Kevin Mancojo

Diario de a bordo


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El tiempo

Cómo vuela el tiempo…  En menos de 24 horas ya cumplo 27 años y, aunque aún se me considere joven, me siento mayor, muy mayor…

Parece que no, pero vivir más de un cuarto de vida no es poco y mucho menos si echas la mirada para atrás y la comparas con el presente. Sólo con pensar que los que han nacido en el 2000 ya van a cumplir 20 años me parece una locura. Más aun teniendo en cuenta que no han llegado a conocer algunas cosas que para mí fueron significativas. Ahora entiendo a las personas mayores cuando nos cuentan sus historias y nos tienen que explicar algunos detalles para ponernos en contexto.

Además, veo reflejado el paso de los años en algunas amigas mías, donde pasaron de ser niñas a ser mujeres. Incluso los chicos que llevo tiempo sin ver y que no los reconozco por esas barbas tan pobladas que llevan algunos. Han sufrido la transición, dejaron de ser esos pequeñajos que yo un día conocí y se han convertido en adultos con responsabilidades, con problemas, con su propia historia…

También la idea de que mucha gente de mi generación comienza a tener cierta estabilidad en todos los aspectos posibles y acaban casándose o teniendo hijos o ambas. Eso, ¡hace unos años era impensable! Era algo que quedaba muy lejos, muy en el futuro. Ahora en cambio es un tema que sale cada dos por tres. Es más, mis amigos y yo queremos una boda por el tema de la ropa elegante, la fiesta y todo lo que conlleva.

Yo por mi parte he descubierto que me he hecho mayor cuando los niños, inocentes ellos, le dicen a sus padres: “Mamá, ese señor no tiene manos”. ¿Señor? Perdona, pero solo tengo 26 años, ¿vale? Esto cada vez se vuelve más recurrente, yo creo que llevo escuchándolo desde que me dejé el bigote y la perilla (unos 6 años más o menos). Supongo que también es por no moverme ya por los mismos sitios que se mueven los niños. Lo de ir a parques infantiles a charlar y comer pipas es algo que caducó hace ya tiempo. Sea como sea, muchos de los más peques todavía no saben de mi existencia así que me toca oír lo de señor más veces de lo que me gustaría. Tocará acostumbrarse.

La tecnología también se ha convertido en un punto clave para descubrir lo rápido que pasa el tiempo. A día de hoy, lo normal es que los adolescentes tengan un móvil, cuando yo lo tuve sólo para excursiones y casos muy específicos para poder comunicarme con mis padres, en caso de urgencia. Ahora nacen con un móvil debajo del brazo y no se despegan de él. Creo que es una fase por lo que todos los chavales deben pasar para después darle prioridad a otras cosas (también yo tuve mi época de estar más pendiente del móvil que de mis amigos).

Y la parte que más me gusta de esto del paso del tiempo, es la de la experiencia. Siempre admiraba a los adultos por la cantidad de historias que podían contar y por toda la sabiduría que transmitían. Que me respondieran a todas mis preguntas cuando yo era un enano me fascinaba, yo quería saber hacer lo mismo. Aparte de la visión tan amplia que tenían ellos del mundo. Ahora es mi turno, muchas personas dicen que sé de todo y que rezumo sabiduría. Sea cierto o no, he cumplido con mi sueño de querer ser mayor, no para poder salir por ahí a beber, sino para tener mucho conocimiento y saber responder muchas preguntas, además de dar consejos y también a adelantarme a los acontecimientos. La de veces que habré podido decir “te lo dije”.

Evidentemente el mundo está en constante cambio y toca adaptarse, el problema es asimilarlo al mismo ritmo. Mientras procesas todo lo que está ocurriendo, la sociedad ya ha sufrido otra metamorfosis que tendrás que volver a asimilar. Lo externo a nosotros cambia rápido, sin embargo, hacer introspecciones requiere su propio ritmo por lo que muchas veces terminamos perdiendo el hilo.

Es un tema agridulce porque tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Yo pretendo quedarme con las buenas, como siempre. Quiero que me merezca la pena hacerme mayor, pretendo utilizarlo a mi favor. No me gustaría estancarme, no me apetece ser uno de esos que tienen una mentalidad que no corresponde con la década que está viviendo realmente. Me encantaría conocer lo viejo y lo nuevo y sacar de ello mis propias conclusiones para seguir creciendo.

#NuncaDejéisDeSonreír

 


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Recuerdos

Sé que soy joven aun. Tengo 26 años y en principio me quedan muchos años por vivir (nunca se sabe dónde nos acecha la muerte, sin embargo no la temo). Pero ya voy notando los años cuando echo la mirada hacia atrás y también cuando me cruzo con niños y adolescentes (que no son pocos por todo lo que hago y por el terreno en el que me muevo).

Hace unos meses recibí el correo de una maestra que tuve en la guardería cuando todavía vivía en Alemania. Al abrirlo y leerlo me emocioné un montón. Hay etapas en la vida en las que se nos cruzan personas de las que no volveremos a saber nunca más y en la infancia, en ocasiones, hay muchas de ellas. Recibir aquel mensaje me alegró el día e inmediatamente contesté.

Terminamos hablando por Whatsapp y poniéndonos un poco al día. Tras unos 21 años había muchas cosas para contar. Lo que me pareció increíble y de valorar era de la cantidad de cosas de las que aún se acordaba. Sabía el nombre de mis padres, de mi hermano, que él era mucho más mayor que yo, el pueblo en el que vivía en Alemania, etc. Supongo que cuando tu trabajo es pura vocación las cosas se recuerdan mejor.

Y es que en la guardería en la que estuve, los niños con discapacidad (que no éramos pocos) tenían su lugar y su atención cubierta. Ninguno era más que los demás, todos participábamos en las actividades y jugábamos los unos con los otros. Y esto era gracias a las personas como mi maestra que se desvivían para que simplemente fuéramos niños pasándolo bien.

Por circunstancias de la vida (casualidades de la vida lo llamo yo) iba a hacer un viajecito a Alemania, a ver a mi hermano. Evidentemente se lo conté y los dos teníamos claro que queríamos vernos para tomar algo. Ambos estábamos ilusionados con la idea de seguir contándonos cómo nos iba la vida y recordar viejos momentos.

Estando ya donde mi hermano me avisó de que se vendría otra maestra más que también estuvo en el mismo grupo. Cada vez estaba más contento. Me alegraba el pensar que tras tanto tiempo, podría ver a dos personas que formaron parte de mi infancia y que aportaron su granito de arena para que me convirtiera en quién soy hoy.

Después de vernos, abrazarnos, estar en el bar y pedirnos la cena, empecé a explicarles cómo llegué a las charlas de motivación, lo involucrado que estoy con la discapacidad y el cómo llevamos ese tema en España (en Alemania van por detrás de nosotros en algunos aspectos). Y ambas, como muchas otras personas que me conocieron siendo más chiquillo, ya veían en mí ese potencial de ayudar a otros, de inspirar a la gente, de ser capaz de sonreír frente a las adversidades, aprender de ellas y de no poner mala cara a nada ni nadie.

Me contaron lo rebelde que era ya de pequeño frente a las herramientas que me daban en los hospitales y ortopedias para facilitarme el día a día (cualquier cosa que me pusieran en mis manos terminaba lanzándolo). Y también me dijeron que tuvieron que apretar los dientes innumerables veces para dejarme hacer a pesar de querer saltar al “rescate”. Explicaron el gran trabajo que hicieron mis padres y la fuerza de voluntad que tuvieron para hacerme lo más independiente posible.

Pero aquí no acabó la cosa. Evidentemente, ellas me hablaron de sus vidas, sus trabajos y sus familias. Sin embargo, lo más nostálgico vino después. Las dos trajeron fotos de aquellos años. Mi cabeza comenzó a inundarse de recuerdos de los demás niños, de las actividades, las excursiones, los juegos… Empezaron a hablarme de unos, de otros, de lo que estábamos haciendo en la fotografía, de lo que ocurrió ese día, de lo que había sido de aquel chiquillo y del otro, del resto de maestros y un largo etcétera. Yo, por desgracia, no recordaba tanto, pero sí lo suficiente como para acabar quedándome con una de las fotos que me enseñaron en la que salía con Ali, un niño con síndrome de down. Ambos parecíamos uña y carne (nótese el chiste). Siempre le he tenido muy presente a lo largo de mi vida. Tanto, que cuando veía a alguien con síndrome de down, a mis padres les decía que era un Ali (una persona con síndrome de down). Sentí que aquella fotografía se convertiría en mi puente para llegar a nuestra infancia y nuestras aventuras.

También se abrió una puerta en el momento en el que vi otra imagen y volví a recordar a uno de los maestros que más quería, uno de los que siempre quería tener cerca y al que recuerdo con muchísimo cariño. Supongo que, aparte de que se pareciera a mi hermano por aquel entonces, se debía al hecho de que me dedicara mucho tiempo y atención, pues era el que siempre me llevaba a caballito cuando tocaba andar mucho.

Sentí lástima por no poder recordar más, de no recordar caras ni nombres. Pero aquello de lo que sí me acordaba me sacaba una sonrisa que iluminaba mi rostro.

Los tres vibramos en la misma frecuencia, sentíamos mucha nostalgia, ganas de saber de los demás, de escuchar sus historias como hicimos esa noche. Sabíamos que fue una época preciosa en la que pudimos vivir infinidad de cosas y donde le sacamos el jugo a cada experiencia.

Definitivamente pienso tener un encuentro así cada vez que vaya a visitar a mi hermano. Fue una situación preciosa y que no quiero dejar marchar. Más aún si sé que hay más maestras y maestros que podría volver a ver en otras ocasiones gracias a ellas dos que a día de hoy todavía organizan reuniones de antiguos compañeros.

Tengo que admitir que he tenido suerte con la gente que me ha rodeado, siempre me han apreciado y valorado tal y como soy. Ya desde pequeño tenía las cosas claras y en cierto modo eso hacía que las personas me apoyaran. La infancia es una etapa muy relevante para el devenir del niño en muchos aspectos y a mí me han sabido llevar por el buen sendero. Gracias de corazón.

#NuncaDejéisDeSonreír


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Mi mayor reto, por ahora

Una vez más estoy intentando darle vida y prioridad al blog. Y sin duda alguna me encanta escribir, pero hay que dedicarle tiempo y, sobre todo, estar inspirado. O tal vez solo necesites encontrar una historia que contar. No estoy muy seguro.

Pero en este caso os contaré algo que ocurrió el 22 de septiembre de 2018. Una fecha que se ha convertido en otro posible punto de inflexión en mi vida, y os aseguro que de esos solo he tenido uno en mi vida y fue en 2013.

En esa fecha, que caía en un precioso y soleado sábado, hice unos 5 km a nado en el Mar Menor. A ver… será mejor que os cuente desde el principio…

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Para los que no lo sepáis, llevo nadando desde los 14 años. Tuve la suerte de que un profesor me cogió para entrenarme y aquello comenzó a convertirse en mi hobbie. Iba a entrenar dos veces a la semana durante una hora, pero ¡menudos 60 minutos más intensos!

Aun así siempre encontraba mi momento de creación. Es más, me inspiraba un montón mientras nadaba, era mi medio para imaginar cosas nuevas. Y en una de esas horas de entrenamiento… al señorito Mancojo no se le ocurrió otra locura que la de cruzar el Mar Menor a nado. Para entonces solo era una idea muy lejana y difusa. Era algo que no tenía claro, incluso mi intuición me decía que ese año no era el más adecuado para llevarlo a cabo. Por lo tanto, aquel reto terminó en el cementerio de las ideas.

Sin embargo, el 14 de diciembre del 2017 me dieron el premio al joven del año de la región de Murcia. Eso, unido a todo el impacto que he estado teniendo desde entonces sobre la gente, me hizo retomar aquella idea que tuve por aquel entonces. A parte de superarme a mí mismo, pretendo ayudar a los demás. Y admitámoslo, tras el premio, más gente comenzó a saber de mí. Además, ahora sí tenía los medios suficientes como para mover el tinglado y llevar a cabo la travesía (no os podéis ni imaginar la de personas que respaldaban este reto, les debo una muy grande a muchas personas, sobre todo a mi entrenador por el tiempo que me dedicó).

Me tiré todo el año nadando de manera suave, con calma, en la piscina. Hasta que llegó julio, ahí comenzó lo duro. En ese mes comencé a ir con mi entrenador a nadar a una de las zonas bañistas que tenemos por aquí. Íbamos temprano, sobre las 9 de la mañana y nos tirábamos unas dos horas nadando, tres veces por semana. Vamos, que nadie me quitaba unas 6 horas de entrenamiento.

Al principio todo era bonito, peces nadando por debajo de ti, cangrejos, caballitos de mar, medusas, el paisaje, el mar en calma… Se convirtió en una experiencia que nunca tuve y cuando algo es nuevo para mí, me siento fascinado como si fuera un niño pequeño al que le roban la nariz. Pero no todo es bueno. Por mucho que yo os muestre la parte bonita de las cosas, de la vida, también hay partes oscuras que me hunden y que debo superar como todo el mundo.

Nadar es uno de los deportes más aburridos y solitarios que puede haber. Quieras o no, al final la batalla se disputa entre el agua y tú, nadie más. Y a principios de agosto yo perdí aquella lucha. Esa monotonía y repetitividad de nadar y nadar y nadar… al final me consumió. Ni los diferentes entrenamientos que estuvimos llevando a cabo pudieron avivar la llama. Al fin y al cabo mi guerra era interna.

A nivel físico estaba más que preparado, pero a nivel mental… Llevaba muchísimo tiempo sin encontrarme en una situación como aquella. No saber cómo gestionarlo transformó algo bonito en angustia. El reto se convirtió en un compromiso y no en un objetivo a cumplir. Mi entrenador se comprometió y yo le di bombo a la idea entre la gente del pueblo. Aquello ya no tenía marcha atrás, tenía que hacerlo sí o sí, aunque me desesperara nadando sin ganas. Que rápido pueden tornarse los sueños en eternas pesadillas…

Y llegó el día en el que escribí el proyecto para presentarlo a protección civil para solicitar permisos y embarcaciones para apoyarme durante la travesía.

Punto por punto fui escribiendo los diferentes objetivos que había detrás de todo este reto. El más evidente: superarme a mí mismo. Pero a parte de todos los que podía haber a nivel personal como la autodisciplina y la constancia, también pensé en el impacto social que tendría. El hecho de pensar que mi locura podría animar y motivar a otras personas a cumplir sus sueños, o demostrarles que la discapacidad no era un impedimento, me devolvió las ganas de querer llevarlo a cabo. En realidad, cada objetivo que apunté se convirtió en la leña que necesitaba para que la llama volviera a arder, igual que el día en que tomé la decisión de llevar a cabo mi reto.

Ahora volvamos al principio, al punto en el que os dije que nadé unos 5 km: mi travesía comenzó en La Veneziola, La Manga. Y debía llegar al club de piragua de Santiago de la Ribera. Varias personas de protección civil iban conmigo, junto a jóvenes voluntarios que iban en piragua para guiarme. Además de algunos reporteros de la 7 Región de Murcia que vinieron a grabar mi salida.

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El comienzo fue extraño porque no sabía cómo se debía empezar algo así. Al final descubrí que solo era ponerme a nadar y seguir adelante.

A lo largo del camino debía parar cada hora más o menos para el avituallamiento (bebía algo de agua y me comía, o un plátano o una barrita de cereales). Y aunque al principio todo parecía aburrido y muy serio, poco a poco empecé a pasármelo mejor. El equipo que me acompañaba hacía que todo fuera más ameno. A veces me animaban mientras nadaba, otras estábamos de broma durante las paradas para comer y beber.

Y es que parecía que todo estaba hecho para mí; aquella mañana no hubo casi olas y las medusas (a las cuales les tengo asco) no se me cruzaron por delante en ningún momento.

Disfruté cada brazada que daba y analicé la idea de encontrarme en medio del agua. Ver a varios kilómetros el lugar de donde saliste y a otros tantos la meta, daba qué pensar. Y aun así mereció la pena nadar durante 4 horas y media para llegar a mi objetivo. Más aun cuando vi a unas 100 personas en la orilla recibiéndome, aplaudiéndome y gritando mi nombre.

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Aunque nadie se diera cuenta, mi cuerpo era una maldita bomba emocional. Tantas cosas pasaban por mi cabeza, que en cualquier momento podía explotar de la emoción.

El cumplir mi reto no era, en cierto modo, relevante. Lo fue el que mi madre, mis amigos, las caras conocidas y no tan conocidas estuvieran allí. Llevarme besos, abrazos y fotos de cada uno de ellos tuvo muchísimo más peso que mi travesía. Que estuvieran allí significaba que creían en mí, que me apoyaban en mis locuras, que les había hecho creer en algo. Tal vez hasta les devolviera las ganas de comerse el mundo a algunas de las personas que estuvieron presentes.

La experiencia, como dije, se volvió clave en mi vida por todos los altibajos que hubo a nivel emocional y por demostrarme que nunca estaré solo. Descubrí que podía ser un faro para los demás, que en cualquier reto puede haber percances y que a veces solo hay que tener paciencia para que las cosas se puedan llevar a cabo.

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Para los que os estéis preguntando si acabé agotado, la respuesta es no. Al menos no tanto como para volver a casa, ducharme e irme con mis amigos a comer y estar con ellos hasta media noche.

Y sí, sí volvería a repetir la travesía, no me lo pensaría dos veces. Aquella locura mereció la pena en todos los sentidos posibles.

Es curioso como una idea que nació hace unos 10 años se convirtió en mi mayor reto, por ahora.

#NuncaDejéisDeSonreír


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18 días

 

Me he tirado 18 días fuera de casa, empalmando 3 viajes distintos (con amigos el primero, por un proyecto el segundo y el tercero para dar unas charlas). Pisando más de 10 pueblos y ciudades distintas, hablando 4 idiomas diferentes y aprendiendo frases y palabras de alguno más. Conociendo gente de otros países, intercambiando culturas y gastronomía, aprendiendo un poquito más sobre música. Cantando incluso en idiomas que no conocía. Descubriendo personas con discapacidades de todo tipo y que son capaces de superarse cada día. Viendo como hay quién se desvive por su vocación. He servido de ayuda a la gente que de verdad lo necesitaba y que se ha cruzado conmigo. Nos desesperamos tras perder la maleta de una compañera y nos pusimos nerviosos cuando se nos canceló un vuelo. He trasnochado un par de veces y he recuperado las horas no dormidas en aviones  y autobuses. Pude enseñar a otras personas jugar juegos de cartas y también me enseñaron a jugar juegos nuevos. Filosofé en muchas ocasiones, intercambié opiniones e ideas, aprendí alguna que otra lección. Pude convivir, una vez más, con amigos e hice amigos conviviendo. Descubrí que internet era mi trabajo, pero que sin él podía vivir en un mundo nuevo y distinto. Me adentré en un bosque y conecté con él hasta el punto de ver y oír animales que por lo general huyen de los humanos. Pisé el escenario de varias series y de algunas películas. Continué coleccionando postales. Almacené mis recuerdos en una barbaridad de fotos y vídeos. Me crucé con personas tan amables que hicieron mis días más bonitos. Encontré el verdadero significado de altruismo. Observé que las historias hacen a las personas y, a veces, las personas hacen historia. Me he reído, me he emocionado, he acabado agotado y he sido abrazado. Fui valorado y apreciado, me sentí afortunado.

Fueron 18 días donde acabé resfriado, casi sin voz y con ganas de dormir en mi cama. Nunca hice una locura como esta, nunca eché tanto de menos a mi familia, pero es que viajar… viajar alimenta el alma.

#NuncaDejéisDeSonreír


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Inmerso en un nuevo proyecto

Del 24 al 29 de abril estuve en Lorca (Murcia) en una formación sobre la Educación Global y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Algo que así de primeras supongo que no sabréis ni lo que es, pero que realmente es algo que todos buscamos y deseamos. Creo que la mejor forma de explicároslo es poniendo un vídeo con el que se disiparán todas las dudas.

La formación forma parte de un proyecto de 3 años de duración llamado “La Educación Global empieza en tu pueblo” que ha organizado Cazalla y que además está financiado por la Unión Europea (así que imaginad el nivel). En él participan también otros países como Bulgaria, Austria, Chipre, Eslovenia y Lituania.

El proyecto consiste en acercar todo esto a los jóvenes de nuestras localidades (las nueve que hemos sido seleccionadas) y hacerles partícipes de diferentes talleres, actividades o cualquier cosa que se nos pueda ocurrir relacionadas con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (en este caso se eligieron el 5, el 11 y el 12). Es más, la idea es que sean ellos los que propongan lo que más les guste según sus intereses (sin perder nunca de vista los ODS).

Ahora que os he puesto en contexto me gustaría hablaros de mi experiencia durante esos 5 días tan intensos. Para empezar, yo iba con dos personas de mi pueblo que ya conocía: la primera es la que me propuso formar parte de todo esto y la segunda persona es alguien que conocí hace relativamente poco, pero con la cual tengo una conexión bastante curiosa (todos creían que nos conocíamos varios años y en realidad no nos conocemos ni uno).

A parte de ellos dos, conocía a una persona más que también fue a la formación. Con ella coincidí en una gala donde nos premiaron por nuestras iniciativas y proyectos (esta historia ya os la contaré). Pero por lo demás… no sabía a quién me iba a encontrar allí, es más, no sabía ni dónde estaba el hostal, ni nada (bendito sea el Google Maps). Vamos, era uno de esos movimientos a ciegas donde salía de mi zona de confort para conocer muchísimas cosas nuevas. Y así fue.

Al principio estábamos todos con aquellos con los que habíamos venido o con los que más confianza teníamos. Pero al día siguiente, más o menos, parecía que nos conociéramos de hacía bastantes meses. Supongo que se debía a la predisposición que teníamos todos a aprender de los demás, a conocer caras nuevas e indagar en temas que apenas controlábamos (todo esto me recordó a un taller de teatro al que fui donde no llegamos siquiera a conocer nuestros nombres, pero esto es otra historia más que os debo contar).

La dinámica de la formación era muy amena y agradable: actividades en grupo donde compartíamos opiniones y conocimientos con respecto a lo que debíamos trabajar y conocer (la igualdad de género, ciudades y comunidades sostenibles y producción y consumo responsables). Eso de estar frente a la pizarra, tomar apuntes y no movernos del sitio no lo hicimos prácticamente ni una vez. Y esto fue lo que lo hizo tan genial. Todo era un debate constante. Opiniones de todo tipo, algunas incluso muy opuestas. Creo que esa es una de las grandes formas de crecer como persona. Al fin y al cabo, si todos afirman tus palabras sin más, no aportan nada nuevo ni distinto que pueda hacer que te replantees tus ideales. O eso creo…

Y debo admitir que creía que yo me planteaba muchas preguntas o que me hacía las adecuadas, pero allí descubrí que todavía había muchas más que yo no conocía y con las que tuve que crearme una opinión nueva desde cero. Era una de las cosas que más me gustaba.

Hay más historias que os podría contar, por algo fueron 5 días intensos. Pero me reservaré algunas cosillas para mí. Solo os diré que nunca perdáis las ganas de aprender y que os atreváis a conocer algo totalmente nuevo y distinto para vosotros, incluso aunque al principio os dé miedo. Resulta tan enriquecedor que cuando echéis una mirada al pasado os daréis cuenta de la cantidad de peldaños que habéis subido sin siquiera notarlo.

 

#NuncaDejéisDeSonreír


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La vida se cuenta por recuerdos

Dejaros de 2015, dejaros de 2016, dejaros de años, dejaros de propósitos, dejaros de esos tópicos que solo llegan por estas fechas. Dejaros de decir cosas solo ahora porque es cuando echamos la vista hacia atrás. Dejadlo ya.

La vida no se cuenta por años, no se cuenta por la buena fe que tenemos diciendo que nos hemos propuesto algo en concreto. No podemos medir nuestras vidas solo cuando hay un día concreto que parece que para muchos es un antes y un después cuando en realidad no es cuestión de fechas sino de actitud.

La vida se cuenta por días, la vida se cuenta por recuerdos, por momentos y experiencias. No malgastéis el tiempo en palabras que solo duran unas semanas, moved el culo de vuestras sillas y cread vuestro camino, construidlo y formad una historia tras otra que para vosotros tenga un valor incalculable cuando para otros apenas tenga sentido.

Compartid vuestros días con las personas que más os apetezcan, decid las gilipolleces que se os ocurran, haced el tonto de vez en cuando, reíd hasta que os duela, escuchad, observad, llorad, amad, conoced personas y descubrid mundo. ¡Pero hacedlo ya!

No dejéis que llegue una fecha determinada para proponéroslo, hacedlo cuando lo sintáis de verdad, de corazón.

Estoy harto de ver como ahora todo son intenciones y buenos deseos. Cuando esto acabe, todo será igual que antes, pero porque vosotros dejáis que así sea.

Y no, yo no pienso dejar que eso ocurra… Pienso seguir construyendo mi camino ladrillo a ladrillo, día tras día. Seguiré viviendo aventuras y poco a poco se crearán recuerdos que iré acumulando.

He tenido la suerte de grabar (literalmente) para siempre algunos momentos de mi vida, fue una decisión que ahora mismo valoro más que nunca. Ya no son recuerdos solo para mí, ahora los puedo compartir con muchos de vosotros y quiero que así sea por mucho tiempo.

Solo pensad que no sabemos siquiera si llegaremos al mañana, por lo que debemos disfrutar de cada día como si fuera el último.

La vida no se cuenta por años, la vida se cuenta por recuerdos…

 


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Triple sesión de charlas

Buenas tardes, gente. Hoy vengo con una sesión de charlas; hace ya dos semanas me llamaron para dar unas cuantas a varios cursos de un instituto del pueblo de al lado.

La verdad es que dentro de un centro escolar ya me encuentro como en casa. Como siga así voy a tener que plantearme eso de estudiar magisterio (lo dudo, pero quién sabe). Yo siempre he tenido buen rollo con los chavales, creo que pocos no se ríen con mis chorradas y hoy pues ha sido más de lo mismo. Obviamente ha habido momentos serios en los que explicaba parte de mi forma de ver la vida, pero de vez en cuando se necesitan unas buenas carcajadas.

Normalmente suelo empezar todas igual y así lo hice salvo en la última; quería ser más breve para poder enfocarme más en el ámbito del deporte, puesto que eran chavales que iban a estudiar esa carrera. Yo en ese aspecto di bastantes vueltas: primero el patinete de toda la vida, luego la natación, el voleibol, el patín de dos ruedas, etc. Conté varios de mis porrazos, de los cuales algunos fueron para haberme matado, pero el subidón de adrenalina mereció la pena.

A las otras dos clases les conté lo que le he contado a prácticamente a todos y lo que muchos de los que me leéis ya conocéis: mi vida, mi forma de afrontarla y mi modo de verla, aunque todo esto con pequeñas variantes. Además, ¡ahora puedo hacer uso de mis vídeos! El más útil para estos casos es el de “¿Me perdonas?“, que como muchos ya sabéis, es una autocrítica muy buena que yo ya asumí hace tiempo y que intento llevar a rajatabla constantemente. Para los críos que están en la adolescencia les viene como anillo al dedo (y otra de mis bromas de mancos), incluso alguna que otra persona se emocionó, supongo que se vería reflejada en partes del texto.

El miércoles que viene me toca volver allí para darles la charla a otros cursos, así que ya volveré con más la siguiente semana.