Kevin Mancojo

Diario de a bordo


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El tiempo

Cómo vuela el tiempo…  En menos de 24 horas ya cumplo 27 años y, aunque aún se me considere joven, me siento mayor, muy mayor…

Parece que no, pero vivir más de un cuarto de vida no es poco y mucho menos si echas la mirada para atrás y la comparas con el presente. Sólo con pensar que los que han nacido en el 2000 ya van a cumplir 20 años me parece una locura. Más aun teniendo en cuenta que no han llegado a conocer algunas cosas que para mí fueron significativas. Ahora entiendo a las personas mayores cuando nos cuentan sus historias y nos tienen que explicar algunos detalles para ponernos en contexto.

Además, veo reflejado el paso de los años en algunas amigas mías, donde pasaron de ser niñas a ser mujeres. Incluso los chicos que llevo tiempo sin ver y que no los reconozco por esas barbas tan pobladas que llevan algunos. Han sufrido la transición, dejaron de ser esos pequeñajos que yo un día conocí y se han convertido en adultos con responsabilidades, con problemas, con su propia historia…

También la idea de que mucha gente de mi generación comienza a tener cierta estabilidad en todos los aspectos posibles y acaban casándose o teniendo hijos o ambas. Eso, ¡hace unos años era impensable! Era algo que quedaba muy lejos, muy en el futuro. Ahora en cambio es un tema que sale cada dos por tres. Es más, mis amigos y yo queremos una boda por el tema de la ropa elegante, la fiesta y todo lo que conlleva.

Yo por mi parte he descubierto que me he hecho mayor cuando los niños, inocentes ellos, le dicen a sus padres: “Mamá, ese señor no tiene manos”. ¿Señor? Perdona, pero solo tengo 26 años, ¿vale? Esto cada vez se vuelve más recurrente, yo creo que llevo escuchándolo desde que me dejé el bigote y la perilla (unos 6 años más o menos). Supongo que también es por no moverme ya por los mismos sitios que se mueven los niños. Lo de ir a parques infantiles a charlar y comer pipas es algo que caducó hace ya tiempo. Sea como sea, muchos de los más peques todavía no saben de mi existencia así que me toca oír lo de señor más veces de lo que me gustaría. Tocará acostumbrarse.

La tecnología también se ha convertido en un punto clave para descubrir lo rápido que pasa el tiempo. A día de hoy, lo normal es que los adolescentes tengan un móvil, cuando yo lo tuve sólo para excursiones y casos muy específicos para poder comunicarme con mis padres, en caso de urgencia. Ahora nacen con un móvil debajo del brazo y no se despegan de él. Creo que es una fase por lo que todos los chavales deben pasar para después darle prioridad a otras cosas (también yo tuve mi época de estar más pendiente del móvil que de mis amigos).

Y la parte que más me gusta de esto del paso del tiempo, es la de la experiencia. Siempre admiraba a los adultos por la cantidad de historias que podían contar y por toda la sabiduría que transmitían. Que me respondieran a todas mis preguntas cuando yo era un enano me fascinaba, yo quería saber hacer lo mismo. Aparte de la visión tan amplia que tenían ellos del mundo. Ahora es mi turno, muchas personas dicen que sé de todo y que rezumo sabiduría. Sea cierto o no, he cumplido con mi sueño de querer ser mayor, no para poder salir por ahí a beber, sino para tener mucho conocimiento y saber responder muchas preguntas, además de dar consejos y también a adelantarme a los acontecimientos. La de veces que habré podido decir “te lo dije”.

Evidentemente el mundo está en constante cambio y toca adaptarse, el problema es asimilarlo al mismo ritmo. Mientras procesas todo lo que está ocurriendo, la sociedad ya ha sufrido otra metamorfosis que tendrás que volver a asimilar. Lo externo a nosotros cambia rápido, sin embargo, hacer introspecciones requiere su propio ritmo por lo que muchas veces terminamos perdiendo el hilo.

Es un tema agridulce porque tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Yo pretendo quedarme con las buenas, como siempre. Quiero que me merezca la pena hacerme mayor, pretendo utilizarlo a mi favor. No me gustaría estancarme, no me apetece ser uno de esos que tienen una mentalidad que no corresponde con la década que está viviendo realmente. Me encantaría conocer lo viejo y lo nuevo y sacar de ello mis propias conclusiones para seguir creciendo.

#NuncaDejéisDeSonreír

 


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“Si quieres, puedes”

Yo era una de esas personas que creía en las típicas frases que puso de moda Mr. Wonderful. Frases como: “si quieres, puedes”, “si de verdad lo deseas, al final se cumplirá”, “no hay nada imposible”, etc. Yo predicaba con ellas y las creía ciertas, hasta que la vida te demuestra lo contrario.

Cuando te mueves por internet o viajas muy a menudo, al final descubres muchas historias, las cuales se alejan mucho de la tuya; llena de privilegios y donde tienes todo a tu alcance. Así que poco a poco descubres como las frases que he mencionado anteriormente dejan de tener sentido para muchas personas. Es más, en algunas ocasiones hasta llevan a la frustración. ¿Cuántas personas que se han quedado en silla de ruedas tras un accidente no querrían volver a caminar? O ¿cuántos jóvenes hoy en día se dejan la piel en algunas asignaturas estudiando durante semanas, y al final terminan suspendiendo? Imaginad que en el trabajo tratáis de hacer todo lo mejor posible, de ser un empleado ejemplar, con la intención de poder ser ascendido o recibir un sueldo más alto. Pero por algún motivo ajeno a vosotros no os llevará a vuestro objetivo. Teniendo en cuenta que de verdad queréis cumplir vuestros sueños, que le echáis horas y lo deseáis con todas vuestras fuerzas, frustra ver como no llegáis a ellos por algo que no depende solo de vosotros. El esfuerzo, las ganas, el empeño, el deseo o cómo lo queráis llamar al final no siempre son determinantes por desgracia.

En la vida hay muchos otros factores que, en ocasiones, te impiden llegar a cumplir tus metas: la suerte, la situación económica, la etapa por la que estás pasando, la causalidad, la casualidad y una de las más importantes, tu lugar de nacimiento. Parecerá una tontería, pero ¿os habéis parado a pensar cuántos niños en alguna tribu de África acaban muriendo por no tener comida o por alguna enfermedad? Y sin duda que alguno de todo ellos podría ser un médico de éxito o un científico con renombre. Sin embargo, algunos no tienen ni la oportunidad de llegar a la adolescencia. Es fácil decir que con esfuerzo todo se consigue cuando tienes un plato puesto en la mesa a la hora de comer.

La meritocracia y el clasismo han hecho mucho daño en este aspecto. Personas que lo tenían bastante fácil y que ahora están en la cima lo achacan todo al sudor de su frente durante las noches en vela. Lo que no nos paramos a pensar es que Steve Jobs no hubiera alcanzado el éxito sin Steve Wozniak, ni viceversa (el azar cruzó sus caminos, no su esfuerzo). Es más, ninguno de los dos hubiera tenido un garaje donde diseñar un ordenador si hubiesen nacido en algún lugar recóndito de África.

Llegar al pico de la montaña a veces nubla la vista, hace creer que todo viene de uno mismo, cuando hubo muchos factores que llevaron a la persona a lo más alto. Evidentemente duele que te digan: “oye, que no ha sido sólo tu esfuerzo, también ha sido la casualidad, tu lugar de nacimiento, tu situación económica…” pero es así. Si por nosotros fuera, chasquearíamos los dedos para que nos cayera dinero del cielo y poder comprarnos varias mansiones. Sería una bonita forma de tener la vida resuelta. En cambio, por mucho que los chasquemos, no llegaremos nada más que a un dolor de dedos.

Lo importante en este tema es tener los pies en el suelo, tener una buena actitud y un buen conocimiento sobre tu propia persona. Saber de lo que eres capaz y de lo que no, de saber afrontar las adversidades y sacar lo mejor de ellas. Saber que en ocasiones, por más ganas que le pongas, deberás buscar una alternativa porque, al fin y al cabo, es algo que no podrás enfrentar de una manera directa.

Como dije al principio, yo era uno de esos ingenuos que creía ciegamente en el poder de los sueños sin tener en cuenta otras tantas cosas. Al final, leyendo, descubriendo mundo, conociendo gente y escuchando historias terminé por abrir los ojos.

Si algún día llego lejos, si algún día tengo éxito, espero no menospreciar a toda la gente que he tenido a mi lado y que, en cierto modo, comparten conmigo la gloria. Ellos me han hecho ser quién soy y ellos han formado parte de mi vida como para decir que el camino hacia la cima lo recorrí yo solo.

#NuncaDejéisDeSonreír

(mi frase va más allá de que no dejéis de sonreír en el sentido literal, va con la idea de que afrontéis las cosas de la mejor manera posible y que os quedéis con lo positivo de todo)


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Los peques

Sé que hace poco ya estuve hablando de las charlas que doy y que cada vez son más y a más colectivos. Pero es que hace muy poco tuve otra en un colegio y quería hablaros de los peques.

Cuando das una ponencia debes saber llegar, no solo con la historia, también en la manera en que la cuentas. Al fin y al cabo, a un adulto no le sorprenden tantas cosas por todo lo que ha podido vivir y al adolescente le importan tres cominos todo lo que no tenga que ver con su propia vida. Sin embargo, los que son de primaria han vivido tan poquito que con nada ya les sorprendes.

Por norma general, antes de que yo vaya, los maestros les ponen al día: les cuentan quién soy, les ponen mis vídeos, les hablan de la discapacidad, etc. Y claro, llega Kevin Mancojo, ese chaval que sale en Youtube, que ha cruzado el Mar Menor nadando, que aparece en internet, y los peques alucinan a colores cuando me ven aparecer. Me tratan como si fuera un famoso.

Me emociona, me emociona pensar que puedo calar muy hondo en los más peques. Aquellos que se quedan hasta con el más mínimo detalle me hacen vivir con más fuerza las charlas que les doy. Saber que les descubro un mundo nuevo (la discapacidad) hace que vaya con muchas ganas, aunque sepa que tenga que repetir lo mismo a dos, tres o cuatro cursos distintos. Ver las caras de asombro, notar como dejan de tener prejuicios según les muestro algunas de las cosas que soy capaz de hacer, sentirme un ser extraordinario para ellos… Paso de ser alguien que era incapaz de coger una pelota, a alguien que mola mucho y que hasta se ha cruzado el Mar Menor nadando.

Sensibilizar desde tan temprana edad es algo a su favor. Yo no pretendo demostrarles que el mundo es de rosa, sino que aunque a veces las cosas parecen estar muy jodidas, aun se puede seguir adelante. La actitud, las ganas, la constancia, el apoyo de los demás y otros factores hacen que uno siga tirando del carro aunque pese.

Además, me hacen dibujos, me escriben cositas o me piden que les firme en un papel por la admiración que sienten hacia mí. Pero es que yo me quedo con su curiosidad, con sus preguntas y su interés por conocer mi mundo. Es increíble ver cómo llegan a preguntarme si conduzco, si vivo solo, si he sufrido bullying o, incluso, si he llegado a plantearme quitarme la vida en algún momento.

Al final de la charla también me llega al alma saber que quieren un abrazo, donde descubro el desbordante amor que tienen en ese cuerpo tan pequeñito. Ahí ya cogen confianza y empiezan a estar pegados a mí y a preguntarme de manera más privada y, sobre todo, a tocar mis manos. Soy consciente que, así de primeras, debe dar una sensación rara el pensar en tocarlas. Pues imaginad la alegría que me da cuando se atreven a algo así. Yo se las ofrezco en el momento en el que veo que tienen curiosidad y no tardan ni dos segundos en tocar mis manos.

Con todo lo que os he contado, pensad lo que ocurrirá cuando vean a otra persona como yo. No tendrán miedo, confiarán en sus capacidades y sabrán que puede ser tan independiente como cualquier otro ser humano. Vamos, lo que viene siendo no juzgar a nadie por las apariencias. De ahí la ilusión con la que voy a los colegios, es mi forma de quitar a tiempo la venda de los ojos y evitar el desconocimiento por algo tan natural como la discapacidad.

Por suerte no soy el único que trata de sensibilizar a la gente y es una labor gratificante que tendrá su beneficio en próximas generaciones. Ojalá se eliminen de una vez por todas los prejuicios hacia las personas, sea por la condición que sea. Al fin y al cabo simplemente somos humanos.

#NuncaDejéisDeSonreír


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Lo sano requiere sacrificio

¿Sois de los que cuidáis vuestra alimentación o pasáis del tema y cogéis para merendar la primera bolsa de patatas que veis en el armario?

En mi caso es más bien por épocas. Hay momentos en los que evito comer alimentos procesados (lo cual requiere mucha fuerza de voluntad) y otros… bueno, simplemente no me paro a pensar lo que meto al estómago.

El deporte, sin cuidar lo que comes, no sirve de mucho. Y a pesar de no ser de los que beben batidos, ni crea una dieta estricta, sí que comienzo a introducir más alimentos naturales. Ya me jodería tirarme casi todo el año en el gimnasio para que luego acabe engordando, y no en masa muscular.

Por desgracia, soy el típico al que las verduras no le convencen mucho. Al menos, aquellas que sí me gustan, me las como con ganas y muy a gusto. Además trato de compensarlo con la fruta y los frutos secos, que en este caso sí que me gustan un montón. Y encima me sirven como tentempié.

La cosa es que desde hace unos meses descubrí una cuenta en Instagram de un chico (Carlos Ríos), el cual estudió Nutrición Humana y Dietética. Se mueve por las redes sociales promoviendo el realfooding, es decir, la comida “real”, la que no está procesada y que, por norma general, es natural.

Hay quién considera su comunidad una secta porque, a decir verdad, habla de los alimentos procesados y de los supermercados como si fueran el mismísimo satanás. Y es lógico cuando sabes que muchos de los productos vienen con trampa. Por mucho que aparezca ese típico 0% al final hay truco y te la cuelan por otro lado. Así es el marketing.

Tengo que admitir que, a pesar de no haber llegado al nivel de un realfooder (alguien que come realmente sano), he ido tomando referencias de Carlos Ríos y a menudo miro las etiquetas para no caer en la trampa. Aunque lo más sencillo siempre es comer productos naturales: fruta, verduras, frutos secos (ojo con estos últimos, que si son fritos ya no vale), etc.

Y así llevo ya un tiempo, metiendo en mi dieta muchas manzanas, junto a los anacardos, las nueces y las uvas, entre muchos otros alimentos de ese estilo. Además, apenas ingiero azúcar salvo la taza de leche con Cola Cao por las mañanas (alguna que otra cae como merienda, pero no suele ser lo normal) y de vez en cuando unos churros con azúcar (solos no me gustan) en uno de los puestos que hay en el mercadillo.

Este tema cobró más importancia en mí en unos talleres donde conocí gente nueva gracias a un proyecto en el que estaba y aún estoy metido. Allí escuché hablar a una chica sobre este tema, sobre lo poco que cuidamos lo que comemos y la repercusión que puede tener. Nuestro organismo responde de la mejor manera que puede, pero cuando ya no da para más llegan los sustos…

No somos conscientes de que el cuerpo nos da señales muy a menudo indicando que algo va mal (en este caso podría ser dolor de articulaciones por ejemplo). Supongo que por desconocimiento, al fin y al cabo, “escuchar” a nuestro organismo no es fácil. Si nos paramos a pensar, la frase “somos lo que comemos” no se aleja tanto de la realidad.

Entre la chica, Carlos Ríos y el tratar de cuidarme de cara al futuro ha hecho que me tome más en serio este tema en esta ocasión. Me lo he tomado como un reto personal con el que trataré de cuidarme un poquito más. Mi hermano incluso bromeó diciendo que me iba a dar una sobredosis de fructosa.

Como dije al principio, esto es cuestión de fuerza de voluntad y de coger el hábito. Lo sano requiere sacrificio, pero al final merece la pena y te sientes orgulloso por conseguir tus objetivos. En mi caso, me vale con no comer porquería día sí y día también como hacía antes. Mis amigos hasta me compraban una bolsa de Doritos cuando quedábamos porque sabían que me los comería yo, y ya llevo bastantes meses sin comerme ni uno.

No sé a dónde me llevará esto, ni si será para siempre. Al final, a la parca le da igual que hayas comido bien o no que si quiere te recoge igualmente, pero mientras, le voy dando largas.

#NuncaDejéisDeSonreír


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2020

Sé que aún no hemos acabado el año, pero septiembre es un mes en el que comienzan nuevas etapas y nuevos proyectos. Y yo he decidido que esta vez me voy a dedicar tiempo a mí mismo.

Llevo ya unos 2 o 3 años donde todo lo que hago, en cierto modo, se proyecta hacia fuera. Me explico: comencé a meterme en proyectos y a colaborar con personas ayudando a llegar a sus objetivos y a cumplir sus metas. Y no sabéis la cantidad de cosas que he aprendido en todo ese tiempo. Siempre me ha gustado ayudar y siempre lo haré, pero no esperaba sacar tanto aprendizaje durante el proceso de todas las ideas y propósitos que tenía la gente.

He tratado con la inclusión en los recreos de algunos colegios gracias al proyecto PIAR (Proyecto de Inclusión en el Área de Recreo) de la Fundación de RafaPuede. Era increíble ver como los niños al final se ayudaban entre ellos para jugar. He normalizado la diversidad funcional con Capacesde; no por tener una discapacidad eres un bicho raro, ni eres un héroe, simplemente eres una persona que hace las cosas de una manera diferente. Descubrí un mundo nuevo cuando me metí en el proyecto “La educación global empieza en tu pueblo”. Apenas sabía sobre los objetivos de desarrollo sostenible que buscan equilibrar la balanza en la sociedad y mantener vivo el planeta. Ni siquiera sabía que el mundo se estuviera muriendo a esta velocidad. A través del proyecto MACHO aprendí que la música, un lenguaje universal donde todos se podían entender por igual, se convertía en un bonito refugio para algunas personas. Gracias a mi profesora de teatro pude hacer reír a niños con el teatro infantil. Además aprendí a improvisar bastante, con los pequeños nunca sabes lo que te puedes encontrar así que…

Y así podría tirarme un rato más, mostrando todo en lo que he formado parte y todo lo que he aprendido estos años. Y no me arrepiento de nada, incluso volvería a repetirlo sin dudarlo.

Sin embargo, comencé a construir mi camino más o menos en el 2014. Empecé con las charlas de motivación, nació este blog, acabé abriendo mi canal de Youtube, me tomé en serio la fotografía…

Todo esto, y alguna que otra cosa más, era mío. Lo que proyectaba por aquel entonces era todo para mí, era una proyección hacia dentro, hacia mi crecimiento y descubrimiento personal.

Aunque todo lo que he mencionado sobre mi comienzo iba dirigido hacia un público (que con el tiempo ha crecido muchísimo y le doy las gracias), realmente estaba encontrándome a mí mismo. Por aquel entonces necesitaba saber cuáles eran mis pasiones, a qué le dedicaría tiempo de verdad, qué inquietudes tenía, qué quería hacer con mi vida…

Pude responder todas aquellas preguntas a lo largo de los meses, pero poco después me vi envuelto en un proyecto detrás de otro sin ni siquiera darme cuenta. Una cosa llevó a la otra y… Bromas aparte, una vez que me vi metido en este mundo, me vinieron más propuestas que casi nunca rechazaba. Supongo que en cierto modo, aún seguía descubriéndome a mí mismo y, participando en todas estas ideas, podía saber qué era lo que me mantenía vivo.

En cambio este año… He decidido parar en seco. Necesito volver a donde comenzó todo, a mis pasiones, a donde yo pueda decidir qué, cuándo y dónde. Quiero volver a dirigir mi vida sin estar comprometido con los demás. Más bien quiero un compromiso conmigo mismo.

Me apetece volver a tragarme tutoriales en Youtube para saber cómo mejorar a la hora de editar vídeos, descubrir fotos en Instagram que se conviertan en ilusión para coger mi cámara y tirarme horas apretando el disparador, aprovechar los momentos de lucidez para escribir y plasmarlo aquí, poder decir que sí a las charlas motivacionales que me propongan. Simplemente quiero mejorar en aquello que sé que se me da bien.

Tengo varias ideas y proyectos que no he podido sacar de mi cabeza porque no me daba la vida para ello y, ahora que he parado el tren en el que me subí, aprovecharé el tiempo.

Espero explotar todo lo posible mis capacidades y seguir encontrando cosas nuevas que me hagan sentir vivo. Y me encantaría seguir emocionando a la gente haciendo lo que me gusta. Así que, 2020, agárrate que Kevin Mancojo va a llegar con fuerza.

#NuncaDejéisDeSonreír


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Mi mayor reto, por ahora

Una vez más estoy intentando darle vida y prioridad al blog. Y sin duda alguna me encanta escribir, pero hay que dedicarle tiempo y, sobre todo, estar inspirado. O tal vez solo necesites encontrar una historia que contar. No estoy muy seguro.

Pero en este caso os contaré algo que ocurrió el 22 de septiembre de 2018. Una fecha que se ha convertido en otro posible punto de inflexión en mi vida, y os aseguro que de esos solo he tenido uno en mi vida y fue en 2013.

En esa fecha, que caía en un precioso y soleado sábado, hice unos 5 km a nado en el Mar Menor. A ver… será mejor que os cuente desde el principio…

20180828 Entrenamiento 2

Para los que no lo sepáis, llevo nadando desde los 14 años. Tuve la suerte de que un profesor me cogió para entrenarme y aquello comenzó a convertirse en mi hobbie. Iba a entrenar dos veces a la semana durante una hora, pero ¡menudos 60 minutos más intensos!

Aun así siempre encontraba mi momento de creación. Es más, me inspiraba un montón mientras nadaba, era mi medio para imaginar cosas nuevas. Y en una de esas horas de entrenamiento… al señorito Mancojo no se le ocurrió otra locura que la de cruzar el Mar Menor a nado. Para entonces solo era una idea muy lejana y difusa. Era algo que no tenía claro, incluso mi intuición me decía que ese año no era el más adecuado para llevarlo a cabo. Por lo tanto, aquel reto terminó en el cementerio de las ideas.

Sin embargo, el 14 de diciembre del 2017 me dieron el premio al joven del año de la región de Murcia. Eso, unido a todo el impacto que he estado teniendo desde entonces sobre la gente, me hizo retomar aquella idea que tuve por aquel entonces. A parte de superarme a mí mismo, pretendo ayudar a los demás. Y admitámoslo, tras el premio, más gente comenzó a saber de mí. Además, ahora sí tenía los medios suficientes como para mover el tinglado y llevar a cabo la travesía (no os podéis ni imaginar la de personas que respaldaban este reto, les debo una muy grande a muchas personas, sobre todo a mi entrenador por el tiempo que me dedicó).

Me tiré todo el año nadando de manera suave, con calma, en la piscina. Hasta que llegó julio, ahí comenzó lo duro. En ese mes comencé a ir con mi entrenador a nadar a una de las zonas bañistas que tenemos por aquí. Íbamos temprano, sobre las 9 de la mañana y nos tirábamos unas dos horas nadando, tres veces por semana. Vamos, que nadie me quitaba unas 6 horas de entrenamiento.

Al principio todo era bonito, peces nadando por debajo de ti, cangrejos, caballitos de mar, medusas, el paisaje, el mar en calma… Se convirtió en una experiencia que nunca tuve y cuando algo es nuevo para mí, me siento fascinado como si fuera un niño pequeño al que le roban la nariz. Pero no todo es bueno. Por mucho que yo os muestre la parte bonita de las cosas, de la vida, también hay partes oscuras que me hunden y que debo superar como todo el mundo.

Nadar es uno de los deportes más aburridos y solitarios que puede haber. Quieras o no, al final la batalla se disputa entre el agua y tú, nadie más. Y a principios de agosto yo perdí aquella lucha. Esa monotonía y repetitividad de nadar y nadar y nadar… al final me consumió. Ni los diferentes entrenamientos que estuvimos llevando a cabo pudieron avivar la llama. Al fin y al cabo mi guerra era interna.

A nivel físico estaba más que preparado, pero a nivel mental… Llevaba muchísimo tiempo sin encontrarme en una situación como aquella. No saber cómo gestionarlo transformó algo bonito en angustia. El reto se convirtió en un compromiso y no en un objetivo a cumplir. Mi entrenador se comprometió y yo le di bombo a la idea entre la gente del pueblo. Aquello ya no tenía marcha atrás, tenía que hacerlo sí o sí, aunque me desesperara nadando sin ganas. Que rápido pueden tornarse los sueños en eternas pesadillas…

Y llegó el día en el que escribí el proyecto para presentarlo a protección civil para solicitar permisos y embarcaciones para apoyarme durante la travesía.

Punto por punto fui escribiendo los diferentes objetivos que había detrás de todo este reto. El más evidente: superarme a mí mismo. Pero a parte de todos los que podía haber a nivel personal como la autodisciplina y la constancia, también pensé en el impacto social que tendría. El hecho de pensar que mi locura podría animar y motivar a otras personas a cumplir sus sueños, o demostrarles que la discapacidad no era un impedimento, me devolvió las ganas de querer llevarlo a cabo. En realidad, cada objetivo que apunté se convirtió en la leña que necesitaba para que la llama volviera a arder, igual que el día en que tomé la decisión de llevar a cabo mi reto.

Ahora volvamos al principio, al punto en el que os dije que nadé unos 5 km: mi travesía comenzó en La Veneziola, La Manga. Y debía llegar al club de piragua de Santiago de la Ribera. Varias personas de protección civil iban conmigo, junto a jóvenes voluntarios que iban en piragua para guiarme. Además de algunos reporteros de la 7 Región de Murcia que vinieron a grabar mi salida.

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El comienzo fue extraño porque no sabía cómo se debía empezar algo así. Al final descubrí que solo era ponerme a nadar y seguir adelante.

A lo largo del camino debía parar cada hora más o menos para el avituallamiento (bebía algo de agua y me comía, o un plátano o una barrita de cereales). Y aunque al principio todo parecía aburrido y muy serio, poco a poco empecé a pasármelo mejor. El equipo que me acompañaba hacía que todo fuera más ameno. A veces me animaban mientras nadaba, otras estábamos de broma durante las paradas para comer y beber.

Y es que parecía que todo estaba hecho para mí; aquella mañana no hubo casi olas y las medusas (a las cuales les tengo asco) no se me cruzaron por delante en ningún momento.

Disfruté cada brazada que daba y analicé la idea de encontrarme en medio del agua. Ver a varios kilómetros el lugar de donde saliste y a otros tantos la meta, daba qué pensar. Y aun así mereció la pena nadar durante 4 horas y media para llegar a mi objetivo. Más aun cuando vi a unas 100 personas en la orilla recibiéndome, aplaudiéndome y gritando mi nombre.

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Aunque nadie se diera cuenta, mi cuerpo era una maldita bomba emocional. Tantas cosas pasaban por mi cabeza, que en cualquier momento podía explotar de la emoción.

El cumplir mi reto no era, en cierto modo, relevante. Lo fue el que mi madre, mis amigos, las caras conocidas y no tan conocidas estuvieran allí. Llevarme besos, abrazos y fotos de cada uno de ellos tuvo muchísimo más peso que mi travesía. Que estuvieran allí significaba que creían en mí, que me apoyaban en mis locuras, que les había hecho creer en algo. Tal vez hasta les devolviera las ganas de comerse el mundo a algunas de las personas que estuvieron presentes.

La experiencia, como dije, se volvió clave en mi vida por todos los altibajos que hubo a nivel emocional y por demostrarme que nunca estaré solo. Descubrí que podía ser un faro para los demás, que en cualquier reto puede haber percances y que a veces solo hay que tener paciencia para que las cosas se puedan llevar a cabo.

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Para los que os estéis preguntando si acabé agotado, la respuesta es no. Al menos no tanto como para volver a casa, ducharme e irme con mis amigos a comer y estar con ellos hasta media noche.

Y sí, sí volvería a repetir la travesía, no me lo pensaría dos veces. Aquella locura mereció la pena en todos los sentidos posibles.

Es curioso como una idea que nació hace unos 10 años se convirtió en mi mayor reto, por ahora.

#NuncaDejéisDeSonreír


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La DANA

Ya lo decía mi padre: “el día que la Tierra se canse de nosotros nos echará”. ¡Y qué miedo cuando ese día llegue!

La DANA (Depresión Alta en Niveles Altos) se ha convertido en la mayor catástrofe natural que he podido vivir en mis propias carnes en mis 26 años. Llevo 19 viviendo en un pueblo de Murcia y he podido disfrutar de su sol durante muchísimo tiempo. Y sí, ha habido vientos que parecían decididos a tirar palmeras, y tormentas que creíamos preocupantes. Pero Dana… Ella es la gota fría que más nos ha helado a todos.

El temor ya venía asomando a lo lejos; la tormenta eléctrica que alumbraba el cielo e incluso, por unos instantes, algunos hogares…

En cambio, aquello no era nada comparado con lo que se avecinaba. Ese momento en el que estás con la mente más en ver qué cenar que en cualquier otro sitio se desvaneció en el momento en el que comenzó el verdadero diluvio. Las precipitaciones no fueron aumentando con el tiempo, directamente cayó una tromba de agua que asustaba a cualquiera.

Por norma general no suelo darle importancia a este tipo de situaciones. Sin embargo, la tempestad hizo que eso cambiara. Estaba nervioso y en mi cabeza estaba la constante posibilidad de que pudiera entrar agua por algún rincón de la casa. Y no, al comienzo de toda esta locura no había nada de lo que preocuparse. Así que me metí a la cama y conseguí dormir.

Sin embargo, llega el primer susto. De repente un ruido me despierta. Suena el timbre de casa de manera constante, como si alguien le estuviera apretando al botón sin quitar el dedo. Mi madre, que apenas pudo pegar ojo, y yo salimos a ver qué pasaba. Al parecer la lluvia mojó todo de tal manera que algún cable haría contacto para que aquel sonido se hiciera eterno. Por probar le dimos al botón y de repente dejó de sonar. Menos mal.

Una vez más vuelvo a dormir, pero hasta el segundo asalto. Esta vez suena el váter de mi madre de tal manera que creíamos que de allí iba a salir un chorro de agua infinita. A decir verdad, a aquello no pude darle ninguna explicación, pero no fue más que otro susto. Sonó sin más para hacer que nos levantáramos de la cama otra vez.

En esta ocasión y viendo el panorama decidí, antes de volver a meterme bajo la manta, mirar en la buhardilla. Tal fue la sorpresa que me encontré con una leve gotera (con unas toallas se solucionó), pero que no creía ni posible. Además, mi madre descubrió que por el escape del calentador de agua (una especie de “chimenea”) que da al exterior entraba agua. Algo que por suerte pudimos solucionar también con algunos trapos.

Lo último que nos ocurrió y que apenas nos preocupó tras todo lo anterior, era la luz. Se nos fue y sin duda que Dana tuvo la culpa. Supongo que quiso demostrarnos que sus rayos también podían alumbrar nuestro hogar.

Pude dormir el resto de la noche, teniendo en cuenta que sobre las 6 de la mañana me desperté una vez más por la tormenta. Unas horas más tarde, cuando ya me desvelé por completo, Dana decidió dejarnos atrás para seguir atormentando a otras personas.

Admito que lo que ocurrió en mi casa no fue nada comparado con lo que ocurrió en lugares donde la acumulación de agua hizo verdaderos estragos. Paredes caídas, carreteras inundadas, descampados que se convirtieron en piscinas, piscinas que desaparecieron bajo tanta agua… Aun así los nervios pesan cuando no sabes de lo que es capaz de hacer la madre naturaleza si se enfada de verdad.

Pero ya sabéis como soy, pretendo ver el lado bueno de todo. Y aunque aparentemente es difícil de ver esa parte positiva en esta ocasión, sí descubrí que en estas circunstancias tan complicadas, la gente se vuelve mucho más solidaria. Incluso aparecen héroes sin capas que arriesgan sus propias vidas para salvar la de otros. También fue de valorar el trabajazo que hicieron todas las organizaciones involucradas como la policía local, protección civil, los bomberos…

Y aun a día de hoy están todos ayudando a restaurar la normalidad con toda la rapidez posible para que podamos dejar atrás cuanto antes esta catástrofe natural que ha provocado la DANA.

Yo mismo fui ayudar a limpiar parte del barro que había en mi antiguo instituto cuando pasé por allí para ver cómo estaba. Me emocioné al ver los numerosos voluntarios que había y que se dispusieron a dejar todo como estaba antes.

Incluso soy consciente de que estos días ha venido gente de otros municipios menos afectados para colaborar en las diferentes limpiezas. Y también es de valorar la cantidad de personas que están donando cosas para aquellos que hayan sufrido pérdidas.

Como digo, la solidaridad coge fuerza en este tipo de situaciones y es con lo que me quiero quedar. En el día a día podemos ser todo lo egoístas que queráis, pero a la hora de la verdad tendemos nuestro brazo a cualquiera que lo necesite de verdad. Somos conscientes de que entre todos podemos crecer y avanzar hacia un futuro mejor.

Ojalá sacáramos nuestro lado más humano más a menudo, pero hasta entonces…

#NuncaDejéisDeSonreír