Kevin Mancojo

Diario de a bordo


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Tan simple

Las sensaciones que pueden aflorar en una persona con cosas tan banales como unos árboles en flor.

Este fin de semana me tocó otra excursión con amigos para ir a ver la floración de Cieza (Murcia). Yo no sabía de su existencia hasta que hace un año o dos, en las redes sociales, vi muchas fotos de los diferentes árboles repletos de unas flores rosáceas que llamaban mucho la atención. En aquel momento lo anoté en mi lista de cosas para ver antes de morir y al fin pude pisar aquellas tierras.

¿Sabéis esos viajes en coche donde el paisaje comienza a cambiar poco a poco y deja de tener unos colores para acabar teniendo otros? Pues algo parecido ocurrió según nos íbamos acercando a Cieza. La ciudad en sí no la había visitado nunca y, aunque la recorriéramos en coche, me llamó bastante la atención. Pero es que cuando descubrimos los campos en flor ya me terminé enamorando del todo. Es curioso como algo tan simple es capaz de generar tantas emociones.

Me podría haber tirado horas entre los árboles paseando. Además, mi ojo fotográfico me pedía fotos, muchísimas fotos, pero no tenía cámara (la mía se me fastidió). Así que tiré de lo que tenía: el móvil. Mis amigos y yo nos empezamos a hacer una mini sesión aunque fuera con nuestros móviles. Tengo claro que he de volver con cámara y hacer fotografías súper elaboradas.

Los colores son capaces de generar emociones en las personas (hay tablas y gráficos sobre ello) y el de estas flores provocaba una sensación muy bonita, de dulzura, de estar muy a gusto. Recuerdo que había muchísimas abejas y, a pesar de que mis amigos y yo solamos evitar a estos bichos, estábamos muy tranquilos haciéndonos las fotos. No nos molestaban, ni nosotros a ellas. Todo era calma.

Siempre he tenido debilidad por la naturaleza. Suelo decir que tengo sensibilidad por y para el mundo, lo cual hace que una experiencia de lo más simple provoca en mí una reflexión o que me emocione o tal vez ambas. Así que imaginad cómo me puse aquel día al ver los campos tan rositas. No necesitas nada más para tenerme entretenido un día entero.

Encima se sumaba el solazo que tuvimos. Digan lo que digan, el sol da vida (literalmente incluso). Daban ganas de pasearse, de descubrir rincones nuevos y simplemente pasar las horas fuera de casa.

Tener un buen día a veces solo surge si decides salir a la calle a dar una vuelta. En ocasiones, si todo cuadra, podrás acabar con una sonrisa de oreja a oreja con muy poco. En mi caso fue suficiente con ver la floración de Cieza.

#NuncaDejéisDeSonreír


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La rutina

La rutina, la cruel asesina de los culos inquietos como yo. Y supongo que para muchas otras personas. Al fin y al cabo, repetir lo mismo un día tras otro te termina devorando por dentro sin que te des cuenta.

He de decir que, aunque la vida se vuelva repetitiva, siempre hay pequeños detalles que la hacen distinta, para bien o para mal. Vamos, que aunque tengas una rutina, al final hay pequeñas variaciones entre un día y otro, ya sea una llamada inesperada, un desvío para volver a casa a causa de unas obras o las personas con las que te cruzas.

Sin embargo, a rasgos generales, todo se repite día sí y día también. Llegamos a automatizar tantísimos movimientos que no tenemos ni que pensar. Parecemos zombis o un robot ya programado.

Eso no es vida desde mi punto de vista, pero eso es otro tema que da mucho de sí. A lo que he venido hoy a contar es que yo necesito cambios cada cierto tiempo. Recuerdo que antes viajaba un par de veces al año, si es que viajaba. Ahora viajo como mínimo tres veces al año (aunque este 2020 pinta mucho más tranquilo). Sentía, y siento, como si estuviera entre cuatro paredes que cada vez se encogen más y más hasta asfixiarme. Me agobiaba pensar que no había cambios en mi vida, que no la estaba aprovechando. No crecer (a todos los niveles) me generaba malestar. No descubrir nada nuevo me mataba poco a poco. Sabía que, con mi forma de ser, los viajes me servirían para renovar energías y encontrar mejores versiones de mí mismo.

Reseteo, así lo llamo yo. Cada cierto tiempo necesito resetear mi vida, cortar por lo sano, desconectar de todo (amigos y familia incluidos) y empezar a descubrir mundo.

Llegué a apuntarme al curso de monitor y tiempo libre sólo para conocer gente nueva y aprender cosas distintas. Me sirvió. Conseguí resetear.

Y el sábado tuve la oportunidad de ir con dos amigos a Orihuela, una ciudad a la que nunca había ido, para visitar su mercado medieval. Además, aprovechamos la situación para pasar por el embalse de la Pedrera, un lugar precioso y con un agua turquesa que me enamoró.

A pesar de que con mis amigos cada día es una aventura, a veces necesitamos cambiar de aires, y ese “viajecito” (echamos la tarde allí) nos sentó genial. Llevaba bastante tiempo sin pisar lugares desconocidos para mí y me volví a sentir vivo una vez más.

Encontrarme con el embalse y la tranquilidad que lo rodeaba hacía que tuviera ganas de quedarme allí, al sol, observando el turquesa del agua. Y el mercado medieval ya ni os cuento… Había una barbaridad de puestos que cruzaban casi la ciudad entera. Todo muy ambientado, tanto los puestos como la decoración de las calles. Incluso pudimos ver un torneo medieval en el que acabé inmerso. Y según íbamos recorriendo los diferentes lugares en el que se celebraba el mercado, podíamos ver pequeños espectáculos como unos malabaristas disfrazados de bufones. Fue increíble. No dudaría en volver otro año.

Soy de esas personas que abre los ojos como platos cuando ve algo que no sea su pueblo, flipando con todo lo que le rodea, igual que un niño pequeño. También tengo mucha sensibilidad con y para el mundo y eso hace que viva con mucha fuerza las experiencias nuevas (y las no tan nuevas). Así que, imaginad lo fácil que es sacarme de mi rutina. Como si me llevas a un bar nuevo al que no había ido nunca. Con eso es suficiente para mí.

No necesito que me propongas un gran plan, simplemente uno que me saque de mi casa y poco más. Con eso yo normalmente ya rompo con mi rutina.

En ocasiones me toca a mí mismo buscarme la vida y termino aprovechando oportunidades. Como cuando me fui a Peralta (Navarra) tras la invitación de una amiga que estaba viviendo allí.

Y hasta hace poco tenía en mente viajar a Italia solo, mi intuición me decía que debía hacerlo por mi propia cuenta. Pero ha surgido otro viaje mucho más grande y que posiblemente me vaya a marcar mucho, así que toca aplazar la visita a Roma por ahora.

Sea como sea, tengo la suerte de que en mi vida hay muchas oportunidades para salir de mi día a día. Ya sea por proyectos, por propia iniciativa, por amigos o por familia, al final, justo cuando necesito desconectar, llega algo que me da un buen chute de energía con el que reseteo una vez más.

Ojalá pudiéramos cambiar la situación según se nos antojara, según lo necesitáramos y ya está. De estar hasta las narices de todo a desaparecer una temporada para encontrarte a ti mismo. Devolvernos la humanidad con la que vinimos al mundo y perder esa sensación de autómata que nos fue invadiendo con los años.

Por ahora tocará aprovechar las vacaciones para desconectar un poquito, aunque sean unos días. Más vale eso que nada.

#NuncaDejéisDeSonreír


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La DANA

Ya lo decía mi padre: “el día que la Tierra se canse de nosotros nos echará”. ¡Y qué miedo cuando ese día llegue!

La DANA (Depresión Alta en Niveles Altos) se ha convertido en la mayor catástrofe natural que he podido vivir en mis propias carnes en mis 26 años. Llevo 19 viviendo en un pueblo de Murcia y he podido disfrutar de su sol durante muchísimo tiempo. Y sí, ha habido vientos que parecían decididos a tirar palmeras, y tormentas que creíamos preocupantes. Pero Dana… Ella es la gota fría que más nos ha helado a todos.

El temor ya venía asomando a lo lejos; la tormenta eléctrica que alumbraba el cielo e incluso, por unos instantes, algunos hogares…

En cambio, aquello no era nada comparado con lo que se avecinaba. Ese momento en el que estás con la mente más en ver qué cenar que en cualquier otro sitio se desvaneció en el momento en el que comenzó el verdadero diluvio. Las precipitaciones no fueron aumentando con el tiempo, directamente cayó una tromba de agua que asustaba a cualquiera.

Por norma general no suelo darle importancia a este tipo de situaciones. Sin embargo, la tempestad hizo que eso cambiara. Estaba nervioso y en mi cabeza estaba la constante posibilidad de que pudiera entrar agua por algún rincón de la casa. Y no, al comienzo de toda esta locura no había nada de lo que preocuparse. Así que me metí a la cama y conseguí dormir.

Sin embargo, llega el primer susto. De repente un ruido me despierta. Suena el timbre de casa de manera constante, como si alguien le estuviera apretando al botón sin quitar el dedo. Mi madre, que apenas pudo pegar ojo, y yo salimos a ver qué pasaba. Al parecer la lluvia mojó todo de tal manera que algún cable haría contacto para que aquel sonido se hiciera eterno. Por probar le dimos al botón y de repente dejó de sonar. Menos mal.

Una vez más vuelvo a dormir, pero hasta el segundo asalto. Esta vez suena el váter de mi madre de tal manera que creíamos que de allí iba a salir un chorro de agua infinita. A decir verdad, a aquello no pude darle ninguna explicación, pero no fue más que otro susto. Sonó sin más para hacer que nos levantáramos de la cama otra vez.

En esta ocasión y viendo el panorama decidí, antes de volver a meterme bajo la manta, mirar en la buhardilla. Tal fue la sorpresa que me encontré con una leve gotera (con unas toallas se solucionó), pero que no creía ni posible. Además, mi madre descubrió que por el escape del calentador de agua (una especie de “chimenea”) que da al exterior entraba agua. Algo que por suerte pudimos solucionar también con algunos trapos.

Lo último que nos ocurrió y que apenas nos preocupó tras todo lo anterior, era la luz. Se nos fue y sin duda que Dana tuvo la culpa. Supongo que quiso demostrarnos que sus rayos también podían alumbrar nuestro hogar.

Pude dormir el resto de la noche, teniendo en cuenta que sobre las 6 de la mañana me desperté una vez más por la tormenta. Unas horas más tarde, cuando ya me desvelé por completo, Dana decidió dejarnos atrás para seguir atormentando a otras personas.

Admito que lo que ocurrió en mi casa no fue nada comparado con lo que ocurrió en lugares donde la acumulación de agua hizo verdaderos estragos. Paredes caídas, carreteras inundadas, descampados que se convirtieron en piscinas, piscinas que desaparecieron bajo tanta agua… Aun así los nervios pesan cuando no sabes de lo que es capaz de hacer la madre naturaleza si se enfada de verdad.

Pero ya sabéis como soy, pretendo ver el lado bueno de todo. Y aunque aparentemente es difícil de ver esa parte positiva en esta ocasión, sí descubrí que en estas circunstancias tan complicadas, la gente se vuelve mucho más solidaria. Incluso aparecen héroes sin capas que arriesgan sus propias vidas para salvar la de otros. También fue de valorar el trabajazo que hicieron todas las organizaciones involucradas como la policía local, protección civil, los bomberos…

Y aun a día de hoy están todos ayudando a restaurar la normalidad con toda la rapidez posible para que podamos dejar atrás cuanto antes esta catástrofe natural que ha provocado la DANA.

Yo mismo fui ayudar a limpiar parte del barro que había en mi antiguo instituto cuando pasé por allí para ver cómo estaba. Me emocioné al ver los numerosos voluntarios que había y que se dispusieron a dejar todo como estaba antes.

Incluso soy consciente de que estos días ha venido gente de otros municipios menos afectados para colaborar en las diferentes limpiezas. Y también es de valorar la cantidad de personas que están donando cosas para aquellos que hayan sufrido pérdidas.

Como digo, la solidaridad coge fuerza en este tipo de situaciones y es con lo que me quiero quedar. En el día a día podemos ser todo lo egoístas que queráis, pero a la hora de la verdad tendemos nuestro brazo a cualquiera que lo necesite de verdad. Somos conscientes de que entre todos podemos crecer y avanzar hacia un futuro mejor.

Ojalá sacáramos nuestro lado más humano más a menudo, pero hasta entonces…

#NuncaDejéisDeSonreír


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18 días

 

Me he tirado 18 días fuera de casa, empalmando 3 viajes distintos (con amigos el primero, por un proyecto el segundo y el tercero para dar unas charlas). Pisando más de 10 pueblos y ciudades distintas, hablando 4 idiomas diferentes y aprendiendo frases y palabras de alguno más. Conociendo gente de otros países, intercambiando culturas y gastronomía, aprendiendo un poquito más sobre música. Cantando incluso en idiomas que no conocía. Descubriendo personas con discapacidades de todo tipo y que son capaces de superarse cada día. Viendo como hay quién se desvive por su vocación. He servido de ayuda a la gente que de verdad lo necesitaba y que se ha cruzado conmigo. Nos desesperamos tras perder la maleta de una compañera y nos pusimos nerviosos cuando se nos canceló un vuelo. He trasnochado un par de veces y he recuperado las horas no dormidas en aviones  y autobuses. Pude enseñar a otras personas jugar juegos de cartas y también me enseñaron a jugar juegos nuevos. Filosofé en muchas ocasiones, intercambié opiniones e ideas, aprendí alguna que otra lección. Pude convivir, una vez más, con amigos e hice amigos conviviendo. Descubrí que internet era mi trabajo, pero que sin él podía vivir en un mundo nuevo y distinto. Me adentré en un bosque y conecté con él hasta el punto de ver y oír animales que por lo general huyen de los humanos. Pisé el escenario de varias series y de algunas películas. Continué coleccionando postales. Almacené mis recuerdos en una barbaridad de fotos y vídeos. Me crucé con personas tan amables que hicieron mis días más bonitos. Encontré el verdadero significado de altruismo. Observé que las historias hacen a las personas y, a veces, las personas hacen historia. Me he reído, me he emocionado, he acabado agotado y he sido abrazado. Fui valorado y apreciado, me sentí afortunado.

Fueron 18 días donde acabé resfriado, casi sin voz y con ganas de dormir en mi cama. Nunca hice una locura como esta, nunca eché tanto de menos a mi familia, pero es que viajar… viajar alimenta el alma.

#NuncaDejéisDeSonreír


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Vídeo: “Una canción, una mano y una chapa – Parte 2”

Después de hacer varias tareas tocaba ponerme con el blog. Hoy os traigo la segunda parte de la anterior entrada (Vídeo: “Un viaje, un taller y nuevas caras – Parte 1”).

Quería centrarme en contaros la experiencia que tuve y creo que hoy hablaré por todos los que participamos y formamos parte de aquellos proyectos.

Para empezar, el hecho de que cada uno viniera de distintas ramas, distintos lugares y con distintas edades lo hacía todo más interesante porque nos hacíamos preguntas los unos a los otros. A partir de ahí empezábamos a contar nuestras historias y terminamos por crear un vínculo que hoy día todavía sigue vivo. Algunos habían viajado al otro lado del charco (yo moría de envidia cuando escuchaba sus anécdotas) y otros habían hecho unos muebles que si por mí fuera decoraba mi casa con ellos.

Algo que creo que todos teníamos en común era la curiosidad y las ganas de aprender, otro factor que lo hizo todo más sencillo. Aprendí con cada uno de ellos un montonazo de cosas y supongo que también ocurrió al revés. Cada uno aportaba su granito de arena hasta crear una playa.

Por fin salí de mi zona de confort, el objetivo de ver caras nuevas al fin se cumplió. Necesitaba un pequeño reseteo y ahí estaba, llegó cuando comenzamos el taller. Ahora tocaba conocer gente nueva que podía ser totalmente distinta a lo que yo había conocido hasta el momento, tocaba oír opiniones distintas, pensamientos diferentes que no tenían que ir acordes a los míos. Y a pesar de poder tener distintos puntos de vista seguíamos haciendo el tonto y pasándolo bien como niños mientras montábamos los proyectos.

Hablando de los proyectos, ese punto también fue importante, muy importante. Uno de nosotros dijo algo muy interesante, pero… ¿sabéis qué? Eso os lo cuento para la próxima entrada del viaje a Madrid. Por el momento os dejo con el segundo vídeo:


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Vídeo: “Un viaje, un taller y caras nuevas – Parte 1”

Ya os conté hace casi un mes que me iría a Madrid una semana y unos días para formar parte de un taller de tecnología e investigación. Hoy os vengo a contar aquella historia.

Como muchos sabéis, me encanta viajar y la parte del tren fue entretenida, tanto, que al final hablé con la camarera que había en la cafetería y le mostré algunas de mis habilidades (no penséis mal, pervertidos). Veía que me manejaba a la perfección con la cámara y con todo en general así que le terminé por enseñar que también podía dibujar, entre muchas otras cosas.

Sin embargo aquello solo fue el principio; al día siguiente al llegar a Madrid empezó lo que todavía me tenía nervioso: guiarme con tantas líneas de cercanías y metro. Pero como suelo decir, soy manco, no inútil, por lo que terminé por convertirme en un tío que parecía vivir en la capital, sobre todo al final de la semana. Me empecé a mirar desde fuera y me di cuenta que estaba más pendiente del móvil en los trayectos de tren, que andaba más rápido cuando veía el cartel en el que ponía un simple uno (el tiempo que quedaba para que llegara el cercanías), etc.

Y aun por encima de todo, lo mejor vino con el taller. En un principio yo llegaba allí solo, sin conocer a nadie y sin conocer el lugar (motivo por el que fui con varias horas de antelación, quería conocer un poco aquella zona). Y como es lógico, el primer día allí fue un poco como toma de contacto.

Las 4 horas que estuvimos aquella primera tarde fueron la leche. Todos cogimos confianza rápidamente y empezamos a hablar los unos con los otros. Yo empecé a hacer mis bromas, tanto las malas como las de mancos  (que son igual de malas, pero bueno). Empezamos a conocernos poco a poco: muchos venían de fuera como yo, cada uno estudiaba una cosa (había algunos arquitectos, 3 carpinteros, diseño gráfico, etc.) y había diferentes edades.

Comenzamos a organizar todo para empezar cuanto antes con los proyectos (construir una bipedestador, una silla postural y una silla de ruedas) y nos dividimos en grupos. Los que íbamos por la mañana la verdad es que éramos unos payasetes, nos lo pasábamos bien mientras intentábamos avanzar en los proyectos (aunque parecía que no, siempre hacíamos algo la verdad), todo eran risas y bromas de uno y de otro.

Después del primer día yo me llevaba la cámara y de vez en cuando me veía a alguien con ella grabando, algo que me encanta porque cuando reviso los vídeos me cruzo con situaciones muy raras o divertidas y me empiezo a reír yo solo en mi casa. Además, así no podéis decir que nunca salgo en los vídeos.

Como ya habéis leído en el título, hay vídeo en esta entrada y solo es la primera parte por lo que me reservo algunas palabras para poder comentar en la próxima publicación. Lo mejor será que me calle ya y os deje disfrutar del vídeo:


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Semana y media en Madrid

En la última frase de lunes os comenté por encima algo de un taller… Bien, pues eso, rellené la solicitud y me aceptaron. Es de tecnología e investigación, será en Madrid y durará más o menos una semana y unos pocos días. Por suerte, la fundación en la que estoy metido me paga el viaje (sigo teniendo pendiente esa entrada para hablaros de ella).

Siempre fui a la capital en plan guiri, observando todo: las calles, los edificios, los monumentos, etc. Soy de esos que visita otro lugar y se emboba cada dos por tres, como si nunca jamás hubiera salido de mi pueblo y todo lo demás resultara algo futurista. Supongo que es lo que hacemos los que adoramos viajar, valorar cada detalle.

Pero en esta ocasión no voy en ese plan, esta vez toca fijarme a un horario y crear una pequeña rutina. Es algo que quería. Los que me seguís desde hace tiempo sabéis que necesito eso que llamo reseteo y empezar de cero. Esto podría ser una primera toma de contacto para mí y ver cómo me desenvuelvo en un lugar diferente. Siendo Madrid dudo que tenga problemas, ya la he visitado bastante. Sin embargo tengo una pega, no me aclaro a la perfección con el metro y el cercanías. Un punto más a favor para ir y terminar de comprender todas esas líneas y números que se mezclan como ecuaciones.

Estoy ansioso y he de admitir que también un poquito nervioso, pero es más por el hecho de ser una novedad y ser lo que buscaba, esa inquietud que se tiene cuando sabes que están a punto de comprarte ese juguete que tanto te gusta. Eso sí, a los pocos días ya se desvanece y estás más tranquilo.

Siempre os digo que tenéis que hacer lo que os guste, que debéis salir de la zona de confort, probar cosas nuevas, cometer alguna que otra locura (con cuidado), conocer lugares y personas diferentes, abriros al mundo… Y si yo os lo digo, tendré que cumplirlo yo también, ¿no? Pues allá voy, a por otra aventura más de las mías, aunque esta sea con diferencia la más diferente de todas.

PD: Espero poder traeros vídeos para compartir un poquito esa experiencia nueva con vosotros.

https://i0.wp.com/www.applelianos.com/wp-content/uploads/2015/08/Madrid-City-at-Night.jpg


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Vídeo: “Tributo a Tina Turner y una rara obsesión con los barriles”

Traigo un vídeo que no subí antes por no hincharos a vídeos (y todavía queda otro que ya subiré). Sé que estas últimas semanas se están basando en lo mismo y quiero ver si cambio eso y vuelvo a lo de antes. Cosas del verano, lo siento mucho.

Tengo ideas para escribir, pero no el tiempo. Aunque ahora parece que todo vuelve a estar un poco más tranquilo, así que aprovecharé.

Volviendo al vídeo que traigo, va de una persona que conocí hace unas semanas por aquello de la tele (“Mi primer casting”) y que por suerte me dio la oportunidad de ir a un concierto suyo (sí, es cantante). Tuve la suerte de ver como se organiza todo antes de un concierto, puedo decir que he estado en un camerino (aunque no sea de lujo) y conocí gente muy, pero que muy interesante y llena de arte. Aquella tarde-noche la pasé muy bien y hubiera estado mucho mejor si hubiera sido menos agotador aquel día (fue de esos en los que no pisas tu casa en muchas horas) y si estuviera acostumbrado a salir de marcha hasta tan tarde (llevo mucho sin salir de esa forma). Pero no cambiaría nada de aquello, pude grabar, conocer gente, reír y disfrutar de la música. Y como valen más las imágenes que las palabras, aquí os dejo el vídeo:


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Vídeo: “Un ticket peleón y el agua bendita”

¡Vuelvo con otro vídeo más! Y de nuevo con los mellizos. Esta vez nos hemos ido a la capital e hicimos una rápida, pero divertida visita.

En serio, disfruto mucho con esto. No solo grabando, que también, sino editando. A veces me veo algún trozo de algún clip (cuando se edita el vídeo, cada trocito es un clip) solo porque me empiezo a reír como un niño. Imagino que los que ven mis vídeos lo hacen porque disfrutan con ellos, ese es en parte el objetivo. Y seguiré haciendo esto porque me divierte mucho aunque a veces me dé pereza montar todo o sacar la cámara de la mochila. El resultado final, más las respuestas de la gente, me hace querer seguir con más ganas todavía. Ya lo he dicho varias veces, esto sin los que estáis al otro lado no funciona.

Solo puedo decir que seguiré así, trataré de traer algún vídeo cada vez que pueda, que espero que sea sin pausas muy largas y espero que os lo paséis bien viendo este. Yo la verdad es que me he reído un montón.


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El último vídeo

Sé que algunos ya habéis visto mi último vídeo, pero cree la categoría de Youtube para esto, para cuando empezara a crear este tipo de contenido. Así que, cada vez que tenga un vídeo, lo publicaré y lo tendréis en ese apartado. A veces publicaré algo más al respecto y otras pues seré más breve, tanto que tal vez sea suficiente con lo que os diga en el vlog.

Ahora os dejo con el último vídeo que fue de hace casi una semana y espero poder traeros muchos más así porque, sinceramente, lo disfruto muchísimo.