyarme en la caída pues… lo hacía mi cabeza (así me he quedado).

Acabé con muchos moratones y obviamente eso no iba a acabar bien, así que mis padres llegaron a pensar en comprarme un casco para salvar mi futura tontuna (no lo consiguieron, sigo siendo muy bobo a ratos).

Lo curioso de aquello es que fue como un aviso para mí o un chantaje o un reto, no lo sé, pero después de esa idea, aprendí a andar con la pierna artificial y evité acabar como un pequeño jugador de rugby estampándose contra el suelo cada dos por tres.