Kevin Mancojo

Diario de a bordo


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Entrevistado por La Forte

Llevo ya un par de meses más o menos escuchando podcasts. Amigos míos escuchaban algunos y hablando con ellos sobre el tema, me llenaron de curiosidad. Así que entre unas cosas y otras caí en el podcast de Enric Sánchez y La Forte: “Sí es lo que parece”. Me parecieron geniales, eran divertidos,  hablaban de cosas cotidianas y encima te podías ver representado en muchas de las cosas que contaban. El hecho de que sean pareja y tengan tanta confianza influye en lo bien que se lo puede pasar uno escuchándoles. Fue en ese programa donde descubrí que ella, La Forte, tenía su propio podcast: “Mi patio de vecinas”, donde entrevista a todo tipo de personas para que cuenten su vida. Por lo tanto, me descargué la app de Podimo, que es donde tienen sus programas, y me dediqué por varias semanas a oír sus historias hasta ponerme al día.

Al poco de descubrir a ambos, por Twitter los mencioné diciéndoles que se habían convertido en mi nuevo pasatiempo. Y unos días después recibí un mensaje privado por Instagram de La Forte. Quería una entrevista conmigo. No me lo esperaba para nada y me sentí eufórico. Alguien perdido en un pueblo de Murcia entrevistado por ella. ¿Quién se lo iba a imaginar? Mueve a mucha gente, tiene un público de la leche, conoce a gente increíble y yo, por escribir un simple tweet, acabé siendo entrevistado por La Forte.

Parecía un niño pequeño contando los días para que llegara el día de la entrevista. Y cuando llegó hasta me puse nervioso, algo que no me pasa muy a menudo. Por suerte se me pasó rápido. Encima ella lo hace todo muy ameno, divertido y con mucho cariño.

Tiendo a analizar a los periodistas (ella lo es) desde que empezaron a hacerme entrevistas más a menudo por todas las locuras que he llevado a cabo. Trato de ver hasta dónde indagan sobre mí y qué tipos de preguntas hacen. No todos son saben que nací en Alemania, ni son capaces de hacer que hable de temas muy profundos e intensos. Pero con ella pude hacerlo. Además de darme el lujo de extenderme todo lo que quisiera. Es lo que me gustaba de sus programas, permite al entrevistado contar todo lo que le plazca, para eso está su podcast. Y puesto que yo hablo hasta por los codos (chiste de los malos), terminamos haciendo un programa de lo más interesante para sus oyentes.

Hablé de mi discapacidad y la forma que tengo de naturalizarla desde el humor, de la capacidad de mis padres de hacerme lo más independiente posible, de mis anécdotas sobre la autoestima y el amor propio. Expliqué mi experiencia escolar y conté cómo nacieron mis charlas. Y, esto y mucho más, dieron pie a unos 50 minutos de programa en el que permito a otras personas conocer un poquito más cómo somos las personas con discapacidad. Y muchas otras se sintieron identificadas conmigo por formar parte del colectivo.

Tal fue el impacto en su publico que empezó a seguirme muchísima gente en redes sociales. Recibí mensajes felicitándome por la entrevista, otras compartieron el programa por Instagram, me mencionaron en sus comentarios, etc. Vamos, que tenía el móvil ardiendo con las notificaciones.

Soy consciente de la repercusión de mi persona y de mi historia (a día de hoy lo soy), pero sigue constándome creer la fuerza que le doy a la gente y el buen rollo que transmito, motivo por el que creo que tengo tanta gente caminando a mi lado y apoyándome en mis locuras. Al final nos retroalimentamos; si nadie me siguiera, apoyara y contara las ganas que le doy de crecer, yo no haría lo que hago. No serviría de nada. Y que me lleguen correos electrónicos para pedirme entrevistas y recibir mensajes después del publico me motivan para continuar con el camino que he tomado.

Así que con la entrevista me convertí en un descubrimiento para muchísimas personas y yo recibí un buen chute de energía para seguir con mis proyectos. Desde que sé que soy un faro para la gente, quiero tratar de darle luz al mayor número de personas posibles.

Gracias, muchas gracias por las oportunidades que me dais, por el apoyo y por todo aquello que me llena de energía y que le da sentido a todo lo que hago.

#NuncaDejéisDeSonreír

(dejo aquí el link para que podáis descargar la app de Podimo y así escuchéis la entrevista)

 


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He conocido

He conocido a mucha gente… muchos se han quedado, pero muchos más se han ido. He conocido mentirosos que se creían sus propias historias, descubrí a los envidiosos, arrogantes y egoístas. Me he cruzado con personas que me enseñaron lecciones que ni ellos mismos se aplicaban y muchas otras que vivían cada segundo sin miedo al mañana. Hubo quién me hizo reflexionar y otros hicieron replantearme mis ideales desde los cimientos. Estaban, y aún están, los que me acompañan en mis locuras y hay quién me arrastra a lo desconocido. Me encontré con los que siempre soñaban, pero también con los que sólo sufrían pesadillas cada noche. Los que volaban hasta el sol y los que caían en picado. Aprendí a tener los pies en el suelo gracias a los realistas que un día aparecieron. He visto quién intentaba enterrar el sueño de los demás mientras ellos se erguían orgullosos de sus actos. He conocido personas que crearon su propia realidad donde todo era oscuridad. Vi gente que arrojaba leña al fuego sin ni siquiera quererlo y vi quién lo lograba apagar una vez en llamas. Conocí a ignorantes sabios y algunos sabios ignorantes. Me crucé con aquellos que descubrieron mundos nuevos y otros que ni cruzaban la puerta de su casa. Un día llegaron aquellos que querían más a un animal que a una persona, y también estaban esas personas que amaban con todo su ser y que al final les arrancaron el corazón. Están esos que se marchan durante años y un día, por arte de magia, vuelven como si nada hubiera cambiado. Olvidé a quién me prometía historias incumplidas y lo siento por aquellos que aún esperan mis promesas. Me enamoré de aquellas personas que sonreían con el alma y, de esas, cuyos ojos hablaban. De las que hacían del infierno, un paraíso. Sin embargo, dejé a un lado las que me enseñaron que es más fácil dejarse caer que luchar por levantarse, igual que me aparté de aquellas cuya vida estaba llena de palabras, pero no de actos. Valoré a la gente que sufría con el arte y también a la que pasaba las noches en vela por su vocación. De los más alocados aprendí a perder el miedo de lo que otros pudieran pensar de mí. Y me demostraron que, aún sin conocer el futuro, las cosas podían salir bien.

Conocí gente que sueña, y sueña, y sueña, y de repente se despierta. Están los que saltaron del nido incluso antes de saber volar. Los que se enfrentaron a la muerte en el cuadrilátero. Los que perdieron en el primer asalto. Y los que ganaron el segundo. Los que ven el vaso medio lleno, los que lo ven medio vacío y los que ven mitad agua y mitad aire. Los que sufrieron un punto de inflexión en sus vidas, o dos, o tres, o cuatro… Los que, aun sin entenderles, los mantengo a mi lado. He conocido personas que, más que dejarse la piel, se dejan la vida. Hay quien lucha por mantenerse vivo cada día, por forzar una sonrisa a la tristeza. Y me demostraron que sonreír no era estar feliz y que vivir no era estar vivo. También se lucha por tener algún sueño y no solo por soñar.

Lo normal dejó de serlo cuando otros no lo eran, enseñándome que todo era relativo; amar a varias personas a la vez no era malo, sentirse enjaulado en cuerpos equivocados no impedía poder salir a volar si se tenía valor. Y no importaba si alguien se quería una sola noche o para el resto de sus días. Vi colores tan dispares que la oveja negra no era más que una de tantas. Me alegré cuando algunas personas lograron liberarse de sus cadenas. Y me cabreé cuando otras querían aprisionarlas. Atravesé corazas de aquellos que se ocultaban tras su armadura. Observé lágrimas fluir tras descubrir lo que estaba oculto. Conocí a capaces de incapaces. Me fascinó como hubo gente capaz de engrandecer más aun mi propio mundo. Dejé de caminar solo cuando me di cuenta que había más como yo. Y me volví más humilde al saber que también los había mejores. Caminé despacio junto a los que disfrutaban y aceleré el paso con los que no sabían ir de otra forma. Comprendí que debía entender antes que juzgar y que mi realidad no era la de los demás. Hubo gente que logró mejorarme sin ni siquiera darse cuenta. En realidad, todo el mundo que se cruzó en mi camino, fuera para quedarse o no, consiguió que aprendiera algo. Me enseñaron diferentes lecciones, abrí los ojos al mundo e incluso, gracias a los que nunca fueron santo de mi devoción, supe qué era lo que no quería en mi vida.

Y es que aun habiendo vivido poco, he tenido la suerte de haber conocido a tantos tipos de personas, que sé que aún me quedan muchos por conocer.


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Una mirada cómplice

Después de varios meses, por fin he comenzado a salir a pasear con mi perra. Entre unas cosas y otras habíamos dejado aparcado lo de dar una vuelta (teniendo jardín no quise correr riesgos de ningún tipo con el tema de la pandemia) y ahora se ha convertido en parte de nuestra rutina recorrer el parque cercano a mi casa.

Por desgracia, lo de recorrer distancias largas a pie no es algo que me sienta bien a largo plazo (cosas de llevar una prótesis en la pierna derecha). Pero es algo que disfruto cuando lo hago con calma y a un ritmo que sé que aguantaré de sobra. Y más aún si la que me acompaña durante ese tiempo es mi perra. Posiblemente, ni siquiera saldría a pasear si no fuera por ella. Me da motivos para disfrutar de la naturaleza; ambos nos lo tomamos con tranquilidad, curioseando, descubriendo lugares nuevos de vez en cuando, observando las ovejas que vemos a veces, etc. Cualquiera que me viera hablar con ella como si tuviera una conversación me tomaría por loco. Y sin embargo, siento que es capaz de entenderme.

Ya son 10 años más o menos los que lleva conmigo y la diferencia entre cuando era jovencita y lo señora  que es ahora es abismal. De tener que echarle la bronca constantemente y de tener que alzar la voz para que me escuchara a echarle una simple mirada con la que es capaz de entender lo que quiero de ella. No tiene precio.

Siempre envidiaba a esas personas mayores que paseaban con sus perritos sin correa y que veías que cada uno iba por su lado. Al dueño lo tenías delante y al perro a 100 metros detrás, paseando a su propio ritmo u olisqueando y curioseando todo, pero sin molestar a nadie. Tenía ganas de llegar a esa complicidad y confianza con mi propia mascota, pero lo veía como algo imposible. Sentía que para ello debía dar con un perro que conectara conmigo y que eso no era algo fácil de alcanzar. Hasta que llegó Lila, la viejita, la de 9 años más o menos. Antes de eso hacía lo que quería (aun hace lo que quiere si me despisto un poco, pero bueno). A día de hoy tenemos esa conexión que envidiaba y sé que ella puede ir por delante o por detrás de mí sin causar ningún problema. Sé que si por ejemplo está olisqueándose con otro perro y yo la llamo, vendrá al momento. Incluso sin tener que llamarla, si continuo paseando tranquilamente, ella tarde o temprano me alcanzará y volverá a estar conmigo. Es algo de lo que estoy muy orgulloso, haber llegado a ese punto no es fácil en muchos casos y nosotros lo hemos conseguido.

Tal es la conexión que tenemos que cuando ella se mete entre los arbustos a curiosear y dejamos de tener contacto visual durante un buen rato, ambos nos movemos de tal manera que nos podamos ver.

Pasé de tener una perra alocada, llena de energía y con ganas de juego a una perra alocada, llena de energía y con ganas de juego, pero que me entendía cuando le echaba una mirada cómplice. Su carácter al fin y al cabo es así, esos nervios y esa curiosidad forman parte de ella y no es algo que pueda reconducir. Tampoco sería divertido para mí tener un perro aburrido y sedentario teniendo en cuenta como soy yo. Ella es capaz de seguir sorprendiéndome de vez en cuando con cosas que no la esperaba capaz de hacer, y consigue animarme un montón con ello.

Recuerdo que hace varios años escribí sobre mantener cierta distancia entre mascota y dueño para no sufrir ese dolor que nos dejan al fallecer. A día de hoy mandaría a la mierda esa opinión, la descartaría por completo y escribiría algo como lo de hoy. He creado un vínculo precioso con ella, aquellos que nos ven lo aprecian, y yo me siento orgulloso por haber conseguido algo así tras todas las locuras que hemos vivido juntos. Soy consciente que tarde o temprano me dejará y me dolerá, pero nunca tomaré distancias para evitar el dolor. Lo asumiré y me quedaré con todo lo bueno que me ha dado durante todos sus años de vida.

#NuncaDejéisDeSonreír


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Te escribo a ti

Te escribo a ti porque no necesito gritar a los 4 vientos lo poderosa que eres. Porque nadie merece saber quién eres sin conocerte primero. Esa chica valiente que trata de cargar con más piedras de las que debe, para aligerarle el peso a los demás. Tú que te haces la dura, pero que te quiebras cuando se te abraza. Y aún así sacas las alas para volar y mostrarle a todos que se puede tocar el sol sin quemarse. Capaz de incapaces. Rompedora de imposibles. La chica que carga con fuerza y embiste muros. Pero que sabe que después tocará llorarle al destrozo. Ella, que sabe emocionar y emocionarse. Que sabe conocer y conocerse. Ella, que quiere más cuando hay menos y que ve donde no hay qué ver. Quiere con luz porque la oscuridad le aterra. Ya tuvo su sombra cubriendo su sol, y le basta. Le basta para querer bien. Y ni los gatos viven tanto como ella. Con la intensidad de un fuego prendido. Batallando a cada segundo como el guerrero más valiente. Protegiendo a indefensos y enseñando a caminar. Mostrando que caer es de valerosos que vuelven a alzarse para volverse a tropezar. Ella, aprendiéndose cada día un poquito más. Esa chica profunda que flota en el cielo. Tú que me sabes querer. Te escribo a ti porque vales aquello que nunca creíste valer.


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Miedo

Supongo que no hay mayor miedo que el que uno mismo se genera en su cabeza. Y por desgracia, los miedos siempre te impiden avanzar; te bloquean o más bien hacen que huyas en la dirección contraria y al final te pierdes. Te desvías de tu camino y coges ese vicio a asustarte una y otra vez y huyes constantemente. Tal vez por no volver a encontrar el rumbo o quizá porque sigues creando esos monstruos que tanto te asustan aun pensando que no son creación tuya. Y solo cuando te das cuenta de que tú tienes el poder de destruir aquello que creaste podrás volver a avanzar…


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Tan simple

Las sensaciones que pueden aflorar en una persona con cosas tan banales como unos árboles en flor.

Este fin de semana me tocó otra excursión con amigos para ir a ver la floración de Cieza (Murcia). Yo no sabía de su existencia hasta que hace un año o dos, en las redes sociales, vi muchas fotos de los diferentes árboles repletos de unas flores rosáceas que llamaban mucho la atención. En aquel momento lo anoté en mi lista de cosas para ver antes de morir y al fin pude pisar aquellas tierras.

¿Sabéis esos viajes en coche donde el paisaje comienza a cambiar poco a poco y deja de tener unos colores para acabar teniendo otros? Pues algo parecido ocurrió según nos íbamos acercando a Cieza. La ciudad en sí no la había visitado nunca y, aunque la recorriéramos en coche, me llamó bastante la atención. Pero es que cuando descubrimos los campos en flor ya me terminé enamorando del todo. Es curioso como algo tan simple es capaz de generar tantas emociones.

Me podría haber tirado horas entre los árboles paseando. Además, mi ojo fotográfico me pedía fotos, muchísimas fotos, pero no tenía cámara (la mía se me fastidió). Así que tiré de lo que tenía: el móvil. Mis amigos y yo nos empezamos a hacer una mini sesión aunque fuera con nuestros móviles. Tengo claro que he de volver con cámara y hacer fotografías súper elaboradas.

Los colores son capaces de generar emociones en las personas (hay tablas y gráficos sobre ello) y el de estas flores provocaba una sensación muy bonita, de dulzura, de estar muy a gusto. Recuerdo que había muchísimas abejas y, a pesar de que mis amigos y yo solamos evitar a estos bichos, estábamos muy tranquilos haciéndonos las fotos. No nos molestaban, ni nosotros a ellas. Todo era calma.

Siempre he tenido debilidad por la naturaleza. Suelo decir que tengo sensibilidad por y para el mundo, lo cual hace que una experiencia de lo más simple provoca en mí una reflexión o que me emocione o tal vez ambas. Así que imaginad cómo me puse aquel día al ver los campos tan rositas. No necesitas nada más para tenerme entretenido un día entero.

Encima se sumaba el solazo que tuvimos. Digan lo que digan, el sol da vida (literalmente incluso). Daban ganas de pasearse, de descubrir rincones nuevos y simplemente pasar las horas fuera de casa.

Tener un buen día a veces solo surge si decides salir a la calle a dar una vuelta. En ocasiones, si todo cuadra, podrás acabar con una sonrisa de oreja a oreja con muy poco. En mi caso fue suficiente con ver la floración de Cieza.

#NuncaDejéisDeSonreír


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La luz

Nunca dejes morir la luz con la que un día llegaste al mundo. Sin ella sólo seríamos una carcasa colorida por fuera, y un agujero negro por dentro que absorbe y arrastra todo aquello que le rodea a un mundo vacío y desolado. Y no, no vinimos aquí para apagar la luz que trajimos con nosotros, más bien para radiarla a aquellos que la perdieron por el camino, mientras que la nuestra incendia mundos enteros con la intención de vencer algún día a la oscuridad.


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La rutina

La rutina, la cruel asesina de los culos inquietos como yo. Y supongo que para muchas otras personas. Al fin y al cabo, repetir lo mismo un día tras otro te termina devorando por dentro sin que te des cuenta.

He de decir que, aunque la vida se vuelva repetitiva, siempre hay pequeños detalles que la hacen distinta, para bien o para mal. Vamos, que aunque tengas una rutina, al final hay pequeñas variaciones entre un día y otro, ya sea una llamada inesperada, un desvío para volver a casa a causa de unas obras o las personas con las que te cruzas.

Sin embargo, a rasgos generales, todo se repite día sí y día también. Llegamos a automatizar tantísimos movimientos que no tenemos ni que pensar. Parecemos zombis o un robot ya programado.

Eso no es vida desde mi punto de vista, pero eso es otro tema que da mucho de sí. A lo que he venido hoy a contar es que yo necesito cambios cada cierto tiempo. Recuerdo que antes viajaba un par de veces al año, si es que viajaba. Ahora viajo como mínimo tres veces al año (aunque este 2020 pinta mucho más tranquilo). Sentía, y siento, como si estuviera entre cuatro paredes que cada vez se encogen más y más hasta asfixiarme. Me agobiaba pensar que no había cambios en mi vida, que no la estaba aprovechando. No crecer (a todos los niveles) me generaba malestar. No descubrir nada nuevo me mataba poco a poco. Sabía que, con mi forma de ser, los viajes me servirían para renovar energías y encontrar mejores versiones de mí mismo.

Reseteo, así lo llamo yo. Cada cierto tiempo necesito resetear mi vida, cortar por lo sano, desconectar de todo (amigos y familia incluidos) y empezar a descubrir mundo.

Llegué a apuntarme al curso de monitor y tiempo libre sólo para conocer gente nueva y aprender cosas distintas. Me sirvió. Conseguí resetear.

Y el sábado tuve la oportunidad de ir con dos amigos a Orihuela, una ciudad a la que nunca había ido, para visitar su mercado medieval. Además, aprovechamos la situación para pasar por el embalse de la Pedrera, un lugar precioso y con un agua turquesa que me enamoró.

A pesar de que con mis amigos cada día es una aventura, a veces necesitamos cambiar de aires, y ese “viajecito” (echamos la tarde allí) nos sentó genial. Llevaba bastante tiempo sin pisar lugares desconocidos para mí y me volví a sentir vivo una vez más.

Encontrarme con el embalse y la tranquilidad que lo rodeaba hacía que tuviera ganas de quedarme allí, al sol, observando el turquesa del agua. Y el mercado medieval ya ni os cuento… Había una barbaridad de puestos que cruzaban casi la ciudad entera. Todo muy ambientado, tanto los puestos como la decoración de las calles. Incluso pudimos ver un torneo medieval en el que acabé inmerso. Y según íbamos recorriendo los diferentes lugares en el que se celebraba el mercado, podíamos ver pequeños espectáculos como unos malabaristas disfrazados de bufones. Fue increíble. No dudaría en volver otro año.

Soy de esas personas que abre los ojos como platos cuando ve algo que no sea su pueblo, flipando con todo lo que le rodea, igual que un niño pequeño. También tengo mucha sensibilidad con y para el mundo y eso hace que viva con mucha fuerza las experiencias nuevas (y las no tan nuevas). Así que, imaginad lo fácil que es sacarme de mi rutina. Como si me llevas a un bar nuevo al que no había ido nunca. Con eso es suficiente para mí.

No necesito que me propongas un gran plan, simplemente uno que me saque de mi casa y poco más. Con eso yo normalmente ya rompo con mi rutina.

En ocasiones me toca a mí mismo buscarme la vida y termino aprovechando oportunidades. Como cuando me fui a Peralta (Navarra) tras la invitación de una amiga que estaba viviendo allí.

Y hasta hace poco tenía en mente viajar a Italia solo, mi intuición me decía que debía hacerlo por mi propia cuenta. Pero ha surgido otro viaje mucho más grande y que posiblemente me vaya a marcar mucho, así que toca aplazar la visita a Roma por ahora.

Sea como sea, tengo la suerte de que en mi vida hay muchas oportunidades para salir de mi día a día. Ya sea por proyectos, por propia iniciativa, por amigos o por familia, al final, justo cuando necesito desconectar, llega algo que me da un buen chute de energía con el que reseteo una vez más.

Ojalá pudiéramos cambiar la situación según se nos antojara, según lo necesitáramos y ya está. De estar hasta las narices de todo a desaparecer una temporada para encontrarte a ti mismo. Devolvernos la humanidad con la que vinimos al mundo y perder esa sensación de autómata que nos fue invadiendo con los años.

Por ahora tocará aprovechar las vacaciones para desconectar un poquito, aunque sean unos días. Más vale eso que nada.

#NuncaDejéisDeSonreír


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La familia

Ahora que estamos en navidad y es el momento de que los familiares se reúnan quería hablar de algo que he descubierto estos últimos dos o tres años: la familia no siempre tiene que ser de sangre.

A veces nos toca nacer en un entorno complicado, en el que no encajamos, donde no hay amor ni apoyo por parte de la familia o vete tú a saber (yo tuve mucha suerte con este tema y mis padres y mi hermano fueron pilares muy importantes en mi vida). Y por desgracia llega un momento en el que no te sientes parte de esa comunidad en la que, en cierto modo, estás obligado a permanecer hasta que, de repente, las cosas cambian.

Hay miles de situaciones por las que se puede sufrir ese cambio. Pero yo me quiero centrar en el que de la nada aparecen unos amigos, pasas tiempo con ellos, os pasáis las horas riendo, os contáis vuestras mierdas, vivís aventuras, van pasando los años y llega un momento en el que habéis formado una familia. ¡Ni te das cuenta! No te das cuenta de que tienes ganas de estar con ellos, de buscar hueco aunque sea para pasar la tarde. Quieres crear recuerdos. Y es que encima sientes que a su lado estás viviendo de verdad. Estás disfrutando del momento, las cosas malas se marchan entre las risas, puedes ser quién eres en realidad y te querrán igual. Vives, simplemente vives.

Aunque parezca mentira, esos vínculos de amistad tan fuertes como para pasar fechas relevantes con ellos se vuelven muy poderosos y muy bonitos. Creo que compartir tiempo con las personas que de verdad quieres es de las mejores cosas que podemos hacer.  Se convierten en tu refugio, en tu hogar. Te sientes querido y arropado. Ellos sí que saben quererte bien.

Encajar en este mundo a veces es complicado, incluso estando rodeado de gente puedes sentirte solo. Formar parte de algo y tener tu propio rol en tu nueva familia es algo a lo que no todas las personas pueden aspirar. Esa confianza de saber quién se encarga de qué, de saber callar, de hacer reír a quién está mal, de cambiar de aires sin decir palabra… Todo va surgiendo según pasan los años y cuando menos te lo esperas te han acogido personas que sienten lo mismo que tú.

Y evidentemente no todo es color de rosa, no todo es perfecto, alguna que otra situación complicada puede aparecer, pero no nos lo tomamos a pecho, se nos pasa a los cinco minutos y ya está. De nada sirve estar cabreado para siempre, y mucho menos cuando no hay ninguna maldad en nuestros actos.

Después de años y descubrir todo esto, llegué a la idea de que la familia no siempre tiene que ser de sangre. La familia, a veces, simplemente te encuentra para darte una segunda oportunidad para vivir.

#NuncaDejéisDeSonreír


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Los peques

Sé que hace poco ya estuve hablando de las charlas que doy y que cada vez son más y a más colectivos. Pero es que hace muy poco tuve otra en un colegio y quería hablaros de los peques.

Cuando das una ponencia debes saber llegar, no solo con la historia, también en la manera en que la cuentas. Al fin y al cabo, a un adulto no le sorprenden tantas cosas por todo lo que ha podido vivir y al adolescente le importan tres cominos todo lo que no tenga que ver con su propia vida. Sin embargo, los que son de primaria han vivido tan poquito que con nada ya les sorprendes.

Por norma general, antes de que yo vaya, los maestros les ponen al día: les cuentan quién soy, les ponen mis vídeos, les hablan de la discapacidad, etc. Y claro, llega Kevin Mancojo, ese chaval que sale en Youtube, que ha cruzado el Mar Menor nadando, que aparece en internet, y los peques alucinan a colores cuando me ven aparecer. Me tratan como si fuera un famoso.

Me emociona, me emociona pensar que puedo calar muy hondo en los más peques. Aquellos que se quedan hasta con el más mínimo detalle me hacen vivir con más fuerza las charlas que les doy. Saber que les descubro un mundo nuevo (la discapacidad) hace que vaya con muchas ganas, aunque sepa que tenga que repetir lo mismo a dos, tres o cuatro cursos distintos. Ver las caras de asombro, notar como dejan de tener prejuicios según les muestro algunas de las cosas que soy capaz de hacer, sentirme un ser extraordinario para ellos… Paso de ser alguien que era incapaz de coger una pelota, a alguien que mola mucho y que hasta se ha cruzado el Mar Menor nadando.

Sensibilizar desde tan temprana edad es algo a su favor. Yo no pretendo demostrarles que el mundo es de rosa, sino que aunque a veces las cosas parecen estar muy jodidas, aun se puede seguir adelante. La actitud, las ganas, la constancia, el apoyo de los demás y otros factores hacen que uno siga tirando del carro aunque pese.

Además, me hacen dibujos, me escriben cositas o me piden que les firme en un papel por la admiración que sienten hacia mí. Pero es que yo me quedo con su curiosidad, con sus preguntas y su interés por conocer mi mundo. Es increíble ver cómo llegan a preguntarme si conduzco, si vivo solo, si he sufrido bullying o, incluso, si he llegado a plantearme quitarme la vida en algún momento.

Al final de la charla también me llega al alma saber que quieren un abrazo, donde descubro el desbordante amor que tienen en ese cuerpo tan pequeñito. Ahí ya cogen confianza y empiezan a estar pegados a mí y a preguntarme de manera más privada y, sobre todo, a tocar mis manos. Soy consciente que, así de primeras, debe dar una sensación rara el pensar en tocarlas. Pues imaginad la alegría que me da cuando se atreven a algo así. Yo se las ofrezco en el momento en el que veo que tienen curiosidad y no tardan ni dos segundos en tocar mis manos.

Con todo lo que os he contado, pensad lo que ocurrirá cuando vean a otra persona como yo. No tendrán miedo, confiarán en sus capacidades y sabrán que puede ser tan independiente como cualquier otro ser humano. Vamos, lo que viene siendo no juzgar a nadie por las apariencias. De ahí la ilusión con la que voy a los colegios, es mi forma de quitar a tiempo la venda de los ojos y evitar el desconocimiento por algo tan natural como la discapacidad.

Por suerte no soy el único que trata de sensibilizar a la gente y es una labor gratificante que tendrá su beneficio en próximas generaciones. Ojalá se eliminen de una vez por todas los prejuicios hacia las personas, sea por la condición que sea. Al fin y al cabo simplemente somos humanos.

#NuncaDejéisDeSonreír