Kevin Mancojo

Diario de a bordo


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Otro viaje más

Sé que he desaparecido varios días, pero sigo vivo, no os preocupéis (aunque por los pelos). Una de las noticias que os tenía que haber contado la última vez que escribí era que me iba de viaje, sin embargo, me apetecía sorprenderos, como de costumbre.

Ya sabéis que tenía la pata chula fastidiada y tenía que solucionarlo tarde o temprano (más temprano que tarde) y rápidamente organicé el viaje. Busqué los billetes para Alemania, la fecha, el dinero, cuadrarlo con los técnicos y mi hermano, etc. Todo cuadraba y… ¡Voilá! Estoy a unos 2.000 km de mi casa (o eso creo, ni idea), pasando un poquito de frío. Aunque según me han dicho, por allí está lloviendo, así que no hay mucha diferencia.

Llevo varios días de no parar y se nota; estoy modo guiri y voy de un lado para otro con mi hermano sorprendido de todo lo que descubro o incluso, en algunos casos, descubrimos. Nos hemos llegado a “perder” en determinados momentos y terminamos por ver calles y lugares muy interesantes.

Hemos visto ciudades desde lo más alto, hemos hecho “senderismo”; bajamos unos 1.000 escalones de piedra de todas las formas y tamaños (maldita montaña, que asco le he cogido a las escaleras, vaya agujetas tuve). Llegamos a sentirnos como en el Central Park de Nueva York en un jardín botánico al que fuimos. Tuve la suerte de poder usar un dron (de esos avioncitos que tiene una forma cuadrada y hélices en cada esquina). Eso sí, volar lo volé, y no me refiero a explotarlo. Usé mi Gopro para grabar todo lo posible con el cacharro, que en realidad parece un helicóptero porque consigue mantenerse en un mismo punto sin moverse. Y muchas más cosas que han sucedido y que espero enseñaros más tarde.

Por supuesto solucioné lo de mi pierna artificial. Y aunque viniera por eso, en realidad parece que he venido de visita para ver todo esto y la verdad, lo estoy aprovechando.

Además trato de grabarlo todo para poder hacer después un vídeo, ya sabéis que me ha dado por hacer eso (qué cosas, oye). Encima mi hermano me busca lugares en los que termino con la boca abierta (los veteranos del blog lo entenderéis).

Para cuando vuelva tendré mucho para editar, pero después podréis ver un vídeo o tal vez haga varios, eso todavía no lo sé. Sea come sea, habrá algo.

Disfrutad del fin de semana y del resto de días porque como siempre os digo… nunca dejéis de sonreír.


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Un par de charlas muy familiares

Estos días han sido de no parar y podría escribir sobre varias cosas la verdad, pero me voy a centrar en la más reciente: la charla que he dado a los de 1º de bachiller (ya vamos subiendo de años) del instituto en el que estudié. En realidad di otra también a los de 4º de la ESO del mismo centro hace un par de días, por lo que voy a tratar de concentrar el tema en estas dos charlas.

Para empezar, gracias a los profesores de mi antiguo instituto, algunos ya me ven más que cuando me daban clase. A mí sinceramente me agrada estar por allí porque veo caras que, cuando salí de allí, apenas tenían pelos en la cara y ahora tienen más barba que yo.

Me he dado cuenta que según voy dando charlas, voy pensando qué cosas de mi filosofía puede interesar más o menos, y cada vez logro condensarlo más para llegar al objetivo que generalmente quiero o que me piden los profesores. Estas dos charlas las traté de centrar en la adolescencia, en la capacidad de lograr superar los obstáculos y de ser capaces de ser feliz con uno mismo. Que en realidad es de lo que hablo siempre, pero en estas dos ocasiones he contado cosas que podían darles qué pensar a los chicos (una de ellas merece una entrada porque interesa bastante, pero eso ya para otro día).

Como siempre digo, con cada charla voy aprendiendo.

Lo que más me encanta son las caras de los chavales. Desde que un profesor me enseñó a mirar a todo el público, he descubierto muchas caras y gran parte de ellas de interés. ¿Recordáis la entrada de “La boca, la reguladora de la concentración“? Pues aquí pasa lo mismo, de vez en cuando veo rostros muy atentos y bocas muy abiertas, algunas por bostezos, pero en cuanto los cazo ya suelto una de mis chorradas para que se les quite el sueño, no es algo que me cueste mucho, ya sabéis lo payaso que soy.

Encima, después de las charlas he podido hablar con alguno de ellos; al ser de mi instituto, tengo trato con gran parte de los alumnos. Así pude saber sus opiniones. Y malas no son, aunque tal vez me estén haciendo la pelota… se creerán que yo los puedo aprobar, pobres insensatos…

Chicos, si leéis esto y algún día necesitáis ayuda, ya sabéis, os echaré una mano (va en serio).


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El escorpión y el pato

Hace tiempo me contaron una historia que hoy me apetecía compartir con vosotros. Aquí va:

Había una vez un escorpión que estaba caminando sin parar y se encontró con un río que necesitaba cruzar. Miró a su alrededor y no encontraba el modo de hacerlo hasta que divisó un animal en el agua.

-Pato- llamó el escorpión-, ¿podrías venir un momento?

-¿Para qué? ¿Qué es lo que quieres?- preguntó cauteloso el ave, mientras se mantenía a una distancia segura.

-Necesito cruzar el río y tú me podrías ayudar- suplicó.

-¿Y cómo quieres que lo haga?

-Déjame montar a tu espalda y después solo debes nadar hasta la otra orilla. Allí me bajaré- le explicó.

-Tú sabes que eres un escorpión, ¿no?- nadaba en círculos frente a él.

-Sí, ¿y qué?- preguntó.

-Que si te dejo subir, me picarás, me envenenarás y moriré- contestó.

-De hacerlo, yo también moriría. ¿De verdad crees que busco mi muerte?

Estas palabras hicieron reflexionar al pato y poco a poco se fue acercando a la criatura.

-¿Estás seguro que no me harás nada? No quiero morir- insistió.

-Te repito que yo tampoco.

-De acuerdo, sube.

El escorpión le hizo caso y se puso a la espalda del pato. Este nadaba como siempre, al principio con gran temor por lo que pudiera ocurrir debido a su pasajero, pero según avanzaba ese miedo se marchaba hasta que de repente notó un pinchazo.

-¡¿Qué haces?! ¡¿No decías que no me ibas a picar?! ¡Ahora moriremos los dos!- el terror se apoderó del ave, mientras notaba como se le iban las fuerzas con rapidez.

-Pe-perdón… de veras que lo siento- apenas le salían las palabras-. Yo no quería, pero… mi naturaleza… no podía controlarla, no podía detenerla- se lamentaba mientras sentía como llegaba su hora, junto a aquel que trató de ayudarlo segundos antes…


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Manías de madres

¡Viernes! ¿Y qué pasan los viernes? ¡Y yo que sé lo que hacéis el “último” día de la semana! A mí no me miréis, yo fui al cine, quería ver “Birdman”. No me comentéis respecto a este película por favor os lo pido, me han dicho rotundamente que nada de opiniones, ni comentarios, ni leches sobre ella.

El problema es que al final no la echaban… claro, es viernes, estrenaban “Chappie”, que listo soy… Así que miré la cartelera y busqué otra que dieran sobre la misma hora y acabé viendo “Kingsman” que en mi opinión es normalita, es para pasar la tarde, nada más.

Y de camino a casa pensé: “Oye, Kevin, ¿y si haces una categoría para comentar películas?”. Y, bueno, ahí os lo dejo, si os parece bien y en los comentarios me decís que sí, pues la hago.

Volviendo a lo de que hoy es viernes, llevo desde ayer hablando con la monitora del gimnasio (sí, vuelvo a ir al gimnasio por fin, que ganas tenía, ya hablaré de esto en otro momento) sobre la sobreprotección de las madres con sus hijos en la edad adolescente, o más bien, cuando empiezan a salir de fiesta. Me hizo gracia todo lo que me contó que hacía, imagino que es lo típico: llamadas y mensajes, entre otras cosas.

Más curioso me parece que la preocupación sea en vano, es decir, tu hijo puede salir de fiesta y si le tiene que aterrizar un avión en la cabeza, le aterrizará, lo llames cada hora o no. Y otra cosa interesante, aunque no se puede generalizar tanto en este caso: los padres son más despreocupados. No sé qué tenéis las madres con esa sobreprotección, imagino que es genética pura y dura, como le sucede a cualquier animal (no, no os estoy llamando animales aunque en realidad los humanos somos mamíferos así que teóricamente lo somos).

El problema de esto es que vais a estar incómodas durante toda la noche sin motivo alguno, ya os digo que si tiene que pasar algo, pasará. Y cuando empezáis a preguntar determinadas cosas (lugar, amigos, lo que hacen, hora de regreso…), los hijos acaban mintiendo según les convenga. ¿Quién no ha suavizado la “verdad” para despreocupar a una madre? Además de que al final se hace pesado ese interrogatorio, del cual los chavales acaban pasando y hacen oídos sordos.

¡Ah! ¡Y otra cosa! Recordad que también fuisteis adolescentes… No voy a meter a todas las personas en el mismo saco, pero en la edad del pavo, muchos hemos hecho alguna que otra locura y seguro, segurísimo, que peores que las que hacen vuestros hijos actualmente.

Ya, sé que el día que sea padre veré todo esto distinto, al menos eso me diréis algunos. No os lo puedo negar porque por ahora no veo el futuro, pero creo que soy muy simple como para no dormir a gusto.

A pesar de todo, esto no es un reproche, ni una bronca, ni nada de nada. Solo es gracioso como los papeles se terminan cambiando y como al final todo sigue su cauce: las madres preocupadas, los hijos de fiesta, llamadas perdidas, etc.

Para las que sean principiantes, os diré que cuando pasan unos añitos os acabáis acostumbrando, lo sé porque la mía, que es de las que se asusta con nada, ya está medio acostumbrada. Aunque supongo que este miedo nunca se irá del todo.

Yo solo os puedo decir que… nunca dejéis de sonreír.


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Resetear mi vida

Aquellos que me conocen ya, aunque sea un poquito, saben lo curioso que soy y lo inquieto que puedo llegar a ser. Es una de las cosas que más me gusta de mí; me ha llevado a conocer cosas muy interesantes y filosofías que ahora forman parte de mi vida, a querer llegar más allá de donde se suponía que quería llegar en un principio, a tratar de no pararme nunca.

Y lo malo es que, y creo que es el motivo por el que no he mantenido el blog a raya, últimamente vuelvo a sentirme un poco estancado, es decir, no hay nada nuevo. He de decir que habrá cosas diferentes, aunque no lo parezca, de vez en cuando surgen algunas llamadas interesantes. Pero es que vivir en un pueblecito con 22 años creo que es como encerrar a un ratón en una caja de cerillas.

Imagino que todos aquellos que me lean y sean mayores habrán vivido como mínimo en dos lugares distintos. Y ya ni hablo sobre viajar, que supongo que de eso ha habido muchas más ocasiones todavía. Esto lo digo porque, a pesar de acabar echando en falta el lugar donde uno crece, se necesita la experiencia de vivir en otros lugares y de conocer mundo, sobre todo si se es un culo inquieto como yo.

Llevo medio año más o menos pensando en salir de aquí y no es porque deteste a mis amigos, jugar a “Pueblo duerme” sin ellos se me hará raro el día que no vea sus caras. Tampoco es porque odie mi pueblo o sus habitantes, para nada, simplemente necesito esa otra experiencia, otra forma de vida. Necesito caras, lugares, ideas, filosofías, opiniones nuevas. Fuera de aquí hay tantas cosas que se saldrían de lo normal, aunque… ¿qué es lo normal? ¿Mi rutina? ¿Mi gente y los del pueblo? Estas preguntas creo que indican que debería de salir de aquí por un tiempo porque lo que hay fuera de este lugar para nada es raro o extraño (hay excepciones), solo diferente a lo que veo cada día.

Todo esto lo llamo reseteo; pienso que es necesario empezar desde cero en algunos momentos de nuestras vidas para descubrirnos a nosotros mismos. Si siempre hacemos lo mismo, estamos con las mismas personas y vemos los mismos lugares día sí y día también, ¿cómo narices vamos a crecer como personas? Es como querer estudiar una carrera y emplear los libros del instituto; nos darán la base, pero tenemos que adquirir más conocimientos y eso se consigue con otros libros.

Si por mí fuera pasaría un año sabático recorriendo mundo, y no en unos meses, lo haría con tranquilidad. Si algún día hiciera algo así, me tomaría mi tiempo para permanecer en cada sitio nuevo durante unos cuantos días, me atrevería a decir una semana.

A pesar de llevar pensando en todo esto ya bastante tiempo, me parece que aún temo dejar ciertas cosas atrás o tal vez es el miedo a lo que me podría esperar. Sinceramente creo que hubiera podido irme a vivir fuera cuando me lo planteé, pero lo estoy atrasando poco a poco sin darme cuenta de que es ahora o nunca. Y sé que si lo sigo dejando acabaré arrepintiéndome, todo tiene su momento en esta vida y me parece que este es el adecuado para cambiar de aire.

Así que he llegado a una conclusión, mover mi culo de esta silla para no quedarme estancado y buscar lo que quiero, es una meta que tengo en mente y que acabaré por cumplir. Y eso va por todos; si sentís esa necesidad de salir del lugar de donde vivís, hacedlo. Tened un poco de cabeza con vuestros actos, no os marchéis sin tener como mínimo un objetivo, pero hacedlo, aunque solo sea durante unos meses. Eso os demostrará si de verdad necesitabais un cambio o no.


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Pueblo duerme

Ayer fue el cumpleaños de un amigo mío y le hicimos una fiesta sorpresa. Todo salió de lujo, incluso se nos emocionó porque no esperaba nada de nada y encima conseguimos reunir unas 20 personas (algo difícil cuando hay carreras y trabajos de por medio).

Tras picotear, sacar los regalos y comer tarta, me apetecía jugar al pueblo duerme, un juego de cartas que es jodidamente entretenido. Para aquellos que no sepan de que va, aquí la explicación (os advierto, soy malo explicando el maldito juego a pesar de ser fácil):

Tiene que haber más o menos unas 10 personas y alguien que haga de “madre”. A cada una las personas que juega se le reparte dos cartas (nadie puede ver las de los demás), pero antes se debe decidir qué carta va a ser la que designe al asesino o asesinos, esto ya depende de la cantidad de participantes que haya (nosotros usamos el as). Una vez hecho el reparto, la “madre” da unas consignas: “pueblo duerme” y todos cierran los ojos. “Asesinos despiertan” y los que lo sean abren los ojos, señalan a un jugador para “asesinarlo”. “Asesinos duermen, pueblo despierta” y todos abren los ojos. La “madre” dice a quién han asesinado, la víctima debe levantar una de las dos cartas (se elige por mayoría) y comienza el debate, pues se empieza a buscar al asesino.

Aquí viene lo divertido, ya que es donde se involucran las dotes de cada uno de los asesinos para mentir, disimular, culpar, etc. y evitar que lo cacen. Yo personalmente no es que sea muy bueno, aunque en la última partida me cargué a unos cuantos. Luego teníamos a un amigo que cazaba a todos los asesinos, tenía tan buen ojo que terminamos por matarlo constantemente. Y la verdad es que es una chulada de juego porque influyen muchísimas cosas y se discuten miles de tonterías que al final a lo mejor no son nada o lo son todo. A veces los asesinos acaban enfrentando a ciertas personas mediante asesinatos muy específicos o simplemente matan para eliminar jugadores, eso depende de cada uno. Tuve momentos de dolor de barriga de las veces que me reía, viendo como algunos se peleaban por culpar a uno u a otro.

Y esto viene a cuento de que me encantan las tardes-noches de casa y juegos de mesa. Al principio nadie quería jugar, yo fui preguntando y muchos me ponían cara de que no les apetecía y al final éramos casi todos los que acabamos jugando. Lo mejor de esto es que pasamos dos horas con el juego y nadie se enteró de ello.

Con esto quiero decir que estos momentos normalmente se hacen inolvidables y encima provocan ganas de más, al menos a mí me pasa. Son momentos de competitividad, de risas, de piques…

Posiblemente hubiéramos seguido jugando gran parte de la noche de no ser porque había personas que les apetecía salir a tomar algo, y eso hicimos.

Dicho esto, viene la lección del día: ¡no juguéis juegos de mesa que las horas se os pasan volando y al final no hacéis las tareas que teníais que hacer! Es broma, solo puedo decir que disfrutéis de esos momentos cuando surjan y que los apreciéis. Yo hubiera seguido jugando la verdad, prefiero eso antes que salir, pero siempre viene bien dosificar un poco y variar.


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Una de mis manías

Llevo tiempo sin contar algo mío. A ver, sí, el blog va de mi vida, entre otras cosas, pero me refiero a algo sobre mi físico. Y hoy os voy a contar una de mis manías.

Desde hace ya muchos años que no me gusta llevar gafas de sol a pesar de vivir en una zona muy calurosa. El motivo es curioso o al menos para mí lo es; cuando me las ponía me daba cuenta de que la gente me miraba más a pesar de tratar de buscar el contacto visual. Pero lógicamente no podía haberlo, pues las gafas de sol, al ser oscuras, impedían verme los ojos.

Fue entonces cuando descubrí la diferencia entre llevarlas puestas y no. En el primer caso, por más que quisiera, no podía evitar las miradas, que en realidad me daban igual (hasta cierto punto), pero prefería, y todavía prefiero, tenerlo un poco más controlado y no ver a la gente mirando con ese descaro suyo. Y en el segundo caso yo podía devolver las miradas, “decidiendo” quién me miraba descaradamente y quién no; la mayoría de las personas que se fija en mí aparta la vista cuando yo me doy cuenta, pero esto no puede pasar si no me ven los ojos (lo que sucede cuando llevo gafas de sol).

Por lo tanto decidí no llevarlas, que en realidad me las ponía por poner, el sol nunca ha sido mi enemigo, pero al final todo esto se convirtió en una manía que dudo que vaya a cambiar, me gustan las diferentes miradas que uno se puede encontrar.

Feliz viernes, gente. Y ya sabéis, nunca dejéis de sonreír.