Kevin Mancojo

Diario de a bordo

El casco

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Una de las cosas que suelo contar en las charlas y que intento describir de una forma graciosa para que podamos reírnos, es que si uno se cae aprendiendo a andar con dos piernas sanas, un crío como yo lo tiene el doble de difícil.

La pata me la pusieron desde bien pequeño y lógicamente tenía que aprender a caminar con ella. Sin embargo, los porrazos eran lo más habitual y al no tener manos con las que apoyarme en la caída pues… lo hacía mi cabeza (así me he quedado).

Acabé con muchos moratones y obviamente eso no iba a acabar bien, así que mis padres llegaron a pensar en comprarme un casco para salvar mi futura tontuna (no lo consiguieron, sigo siendo muy bobo a ratos).

Lo curioso de aquello es que fue como un aviso para mí o un chantaje o un reto, no lo sé, pero después de esa idea, aprendí a andar con la pierna artificial y evité acabar como un pequeño jugador de rugby estampándose contra el suelo cada dos por tres.

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